viernes, 11 de marzo de 2016

Jeff The killer

Extraído de un periódico local:
Siniestro asesino todavía está prófugo
Tras varias semanas de asesinatos inexplicables, el misterioso asesino todavía acecha por la zona. Después de que se dieran a conocer diversas evidencias sobre los crímenes, una valiente joven, que afirma haber sobrevivido al ataque del monstruo, ha decidido revelarnos su historia:
“Tuve una pesadilla y me desperté a medianoche. Yo había cerrado la ventana antes de dormirme, pero miré y por alguna razón estaba abierta. Entonces me levanté y la cerré de nuevo, me arropé e intenté calmarme y volver a dormir. Pero una sensación extraña me impedía conciliar el sueño, era como si alguien me estuviera observando. Casi salto de la cama cuando miré hacia arriba y vi que entre las cortinas, que apenas estaban iluminadas por la pálida luz que se filtraba de la calle, había un par de ojos.”
“Nunca podré olvidar esos ojos. A veces los veo cuando intento dormir y me despierto con el corazón agitado. Eran oscuros y siniestros, y además estaban bordeados de negro, como si fuera un demonio. Después me aterroricé aún más cuando le vi la boca. Tenía una sonrisa anormalmente larga, horrenda y perversa. Esa sonrisa hizo que me dieran escalofríos y se me erizaran todos los vellos del cuerpo. Era la sonrisa de un psicópata, o de algo peor…”
“Yo temblaba, pero él solo se quedaba ahí, mirándome fijamente y deleitándose con mi miedo. Después habló y me dijo con voz demencial: Ve a dormir.”
“No se imagina cómo lo dijo. Yo me asusté tanto que grité, y entonces él sacó un cuchillo, abrió la ventana rápidamente y saltó hacia mí. No sé por qué, pero intuía que quería clavármelo en el corazón. Por suerte pude esquivarme y alcancé a darle una patada bien fuerte, pero el tipo me sujetó y trató de tocarme. Habría muerto si no fuese porque en ese instante mi padre abrió la puerta, pero el maldito se levantó y le clavó un cuchillo en el hombro.”
“Creo que Dios estaba conmigo esa noche, porque alguien se había dado cuenta de todo antes y las luces azules y rojas de la Policía alumbraron mi pieza justo cuando ese monstruo iba a matar a mi padre. Por suerte el asesino se acobardó, lanzó a mi padre contra la pared y salió corriendo por el pasillo. Segundos después escuché un ruido de vidrio rompiéndose, y al salir de mi cuarto vi que el asesino había roto la ventana que daba a la parte posterior de mi casa. No pude evitar la curiosidad y corrí a asomarme por la ventana rota: el tipo corría y corría, agitando los brazos como un demente. Segundos después llegaron los policías y todo se calmó, pero créame que jamás olvidaré esa sonrisa psicótica y esos ojos fríos de mirada diabólica.”
Expuesto el testimonio de la valiente joven, informamos al lector que la Policía todavía continúa buscando al asesino. Si usted ve a alguien que encaja con el psicópata antes descrito, por favor comuníquelo inmediatamente al departamento de policía local.
Después de leer el fragmento de diario, ya saben qué es lo que hace Jeff, aunque todavía deben estarse preguntando por qué lo hace. Para responder esa pregunta, tendremos que viajar al pasado.
 .
El origen de Jeff
El padre de Jeff había conseguido un ascenso en el trabajo, y gracias al nuevo sueldo decidió que la familia se mudaría a un nuevo vecindario de mejor posición. Vivirían en una de esas casas grandes y bellas que muchos sueñan o envidian, pero por lo pronto había que desempacar todo y Jeff y su hermano Liu no podían quejarse.
Mientras Jeff y Liu desempacaban todo, una vecina pasó a saludarles. “Hola, me llamo Bárbara y vivo al otro lado de la calle. Solo vine a presentarme a mí y a mi hijo.”, dijo la mujer, que inmediatamente llamó a su hijo tras ser saludada: “¡Billy, ven a conocer a nuestros nuevos vecinos!”. Tímidamente, Billy se acercó, saludó con un movimiento de mano y un “hola”, y salió corriendo a jugar en el patio de su casa.
Poco después, se abrió la puerta de la nueva casa y apareció la madre de Jeff: “Mucho gusto. Yo soy Margaret, éste es mi marido Peter y esos dos son mis hijos, Jeff y Liu.”. Bárbara respondió al saludo, Jeff y Liu se presentaron, y entonces la mujer aprovechó para invitarlos al cumpleaños de su hijo. Jeff y su hermano protestaron, pero Margaret los calló con la mirada, pidió perdón a nombre de ellos y le dijo a Bárbara que sus hijos estarían encantados de ir al cumpleaños.
“Mamá, ¿por qué nos haces ir a una fiesta infantil? Yo ya soy grande y me va a dar vergüenza estar rodeado de niños”, dijo Jeff. Su madre respondió: “Hijo, recién nos acabamos de mudar. Tenemos que agradarles a nuestros vecinos, y rechazar una invitación es un poco pesado. Tú y tu hermano irán, eso no se discute”.
Con cara de amargura, Jeff se va a su cuarto, cierra la puerta, y se tira boca arriba en la cama. Se queda mirando al techo, pero de pronto siente algo extraño. No es doloroso y sin embargo es desagradable, mas Jeff le resta importancia y lo deja pasar.
A la mañana siguiente, Jeff baja las escaleras, se sirve un plato de leche con cereal y se sienta a comer con su hermano. Todo parece normal, pero de pronto lo asalta la misma sensación extraña del día anterior, aunque esta vez más fuerte, como un tirón ligeramente doloroso. Nuevamente ignora la sensación, termina de desayunar y sale con su hermano a esperar el autobús.
En medio de la espera, oyen venir a un chico en patineta, que salta a unos pocos centímetros por encima de sus rodillas, cae cerca de ellos, Jeff exclama “¡hey!, ¡¿qué diablos?!”, el chico se levanta, los mira, patea la patineta, la agarra con ambas manos y camina hacia ellos.
Parece tener once años (un año menos que Jeff), lleva una camiseta de Aeropostal y unos jeans azules algo rasgados. “Bien, bien, bien. Parece que aquí hay algo de carne nueva”, dice el chico de la patineta a Jeff y a su hermano, con un tono de “amo del lugar” bastante irritante. Segundos después, aparecen dos chicos más, uno bien delgado y el otro enorme para su edad.
— Bueno, bueno, bueno, veo que son nuevos en el barrio y me gustaría presentarnos. Yo soy Randy, el de ahí es Keith y ese otro es Troy. Ustedes son nuevos y no lo saben, pero todos los niños de este barrio tienen que pagar un costo adicional para el pasaje, si entienden a lo que me refiero ―dice el chico inicial (el de la patineta) con tono amenazante y jactancioso.
Liu ha empezado a enfadarse, y está bien parado, con los puños arriba, preparado para romperle la cara al cretino monumental que tiene en frente. Sin embargo, de pronto uno de los otros chicos le lanza (pasándoselo) un cuchillo a Randy.
— Yo esperaba que colaboraran con nosotros, pero veo que tendremos que hacer todo a las malas. —dijo Randy, usando la mano derecha para apuntarle con el cuchillo a Liu, y la izquierda para urgarle los bolsillos y quitarle la billetera.
Mientras ve la escena, Jeff siente una mezcla de ira y temor, pero de pronto la extraña sensación lo asalta de nuevo, esta vez con mucha más fuerza: siente que su cuerpo entero arde por completo, y entonces el miedo desaparece y avanza hacia los abusivos, ignorando las advertencias de su aterrado hermano.
— Mira, punkerito estúpido, o le devuelves la billetera a mi hermano, o yo te… —le dice Jeff a Randy, temblando de ira.
Randy lo mira con arrogancia, se mete la billetera al bolsillo y le dice, burlonamente y con el cuchillo en la mano:
— ¿O tú qué, bebesito? ¿Vas a llamar a tu mamita?
Jeff arde de ira, sería capaz de morir en el intento por darle su merecido, pero Randy insiste, y le dice mientras le pasa el cuchillo en frente de la cara, como amenazándolo:
— Ooooh, el niñito quiere que le devuelvan el dinero a su hermanita. ¿Qué harás si no lo hago? ¿Me morderás?
En un instante de agudeza y pérdida de control, y justo cuando Randy termina de proferir las palabras anteriores, Jeff hace un movimiento velocísimo, le agarra la muñeca, se la rompe (Randy grita como niña asustada), le quita el cuchillo, ve que Troy y Keith intentan escapar, lanza a Randy contra el piso (haciendo que se parta la nariz al chocar contra el pavimento), alcanza a Keith, lo apuñala en el brazo, Keith grita, se saca el cuchillo y lo deja caer, cayendo al piso y retorciéndose de dolor; entretanto, Roy sigue corriendo, pero Jeff lo alcanza, le da una patada en la espalda y lo derriba, le cae a puñetazos en el estómago, le escupe en la cara, y lo sigue golpeando, hasta que Roy vomita, y entonces Jeff le revuelca la cara en el vómito y por fin lo deja.
Liu, que ha estado mirando todo con enorme asombro, se acerca a Jeff y le pregunta: “Jeff, ¿cómo?”. No dice más, está demasiado sorprendido. Por su parte, Jeff se alza de hombros, respira hondo y, justo en ese momento, él y su hermano escuchan venir al autobús, por lo que corren a toda velocidad para evitar ser culpados y detenidos. Mientras se alejan corriendo, voltean a mirar y ven al conductor del autobús, que se ha bajado y corre hacia Randy y los otros dos heridos.
Posteriormente, Jeff y Liu llegan tarde a la escuela, se inventan una excusa, se disculpan, y se sientan a escuchar la clase. Parece que están absortos en lo que dice el maestro, pero Liu no deja de recordar lo sucedido, y aunque está asombrado por el poder de su hermano, no ve lo que pasó como algo anormal, pues cree que Jeff simplemente quería protegerlo y se salió de control. Por su lado, Jeff está más asombrado que su hermano; de hecho, está asustado de sí mismo, del poder que tiene, y de esa perturbadora necesidad de lastimar a otros. Es algo que nunca antes había experimentado: esa sensación, ese sentirse un dios al tener la sangre de otro en la mano. ¿Cómo podía producirle satisfacción? ¿Es que acaso guardaba odio, ira, o era simplemente malvado?
Cualquiera que fuese la respuesta, Jeff había logrado liberarse de la extraña e incómoda sensación que lo venía torturando desde que llegó al nuevo barrio; en todo ese día la sensación no reapareció, y sus padres no supieron nada de lo sucedido.
No obstante, a la mañana siguiente y antes de que saliera del cuarto a desayunar, Jeff escuchó el timbre de la puerta. “Malditos policías”, pensó, y bajó con desánimo y amargura, encontrándose a su madre y a dos oficiales.
— Jeff, estos policías dicen que atacaste a tres niños, que los apuñaleaste y no fue una pelea normal. ¿Es cierto eso? ¿Qué pasa contigo, hijo?
— Mamá, esos niños eran pandilleros, eran unos delincuentes que intentaron robarle a mi hermano —dijo Jeff, mirando al piso.
— Hijo, eso no justifica lo que hiciste. Un chico tenía la muñeca rota y la cara ensangrentada, el otro estaba lleno de moretones y había vomitado, y uno había sido apuñalado en el brazo. Muchos testigos los vieron escapando. Llama a tu hermano. Hay que ver qué se hace, porque lo que hicieron es grave. —dijo uno de los policías.
Rápidamente, Jeff pensó que podía decir que él y su hermano habían sido atacados primero, pero no había pruebas de eso y además los vieron escapar. Era difícil la situación, y además debía admitir que su hermano no hizo nada.
— Escuchen, mi hermano es inocente. Yo hice todo solo, incluso mi hermano intentó convencerme de que no hiciera nada, pero no le hice caso y me salí de control.
Cuando los oficiales le escucharon decir eso a Jeff, se miraron entre sí con asombro. Entretanto, Liu ya había bajado, estaba atrás de su madre y había escuchado a Jeff declarar su inocencia; y sí, era inocente, pero no quería que Jeff fuese a prisión. Toda la vida había sido un gran hermano, y ahora había arriesgado su vida por él y por la justicia; entonces: ¿por qué no pagarle salvándolo de la cárcel?, ¿podría ser tan malo ir a la cárcel? Liu decidió salvar a Jeff, y camino a la cocina, mientras seguía la conversación:
— ¿Fuiste tú? Bueno, hijo, es admirable la honestidad que tienes para admitirlo, pero la ley es la ley y tendrás que ir un año a la prisión. —dijo el policía que habló antes, y que era el que hablaba de los dos oficiales.
De pronto, Liu aparece atrás, y exclama mientras sujeta un cuchillo en la mano derecha:
— ¡Esperen! ¡Fui yo, yo soy el culpable, yo hice todo!
Los oficiales se asustan, piensan que el chico puede hacer algo y le apuntan con sus armas.
— ¡No haré nada, no disparen, por favor! Jeff es inocente, yo hice todo, él solo intenta protegerme y por eso se culpa. Yo fui el que perdió el control porque me golpearon. ¡Miren, miren mis marcas por favor! —Liu se levanta la camiseta y les muestra heridas y moretones, que Jeff se pregunta cuándo, cómo y por qué se hizo…
— Hijo, baja el cuchillo —dijo el oficial que hablaba, y Liu obedeció la orden, levantó las manos y se acercó a los policías.
— ¡No, Liu, fui yo, yo lo hice! Oficiales, mi hermano quiere encubrirme pero yo hice todo —dijo Jeff, con las lágrimas rodándole por las mejillas.
— ¿Tú? No, Jeff, tú sabes que fui yo. Por favor, déjame asumir mi responsabilidad, lo necesito para estar en paz —dijo Liu, con tono de súplica y convencimiento, y mientras se entregaba a los policías, para ya no complicar más las cosas.
— ¡Liu, diles que yo hice todo, has que lo sepan! —gritó Jeff desesperado, mientras su madre le ponía las manos en los hombros.
La patrulla se aleja con Liu adentro, y Jeff llora desconsoladamente, todavía más cuando su madre intenta consolarlo diciéndole que ella sabe que fue Liu… Minutos después, llega el padre de Jeff, y se detiene al ver en la entrada a su esposa y a su hijo: la una con cara de preocupación y pesar, el otro con los ojos rojos de tanto llorar y lágrimas secas en las mejillas.
“Hijo, ¿qué tienes?, ¿por qué llorabas?”, pregunta a Jeff su padre, pero él tiene las cuerdas vocales tensas por el llanto y no responde. La madre de Jeff, haciéndole a su esposo un gesto de que adentro le explicará todo, entra con él y cierra la puerta: Jeff se queda afuera, voluntariamente.
Media hora después, Jeff abre la puerta de su casa y ve que todavía su madre y su padre siguen en la mesa, ambos con caras de tristeza y decepción. Evita mirarlos a los ojos, sube las escaleras, va a su cuarto, se tira en la cama, recuerda a su hermano, y llora de nuevo, hasta quedarse dormido…
Cuando Jeff despierta, todavía tiene todo el problema en la mente. Quiere estar mejor y no puede: hay una sensación espantosa en su corazón, es como si lo estuvieran comprimiendo, y como si tuviera veneno y una estaca clavada. Así, la semana pasa sin que Jeff sepa nada de Liu, y sin que encuentre más compañía que el remordimiento, la amargura y la tristeza.
Llegado el sábado, Jeff despertó con unos toques en el hombro: era su madre, que sonreía como si Cristo hubiera regresado al mundo…
— ¡Jeff, anímate, hoy es el día!
Jeff no pudo evitar una leve sonrisa al ver el entusiasmo de su madre, pero después recobró su desánimo:
— ¿El día? ¿Qué día?
— El cumpleaños de Billy, ¿acaso lo olvidaste?
— Pero si mi hermano está en la cárcel, ¿cómo voy a querer ir, mamá? Estoy deprimido, necesito dormir y estar solo.
— Te entiendo; pero, si te quedas, solo lograrás ponerte peor. Necesitas despejarte un poco. Allí van a haber niños felices, dulces, emparedados de atún, torta. Anda, ve y vístete.
Jeff se levanta, camina como un zombi hacia el armario, elige algo sin pensarlo, y baja al baño para vestirse y arreglarse. Abajo está su padre, leyendo el periódico con una ropa costosa y formal. Su madre ha elegido un estilo semejante y lleva uno de sus mejores vestidos. “¿Qué cojones les pasa? ¿Ropa formal para ir al cumpleaños de un niño?”, piensa Jeff para sus adentros, y se dispone a entrar al baño cuando su madre le dice:
— Hijo, ¿acaso piensas ponerte ese adefesio? ¿Qué quieres que piensen de nosotros los vecinos? Anda, ve y ponte otra cosa.
Jeff pone cara de amargura, sube, y regresa con un terno, no para contentar a sus padres, sino como un gesto de ironía, que piensa excusar como descuido si le reclaman. “Mucho mejor”, le dice su padre al verlo, y Jeff sonríe mientras se sienta con sus padres y piensa para sus adentros: “¿Mucho mejor? Ya ni ironías distinguen”. Después su madre mira el reloj, dice que es tarde y que hay que salir, y entonces todos salen.
Cuando llegan y Bárbara los recibe, Jeff ve que solo hay adultos y viejos en aquella sala, pero Bárbara le dice que los niños están en el patio, y lo invita a conocerlos y a jugar con ellos: Jeff va, pero solo por educación.
Al salir, Jeff ve un montón de niños corriendo de un lado a otro, vestidos como vaqueros, y disparándose con pistolas de agua.
— Oye, ¿por qué no juegas con nosotros? Mi equipo está perdiendo la guerra, necesitamos más gente para ganar. Ten, usa esta pistola —le dice un niño amable a Jeff, ofreciéndole una pistola de agua completamente cargada.
— Mmmm, no sé, es que ya estoy grande y me da vergüenza hacer cosas de niño —dice Jeff, tratando de no hacer sentir mal al pequeño.
— Ya, di que sí, por favor. Hazlo y te doy este chocolate —le dice el niño, mostrándole un chocolate sin abrir, y que al parecer había tomado furtivamente de la mesa de los adultos.
— Está bien —dice Jeff, algo enternecido por la actitud del niño.
Al principio, cuando recién se colocó el sombrero, Jeff solo fingía disparar y hacía todo como un robot; pero después, viendo a los niños que corrían como locos, que hablaban de cosas como “asaltar la base del enemigo” o “capturar al jefe”, se contagió un poco del entusiasmo y le puso animo al juego, en parte porque le permitía distraer su mente de lo sucedido con Liu.
Por aproximadamente una hora, Jeff volvió a divertirse con la alegría de un niño, olvidando por momentos que toda la guerra de vaqueros estaba en su imaginación. Sin embargo, de pronto escuchó un ruido de ruedas sobre el pavimento, y se detuvo en seco. “No aquí, no se atreverán”, pensó Jeff, equivocándose porque sí, sí se atrevieron: saltaron la valla (que no era tan alta) en sus patinetas, y se pararon en el jardín, en medio de los niños, frente a él… Eran Randy, Troy y Keith, y habían vuelto para vengarse.
Algunos niños dejaron de jugar ante la irrupción de los extraños, pero otros continuaron el juego como si nada hubiese pasado. Randy miraba a Jeff fijamente, con odio:
— Hola, Jeff, tú y yo tenemos algo pendiente. Creo que yo y mis amigos te subestimamos ese día, pero ahora sí conocerás nuestro poder. —dijo Randy mirándolo con rencor, y con la nariz aún algo mal por lo sucedido ese día.
Jeff se quita el sombrero, deja caer el arma de juguete y le dice con rabia:
— Mi hermano está en la cárcel por culpa de ustedes. Ya estamos a mano, ya no jodan más. ¿Acaso no les importan todos estos niños? ¡Son unas mierdas!
Sin perder la autoconfianza, Randy lo mira y responde:
— La mierda eres tú, Jeff. ¿Crees que puedes ganarnos? Somos los reyes de este lugar. ¡Ahora sí te patearemos el culo!
Después de decir eso, Randy se lanza descontroladamente sobre Jeff. Ambos caen al suelo, y Randy le rompe la nariz de un puñete, pero Jeff lo toma de las orejas, le da cabezazos en la cara, y lo empuja fuertemente, alejándolo. Ambos se ponen de pie, prestos a seguir el combate, mientras los niños gritan y corren donde sus padres.
Troy y Keith, que hasta el momento no habían intervenido, sacan dos pistolas reales de sus bolsillos y gritan, amenazando para que nadie interrumpa la venganza. Entretanto, Randy saca un cuchillo y se lo clava a Jeff en el hombro. Jeff grita y cae de rodillas, cosa que Randy aprovecha para patearle la cara: una, dos, tres, y antes de la cuarta patada, Jeff le agarra el pie, se lo tuerce y lo hace caer. Con Randy en el suelo, Jeff aprovecha para entrar a la casa, e intenta correr hacia la puerta, pero Troy lo agarra del cuello, le dice “¿necesitas ayuda?”, y lo lanza al patio, alejándolo de la puerta.
Cuando Jeff intenta levantarse tras ser lanzado por Troy, Randy le da una patada en el estómago, y vuelve a hacerle lo mismo cada vez que intenta levantarse, hasta que comienza a toser sangre. “¡Vamos, Jeff, pelea conmigo!”, le dice Randy al verlo en ese estado, y después lo lanza a la cocina, ya desalojada por los adultos, que corrieron al saber que Troy y Keith tenían pistolas.
En la cocina, Randy toma una botella de vodka y la rompe en la cabeza de Jeff. “¡Pelea!”, exclama Randy con crueldad, lanzándolo hacia la sala de estar. Viendo a Jeff tirado y abatido, se le acerca y dice:
— Vamos, Jeff, ¡mírame, mírame, marica!
Jeff levanta la mirada, y lo observa con el rostro ensangrentado.
— ¡Yo hice que tu hermano fuera a prisión! ¡Anda, gusano, levántate! ¿Acaso dejarás que tu hermano se pudra en la cárcel? ¡Ven, castígame, haz justicia!
Por un momento se le nubla la vista, pero Jeff se sobrepone al abatimiento y exclama:
— ¡Deberías avergonzarte! ¡Rata ladrona y fumona, basura callejera!
La cara de Jeff enrojece de ira, la fuerza va regresando a él, empieza a levantarse, mientras Randy lo contempla y continúa provocándolo:
— ¡Por fin, al fin la nena quiere luchar! ¡Arriba, pelea como hombre!  —dice Randy y, humillándolo aún más, le escupe: una, dos, tres, cuatro, cinco veces…
Jeff, que acaba de recibir el quinto escupitajo de Randy, que tiene la cara ensangrentada, el hombro con una cortadura, el cuerpo lleno de golpes, está sintiendo que la ira ha llegado a poseerlo de una manera espectacular: no se trata de intensidad ni de cantidad, se trata de profundidad. Es algo que le perfora la mente, pasa por su corazón, y llega hasta su alma, llenándola de humo negro, oscureciéndola, haciéndolo sentir como algo mucho peor que una bestia: un demonio. Sí, en ese preciso instante la extraña sensación lo visita de nuevo, mucho más fuerte que cualquiera de las veces anteriores. No, ya no es solo ira: algo en él ha despertado, y ríe, se deleita ante la posibilidad de hacer todo el daño posible a Randy, ante la perspectiva de verlo retorcerse de agonía, vencido por su poder.
— ¡¿De qué te ríes?! ¡Anda, bastardo, dime de qué te ríes!  —dice Randy con desesperación, viendo que Jeff empieza a reír a carcajadas.
“Me río de tu futuro”, dice Jeff, y ágilmente, con una fuerza que Randy no sabe de dónde sacó, lo toma del pie, lo hace caer, se pone encima de él y le da con el puño un golpe de martillo, justo en el corazón. El golpe es contundente, poderoso, y el corazón de Randy se para momentáneamente. Randy intenta tomar aire, desesperadamente trata de respirar, y en ese instante Jeff ve un martillo que ninguno de los dos había advertido. El martillo está cerca, y Jeff se levanta corriendo, lo toma, ve que Randy sigue en el piso, y le da con todas sus fuerzas en el estómago, haciéndolo gritar y pedir piedad con la voz ahogada. Después le rompe las rodillas, los brazos, le machaca las manos; cuando ve que está perdiendo la conciencia, le destroza las costillas para que el dolor lo despierte, y finalmente empieza a golpearle la cabeza, lo suficientemente duro como para que pueda morir, pero no lo suficientemente duro para que muera con un solo golpe.
Cuando termina su obra sangrienta, Jeff mira alrededor y ve que algunos niños están llorando, mirándolo desde las ventanas junto a sus padres. Troy y Keith le apuntan con sus armas: ni ellos mismos entienden bien por qué dejaron morir a Randy, pero ahora creen que es hora de matar a Jeff, aunque están turbados y fallan los disparos, mientras Jeff sube las escaleras y se encierra en el baño, donde toma el estante de la toalla, arrancándolo de la pared.
A estas alturas, la Policía ya debería haber llegado, pero todavía no aparece ningún policía y todo sigue su atroz curso.
Troy y Keith han gastado todas sus balas, así que cogen cuchillos y suben al baño. Tumban a patadas la puerta y Troy entra primero, intentando apuñalar a Jeff, que lo esquiva y lo golpea en la cara con el estante, empleando todas sus fuerzas, neutralizándolo. Keith es más ágil, y esquiva los golpes de Jeff, pero comete el torpe error de dejar caer el cuchillo, para agarrar a Jeff por el cuello y empujarlo contra la pared, haciendo que un recipiente con lejía, ubicado en un estante, se caiga y vierta su contenido, quemándolos a ambos combatientes.
Ambos gritaron, y cuando Jeff se secó los ojos, tomó de nuevo el estante de la toalla y golpeó a Keith en la cabeza. Keith ahora parecía derrotado, y yacía ahí, tirado y sangrante, pero sin embargo empezó a reírse macabramente.
— ¿Cuál es el chiste? ¡De qué te ríes! —preguntó Jeff, desesperado e irritado.
— ¿Qué no ves? Ambos tenemos lejía, pero tú encima estás bañado en alcohol. ¡Hhaahahahahahaahhaah, hahahahaahhaah! —río Keith, y sacó un pequeño encendedor, topando con la llama a Jeff.
Jeff empezó a gritar. El alcohol había hecho que el fuego lo cubriese por completo, y mientras tanto la lejía lo blanqueaba. Salió en llamas, rodó por las escaleras, la gente gritó al verlo envuelto en fuego, y caer en el piso, agonizante.
Pese a todo, algunos acudieron a socorrerlo con agua por pedido de su madre, que estaba allí y fue lo último que vio antes de perder el conocimiento.
Cuando Jeff recobró la conciencia, muchas cosas habían pasado: tenía yeso en toda la cara, no podía ver, tenía otro yeso en un hombro, puntos por todo el cuerpo. Estaba en cama, pero no sabía que tenía un tubo en un brazo, hasta que intentó levantarse, cayó, y una enfermera acudió a ayudarlo. “No creo que pueda levantarse aún, necesita reposar”, le dijo la enfermera a Jeff, que obedeció y permaneció varias horas acostado y despierto hasta que llegó su madre:
— Cariño, ¿te sientes mejor? —le preguntó su madre, pero siguió hablando al ver que su hijo no podía decir nada— Te tengo una buena noticia: Liu va a ser liberado. Los testigos de lo que pasó en la fiesta hablaron con la Policía. Ahora sí creen que tu hermano es inocente. ¡Lo verás mañana! ¿no te alegra?
Jeff no podía hablar, pero movió el dedo índice de su mano derecha en señal de asentimiento, después su madre lo abrazó, se despidió y se fue.
Durante las siguientes dos semanas, Jeff fue visitado por muchos miembros de su familia. Todos se mostraban compadecidos a pesar de la atrocidad que había hecho, seguramente porque las infamias de los tres pandilleros en la fiesta fueron lo que más impacto tuvo: eran ellos los monstruos, Jeff solo era un chico con problemas que estalló en un momento de extrema tensión; al menos, eso era lo que la mayoría pensaba.
Cuando por fin llegó el día en que le habrían de quitar las vendas a Jeff, todos los miembros cercanos de su familia estaban allí, acompañándolo, queriendo ser lo primero que viese, queriéndole decir que, a pesar de todo, ellos seguían a su lado. “Ojalá suceda  lo mejor”, dijo el médico antes de quitar las vendas que cubrían el rostro de Jeff.
La madre de Jeff gritó asustada al verle el rostro, y su padre y Liu lo miraban con miedo. Ahora ya había recobrado la visión, aunque no tenía un espejo para comprender el porqué de tanto temor:
— ¿Qué pasa? ¿Qué tengo? ¿Por qué me ven así? —dijo Jeff preocupado
Nadie le respondía, estaban tan impresionados que no eran capaces de proferir palabra alguna. Desesperado ante el silencio de su familia, Jeff se levantó bruscamente de la cama, corrió por el pasillo hasta llegar al baño, y cerró la puerta con cerrojo.
Encerrado en el baño, Jeff se miró al espejo y vio con horror el monstruo en que se había transformado: sus labios, derretidos por el fuego, eran una profunda y grotesca sombra roja; su piel estaba blanca, tan blanca como tiza, o como lápida de cementerio; su pelo estaba negro, sucio y chamuscado. Se tocó la cara, su piel parecía cuero de vaca. Quería llorar pero no podía: tenía las lágrimas congeladas en el pecho, o convertidas en piedra, para ser más preciso. “¿Éste soy yo?, ¿este monstruo soy yo?, ¿acaso siempre he sido esto?”, se dijo Jeff, mirando su reflejo con mezcla de asco y terror.
Tras terminar de contemplarse, Jeff abrió la puerta del baño y vio que su familia estaba ahí afuera: los vio sin decir nada y se volvió a mirar en el espejo. “Jeff, no te ves tan mal, puede arreglarse”, le dijo Liu, intentando consolarlo. Jeff se volteó, y sonriendo dijo: “¿No me veo tan mal?, ¿no me veo tan mal?… ¡es perfecto!”.
Todos miraban a Jeff con asombro y pena, pensando que su nuevo aspecto lo había trastornado todavía más. Al verlos así, Jeff comenzó a reírse, cada vez más, hasta que estalló en sonoras carcajadas, pero sus manos temblaban y sus padres lo notaron.
— Jeff, ¿estás bien? —le dijo su padre, compadecido.
— ¿Qué si estoy bien? ¡Nunca he sido tan feliz! ¡Hahahahahhahhahahahahahaha! Este rostro sí me queda. No sé de qué se asombran, siempre he tenido esta cara. —dijo Jeff, con un tono que mostraba locura.
Jeff siguió riendo, su padre miró a Liu y a su esposa, les hizo una señal de que debían dejarlo solo, y entonces los tres se retiraron, sin decir palabra alguna. Las carcajadas de Jeff se oían por todo el piso del hospital, retumbaban a espaldas de sus padres y de Liu. Durante la pelea con Randy, algo cambió para siempre en la mente de Jeff. Fueron momentos de gran tensión, en que su psique sufrió un impacto irreparable y su cerebro perdió el equilibrio químico. Y encima de eso, ahora su rostro estaba como el de un monstruo, y eso disparó un proceso psicológico que llevó a Jeff a identificarse con su lado oscuro. Ya era un psicópata de verdad, pero su familia aún no lo sabía.
“Doctor, ¿cree que mi hijo esté mentalmente trastornado? Mírelo cómo se ríe, yo creo que necesita ser tratado por psicólogos y psiquiatras. ¿Qué piensa?”, preguntó la madre de Jeff al médico que lo trató. El médico bajó la cabeza, se acarició el mentón mientras reflexionaba unos momentos, y después alzó la vista y respondió: “Le recomiendo que no se preocupe tanto. Mire, señora, ese comportamiento de su hijo es bastante común en pacientes que han sido sometidos a grandes cantidades de calmantes para el dolor. A Jeff tuvimos que aplicarle abundantes cantidades, pero no se preocupe, que los efectos desaparecen en un par de semanas. He visto casos peores que el de su hijo y siempre ese efecto de los calmantes desaparece con el tiempo. Cuando el paciente sigue trastornado es por otra cosa y no por los calmantes, pero eso casi nunca pasa. En todo caso, puede traer aquí a Jeff si sigue mal después de unas semanas. Ahí sí tendremos que hacerle exámenes psicológicos, pero dudo que sea necesario”. La mujer se tranquilizó con las palabras del médico, le agradeció y fue a buscar a Jeff.
“Jeff, hijo, ya tenemos que irnos a casa. Todo va a estar bien, te dejaremos descansar y te ayudaremos a recuperarte. Ven, vamos”, le dice a Jeff su madre. Jeff solo la mira y, antes de ir a ver su ropa (estaba con traje de paciente de hospital), se limita a decir: “Ay, mamá, ¡hahahahahahhahahhahaha!”
Una vez que Jeff se puso unos pantalones negros y una sudadera blanca, fue a casa y allí subió hasta su habitación. Su madre se despidió cariñosamente y lo dejó solo, sin saber lo que ocurriría después…
En efecto, esa misma noche, a eso de las doce, la madre de Jeff despertó al escuchar algo en el cuarto de baño. Sonaba como cuando alguien llora mucho y hace sonidos de lamento, y la mujer se preocupó al creer que Jeff estaba en una de sus crisis. Entonces salió de la cama sin levantar a su esposo, y caminó sigilosamente para no despertar a nadie y evitar ser advertida por quien estaba en el baño; incluso, se desplazó pegada a la pared (para que el ocupante no la viera en el espejo o directamente), ya que vio que la puerta estaba abierta, pues la luz amarillenta del baño caía sobre el suelo.
Estando junto al marco de la puerta del baño, la madre de Jeff se asomó discretamente y vio algo horrendo: era Jeff, que había tomado un cuchillo y se había cortado las mejillas, dibujándose una sonrisa como  la del Guasón.
“¡Jeff, ¿qué haces?! ¡Deja de cortarte! ¡Por favor!”, exclamó la madre de Jeff, aterrada y queriendo llorar. Entonces Jeff deja caer el cuchillo en la lavacara ensangrentada, mira a su madre y dice: “Ya no podía sonreír, mamá. El dolor no me dejaba sonreír. Esto fue muy difícil, pero ahora estaré sonriendo siempre, eternamente”. Mientras escuchaba la delirante respuesta de Jeff, su madre notaba que sus ojos estaban rodeados de negro, que no tenían párpados: era grotesco.
“¡Jeff, tus ojos! ¡Mira tus ojos! ¡¿Qué has hecho?!”, exclamó la mujer, sumida en una aguda desesperación. Nuevamente, Jeff responde en forma demencial: “No podía ver mi rostro, no lo soportaba. Mis ojos siempre se cerraban cuando me veía, pero me harté y me quemé los párpados. Oooooh, ¡ahora siempre veré mi nuevo rostro, ahora jamás volverá a estar todo negro! ¡Negro, mamá, negro!”. La mujer lo mira mientras se le humedecen los ojos, y empieza a retroceder, atemorizada.
“¿Qué pasa, mamá?, ¿no soy bello?”, dice Jeff a su madre, viéndola alejarse. “Claro que lo eres, hijo, solo voy a buscar a tu padre para que vea tu nuevo aspecto”, dice ella y después corre y cierra la puerta de su habitación, temiendo que Jeff pueda incluso matarla.
— ¡Mi amor, despierta, tu hijo se ha vuelto loco! —dice la madre de Jeff a su esposo, zarandeándolo para que despierte.
— ¿Qué tienes?, ¿por qué no me dejas dormir?
— ¡Jeff tiene un cuchillo y está loco!, ¡tienes que sacar el arma ya, aunque sea para evitar que nos mate!
— Ni creas que mataré a mi hijo, eres tú la que está loca. A ver, voy a sacar esa pistola para dispararle en la pierna si se pone demasiado violento. Pero cálmate, ¿no ves que lo pondrás peor si te pones así?
Jeff está fuera, escuchando todo al otro lado de la puerta. Está fuera de sí, ha tenido puras pesadillas sangrientas y siente la necesidad de destruir:
— Papáaaa, papáaaa, mami me dijo que era bello y ahora tiene miedo. ¿Tú también tienes miedo? ¿No soy bello? ¿Por qué quieren matarme?
— Nadie te matará, hijo, por favor suelta ese cuchillo. Nosotros te ayudaremos, tienes que calmarte.
— Pero mami me mintió, papá: ¿no ves que tiene miedo? Ella cree que soy un monstruo, ella me ve como un monstruo. ¿Tú también, verdad?
— Nosotros te amamos, hijo, nunca te veríamos como un monstruo.
— La pistola, carga la pistola —susurra la madre de Jeff, nerviosa.
— ¿Pistooola? ¿Quién dijo “pistola”? ¡Mienten, quieren matarme! ¡Asesinos, asesinos! ¿Creen que soy feo, verdad? ¡Hahahahahaha, hahhaahha! ¡Jeff está muerto, Jeff está muerto! ¿Qué hicieron con él? ¡¿Qué hicieron con él?!
— ¡Por favor!  —grita el padre de Jeff, nervioso y tratando de controlar el enojo que le causa la actitud de su hijo.
— ¿Por favor? ¡Hahahahah, hahahahah, hahahahah! ¡Por favor nada! ¡Mami me mintió!
Jeff empieza a patear la puerta mientras ríe, y su padre está desesperado porque no encuentra las balas de la pistola: al parecer, en algún momento de esa noche, Jeff había entrado sigilosamente al cuarto, había sacado las balas pues sabía que estaban en el cajón del velador, y se había deshecho de ellas. Ahora ya terminó de tumbar la puerta, sus padres gritan, su padre le arroja una lámpara pero Jeff lo esquiva, le lanza el cuchillo en la barriga, lo patea, golpea a su madre y la tumba, y entonces comienza un grotesco espectáculo que es mejor no describir, pero que termina cuando Jeff eviscera a sus padres y esparce las vísceras por la habitación.
Debido a todo el ruido y a los gritos, Liu se había despertado, pero tenía tanto sueño que se volvió a dormir sin preocuparse de lo que ocurría. Ahora despertó nuevamente porque sentía que alguien lo observaba. Lleno de somnolencia, abre los ojos y mira hacia arriba: era Jeff, con su nuevo y monstruoso rostro.
Por un momento, Liu pensó que todo era una pesadilla, hasta que sintió la mano de Jeff en su boca, y lo vio alzar el cuchillo con la otra mano. Entonces luchó desesperadamente, pero Jeff lo dominó sin usar el cuchillo, y estando encima de él le tapó de nuevo la boca, levantó el cuchillo y dijo: “Shhhhhhh, shhhhhh, ve a dormir”. Esas fueron las últimas palabras que Liu y muchos otros escucharon de Jeff, antes de que todo se tornara negro y fueran a dormir, a dormir para siempre…
Este personaje está inspirado en el villano The Joker, uno de los principales antagonistas en la historia de Batman. Así como en el asesino Jeffrey Dahmer, del cual dejo su foto a continuación.



Smile dog

Conocí a Mary E. personalmente en el verano del 2007. Su esposo desde hace quince años, Terence, me consiguió una entrevista con ella, Mary estuvo de acuerdo ya que yo no era ningún molesto periodista que pudiera amenazar la privacidad de su hogar, sino un escritor amateur en busca de datos para una tarea universitaria. Si todo salía bien, yo podía escribir obras de ficción en base a la entrevista.
El día para entrevistar a Mary tuvo lugar un fin de semana en el que pude viajar hasta Chicago; sin embargo, cuando estuve allí, me encontré con que Mary había cambiado de parecer y, presa de un extraño temor, se había recluido en su habitación, aunque afortunadamente su esposo me apoyó y entre ambos permanecimos media hora junto a la puerta de Mary.
Durante los treinta agotadores minutos que Terence y yo estuvimos esperando, tomé notas y él intentó calmar a su esposa, que no dejaba de llorar, darnos excusas, o crear relaciones más o menos incoherentes sobre sus pesadillas con la realidad. “Lo siento, debe comprender que ya no puedo hacer más para ayudarlo”, dijo Terence al cabo de la media hora, y entonces le agradecí y me marché.
En cuanto a mis razones para entrevistar a Mary E., sucedía que ésta era la encargada de un Bulletin Board System en 1992, cuando recientemente llevaba cinco meses de matrimonio con Terence y tuvo la desdicha de encontrarse con la imagen smile.jpg, que cambiaría su vida drásticamente. Contando con ella, 400 fueron las personas que vieron la imagen, publicada como un hipervínculo en el Bulletin Board System que ella dirigía. Las 399 personas restantes que vieron la imagen, no hablaron abiertamente sobre la misma, y hasta se cree que pueden haber muerto: solo Mary E. lo hizo, aunque desgraciadamente calló el día en que fui a buscarla…
Mi interés por smile.jpg se remonta al 2005, cuando empecé a investigar sobre asuntos “oscuros” que sucedían en el ciberespacio, y entonces, en los foros donde se hablaba del tema, Mary aparecía como la víctima más mencionada en aquel extraño asunto, del que tanto se comentaba y especulaba pero sobre el cual casi no existía información, al punto de que muchos pensaban que todo era un hoax.
Curiosamente, y si bien la escasez de información tendía a sembrar la incredulidad, por otra parte, el hecho de que el tema fuera una imagen, daba en cierto modo la oportunidad de creer a quienes quisieran hacerlo; puesto que, si la imagen desataba súbitamente una crisis de ansiedad y epilepsia en quien la viera, entonces las imágenes que habían eran todas imitaciones (suponiendo que fuera verdad lo de la imagen original), ya que ninguna causaba los efectos que debía causar. Así, el tablón de imágenes de 4chan, sobre todo en la zona /x/ de temas paranormales, era uno de tantos lugares en que abundaban los falsos Smile.dog: algunos realmente patéticos, incapaces de hacer temblar al niño más crédulo y cobarde; otros, con un aire macabro, reflejo de un esmerado trabajo.
En Wikipedia, pese a que se da espacio a cosas como hello.jpg y 2 Girls 1 Cup, no se dice una sola palabra sobre smile.jpg, y según se sabe, automáticamente se suprime cualquier entrada que los entusiastas intenten publicar sobre el tema, tabú para la enciclopedia virtual.
Debido en parte a actitudes como la de Wikipedia, los supuestos encuentros con smile.jpg son míticos, legendarios dentro de la web, y la historia de Mary E. es sólo un trozo de la punta del iceberg del fenómeno, en el cual abundan los rumores sin verificar.
Se cree que la imagen habría aparecido durante los 90 en los inicios de Usenet, donde circuló como archivo adjunto de una cadena de correo con la frase-asunto de “¡¡SONRÍE!! ¡DIOS TE AMA!”; también, se rumorea que en el 2002 un hacker llenó los foros de Something Awful (la cuna de Slenderman) con una plaga de imágenes del Smile Dog verdadero, haciendo que casi la mitad de foristas sufran epilepsia y se traumaticen de por vida.
Quienes cuentan que han visto la imagen maldita, dicen que estaban demasiado ocupados para guardar una copia en sus ordenadores, pero todo el mundo sabe que son mentirosos porque… ¿no es demasiada coincidencia que todos los que la vieron estaban demasiado ocupados o no conservan la foto por otros motivos?… Pese a esto, hay concordancia en que lo visto es como un perro, casi de seguro un Husky Siberiano, que está en una habitación oscura, únicamente iluminada por la luz que emite la cámara al instante de capturar lo que tiene en frente. Lo único que se ve de fondo es una mano humana, vacía, descrita como “haciendo un gesto”, y que surge desde la parte sombreada a la izquierda. El perro, o el demonio, o la “cosa” o “entidad” con aspecto de perro, posee una sonrisa amplia y escalofriante, con dos hileras de dientes blanquísimos, alineados, afilados y de aspecto humano…
Los datos descriptivos antes expuestos, no serían teóricamente afirmaciones de los testigos después de ver la imagen, sino más bien un conglomerado de caracteres en que participan tanto el recuerdo posterior a la crisis epiléptica, como la sugestión condicionante dictada por el conocimiento de los relatos de otros testigos.
Sobre los ataques epilépticos, estos suelen continuar indefinidamente, no dándose una única vez, y apareciendo generalmente cuando la víctima duerme, situación que afortunadamente puede frenarse con ciertos medicamentos. En el caso de Mary E., ella no estaba usando un medicamento apropiado, y tras mi visita en el 2007, comencé a mandar mensajes a grupos de noticias, a webs y a correos, todos orientados a temas de folclore y leyendas urbanas. Mi propósito era encontrar una víctima del smile.jpg que estuviese dispuesta a contar sus experiencias. Como nunca me respondieron, terminé olvidando el tema y centrándome en mis ocupaciones de estudiante universitario. No obstante, en los primeros días de marzo del 2008, revisé la bandeja de entrada de mi correo y tenía… ¡un mensaje de Mary E.! Era el siguiente:
Para: jml@****.com
De: marye@****.net
Asunto: La entrevista del verano pasado
Saludos, Sr. L.,
Me siento realmente avergonzada sobre el comportamiento que mostré cuando vino a entrevistarme. Ojalá comprenda que fue mi culpa y no la suya. Me di cuenta muy tarde de que pude ser más civilizada, y espero que usted perdone mi rudeza y falta de colaboración, pues fue el miedo lo que me hizo actuar así.
Verá, durante dieciséis años he tenido pesadillas con el Smile.dog, cada noche… Parece absurdo aunque es la verdad… Hay algo inefable, algo indescriptible en mis pesadillas, algo que las hace peores que cualquier otro sueño que haya tenido. En esas pesadillas, yo no me muevo, no hablo, sólo miro hacia adelante, donde todo cuanto hay es la vil escena de la fotografía… Veo la mano, y ese “perro” que me dice algo…
En realidad no es un perro, no sé bien qué es, pero me dice que me dejará tranquila solamente si hago lo que me dice, y eso que dice es: “difúndelo”. Con esa única palabra expresa su deseo… ¿Cuál es? Quiere que enseñe la imagen…
Inicialmente no entendía cómo podía “difundir” la imagen sin tenerla, pero a la semana siguiente recibí un correo, que contenía un sobre manila, no mostraba la dirección del remitente, y contenía un disquete de 3,5 pulgadas. No creí necesario verificar el contenido: sabía lo que contenía el disquete.
Consideré cuidadosamente mis alternativas: podía dárselo a un desconocido, a un compañero de trabajo, a Terence… Pensar en ello me resultaba repugnante. ¿Qué ocurriría después? Si el Smile.dog cumplía, por fin volvería a dormir en paz. ¿Pero y si era mentira? ¿Qué haría de ser así? La situación podría empeorar si obedecía las órdenes de aquella criatura…
Finalmente decidí no hacer nada, y de ese modo permanecí por todos estos años, aunque escondí el disquete en vez de tirarlo. Cada noche, durante todo este tiempo, el maldito “perro” ha invadido mis sueños para exigirme el cumplimiento de su deseo, y lo he ignorado, pero ha sido una tortura…
Ya no publicaban nada las otras víctimas del Smile.dog que conocí en el Bulletin Board Sustem, y hasta oí que algunas de ellas se suicidaron. Las otras víctimas guardaban silencio, no existía nada de ellas en la web: habían desaparecido por completo, me preocupaban mucho…
Sinceramente le pido perdón, Sr. L., pero cuando usted contactó a mi esposo para la entrevista, yo ya no aguantaba más. Había decidido entregarle el disquete, no me importaba si mentía o no el Smile.dog, sólo quería que todo acabase. Como usted era un desconocido, pensé que no me importaría darle el disquete para ayudarlo, dejándolo todo a su suerte.
No obstante, antes de que tocara la puerta de mi hogar, me percaté de que yo iba a atentar contra su vida. No soporté darme cuenta de que fui capaz de pensar en hacer algo así, e incluso hoy sigo sin soportarlo. Siento vergüenza, Sr. L. Ojalá este mensaje lo convenza de abandonar las investigaciones sobre el Smile.dog, o puede que encuentre alguien más débil que yo, alguien dispuesto a obedecer al “perro”…
Se lo pido encarecidamente: deténgase antes de que sea demasiado tarde.
Sinceramente,
Mary E.”
El mismo mes en que recibí el mensaje de Mary E., Terence me dio la noticia de que su esposa se había suicidado, y que encontró el mensaje que recibí mientras se deshacía de algunas cosas de su esposa, entre estas, de sus cuentas de correo electrónico.
Terence estaba muy deprimido por lo sucedido, y me dijo llorando que siguiera los consejos de su difunta esposa. También me contó que incineró “el maldito disquete” hasta reducirlo a un montón de “apestosas cenizas”; pero, cuando hacía eso, y justo en el momento en que el disquete se estaba derritiendo, escuchó una especie de siseo, como el que hacen ciertos animales, aunque proveniente del disquete…
La verdad es que al comienzo no supe bien cómo actuar. De hecho, creí que todo podía ser una farsa de la pareja para deshacerse de mí, pero posteriormente confirmé la muerte de Mary E. en algunos obituarios de periódicos virtuales de Chicago. En ninguno de esos cyber diarios decía que ella había muerto por suicidio, aunque tampoco se negaba eso. De todas formas, decidí cesar mis indagaciones por un tiempo, no solo por Mary E. sino porque se acercaban mis exámenes finales (en mayo) en la universidad.
Dicen que el mundo tiene formas curiosas de probarnos: en mi caso, casi un año después de la fallida entrevista con la ahora difunta Mary E., recibí este mensaje (se los pongo con la mala ortografía que tenía):
Para: jml@****.com
De: elzahir82@****.com
Asunto: sonrie
Hola
Enkontre tu e-mail en internet tu profile desia ke estabaz interesado en el smiledog. Yo lo vi y no ez tan malo como disen la gente. Te mande una copia. Difúndelo. :)
La última palabra del mail me paralizó; además, había un archivo adjunto de nombre “smile.jpg”… Tras mucho tiempo y pensando que casi seguramente era una farsa, descargué la imagen.
Sí, lo hice, y si acaso era la auténtica, pues en verdad nunca estuve convencido del supuesto poder del smile.jpg. Me asustó lo sucedido con la pobre Mary E., aunque probablemente ella estaba mentalmente trastornada mucho antes de que la imagen del perro llegara a su vida. Y es que: ¿cómo diablos podría una simple imagen causar una maldición? ¿Qué clase de ser tiene tal poder como para entrar en la mente de alguien solo a través del poder del ojo?
Ahora, y si todo es tan absurdo: ¿cómo es que la leyenda ha sobrevivido tanto tiempo?
Si la imagen es verdadera y también lo que se dice de ella, mis sueños serán invadidos por el demonio canino en caso de que me atreva a verla. Me pedirá cada noche que cumpla su voluntad, hasta que ceda: ¿qué será de mí?, ¿acabaré, al igual que Mary, resistiendo estoicamente hasta morir?, ¿aceptaré la voluntad del Smile.dog y lo “difundiré” a cambio de tener paz nuevamente? Si acepto la voluntad del Smile.dog, ¿cómo lo difundiré?, ¿a quién o a quiénes les pasaré la maldición?
Si escribo un artículo sobre smile.jpg como pensaba inicialmente, podría poner la imagen de evidencia, y cualquiera que leyese el artículo y viese la imagen, se afectaría si la leyenda es verdad. Pero, asumiendo que fuese verdadera la imagen que tengo y la leyenda sobre la imagen: ¿pondré tantas vidas en juego para salvarme?, ¿soy capaz de semejante vileza?… Sí, ¡lo soy!

martes, 8 de marzo de 2016

El Dios muerto

Año 2322: Los hijos de “la muerte de Dios”

El mundo ha estado buscando a Dios desde hace miles de años, pero nunca lo ha encontrado. Con los avances científicos y las investigaciones hechas por arqueólogos, historiadores, filólogos y otros tipos de especialistas, los fundamentos históricos de las grandes religiones fueron demolidos en gran medida, y con ello la fe en los textos revelados (cuya distorsión, carácter inventado o falsedad histórica fueron comprobadas en muchos casos) disminuyó de una manera nunca antes vista, dando lugar a una abrumadora reducción de los seguidores de las antiguas religiones. Paralelamente, fueron surgiendo nuevas orientaciones religiosas, basadas más en concepciones filosóficas de las realidades espirituales que en textos revelados, orientaciones religiosas que en muchos casos, quizá siguiendo lo que podría catalogarse como “moda espiritual” y “actitud intelectual sintomática de las nuevas sociedades”, terminaron adoptando como nueva fuente de revelación a cuantos resultados arrojaban las investigaciones y los experimentos científicos orientados al tema de Dios y otros asuntos espirituales que, según se admitía comúnmente en la mentalidad de la época, tenían sus reflejos o expresiones en la dimensión de materia-energía que la Ciencia podía explorar, y a la cual encontraba cada vez más compleja dado que, entre otras cosas, se habían descubierto nuevas partículas, y aquello naturalmente fortaleció la intuición de que probablemente el alma no era sino una entidad compuesta por partículas que aún no se descubrían, y que quizá eran originarias o simplemente interactuaban con otras dimensiones o con esos universos desconocidos a los que iban las partículas que, en las observaciones de la Física Cuántica, aparecían y desaparecían del espacio-tiempo…
Hasta aquí todo parecería un panorama esperanzador, pero el paso del tiempo mostró que, las indagaciones científicas en torno a lo espiritual, estaban siendo claramente infructíferas, por decir lo menos… Todavía no existían evidencias contundentes de un cuerpo energético que pudiera equipararse a la idea del alma, y los frustrados científicos de la reducida cristiandad (y del Islam, que ya no era extremista para esa época) no habían podido encontrar nada que sugiriese un Cielo o Infierno… En este contexto, en a finales del siglo 22 nació, cual digna hija de la Madre Decepción, la esplendorosa y siniestra Iglesia Necrótica: un culto pesimista, derrotista, que hacía suyo el “Dios ha muerto” de Nietzche, aunque dándole un sentido distinto y fatalista, de carácter teológico antes que filosófico, un sentido que permitía entender la frase de Nietzche como “Dios nunca estuvo vivo”. ¿Una iglesia atea? No exactamente, ya que una de las creencias fundamentales de la Iglesia Necrótica era que en general los individuos tenían, cual si fuese algo codificado en su condición humana, la necesidad de tener un Dios al cual adorar, necesidad que debía satisfacerse a toda costa, contra viento y marea, incluso si eso conllevaba hacer lo que este nuevo culto había hecho: adorar a un Dios que, de alguna (o algunas, para ser más preciso) manera, estaba muerto…
La Iglesia Necrótica creció a una velocidad alarmante en los 40 años que siguieron a su fundación, y no se diga después, ya que en el 2280 el 95% de las sociedades occidentales pertenecían a esta iglesia, y en Oriente, que ya admitía la libertad religiosa en la práctica y no solo en teoría, sus afiliados eran casi el 50%, frente a un Islam y un Hinduismo cada vez más famélicos, y un Budismo que, a la par que tenía menos seguidores, había sabido acomodarse adecuadamente a los cambios, ya que siempre fue la más filosófica de las religiones antiguas.  Quizá, una de las cosas que más fuertes hacía a la Iglesia Necrótica, era la gran apertura de creencia que dejaba a sus miembros, cuya unión descansaba más sobre la desesperanza y la frustración espiritual que sobre creencias puntuales compartidas. De este modo, lo único indispensable para pertenecer a la Iglesia eran dos condiciones: 1) Dios tenía que “estar muerto” para ti, de una u otra manera, y 2) Tenías que necesitar a Dios en tu vida, que desear su presencia, que adorarlo; pero, como a su vez estaba “muerto”, ese Dios necesitado, deseado y adorado por ti, habría de ser irremisiblemente un Dios que “estaba muerto” en el sentido o los sentidos que le dabas a la expresión. Así, las interpretaciones eran diversas, pero podemos citar estos ejemplos de los significados que se daba a la “muerte de Dios”: 1) Dios nunca existió, y en consecuencia se adora a un ente simbólico e imaginario, que de alguna manera representa esa necesidad de un padre de la que habló Sigmund Freud, 2) Dios es solo una ilusión perceptiva que el cerebro desarrolló para protegernos (psicológicamente) y que se expresa en el sentimiento y la intuición de que hay un ser absoluto y perfecto (perfecto en concordancia a nuestras necesidades emocionales) afuera y adentro de nosotros, 3) Dios es solo una forma sutil de energía universal que hemos divinizado porque se vincula a cosas que nos parecen superiores y porque todavía desconocemos cuál es su naturaleza exacta, 4) Dios es el aspecto más profundo de la psique humana, y tiene una naturaleza que todavía se desconoce en gran parte y, a la vez, es de tal condición que permite fenómenos parasicológicos y nos une a todos nosotros energéticamente, por lo cual induce la ilusión perceptiva de que constituye otro dentro de nosotros, siendo que, a su vez, extrapolamos a ese otro en la realidad exterior, diciendo que “Dios está en todas partes”, 5) Dios existe, pero no podemos saber cómo es, está más allá de lo que para nosotros es el bien y el mal, y es ajeno a nosotros, está ausente, sea porque no quiere interactuar o porque su naturaleza no se lo permite o hace que aquello le sea indiferente, ya que este Dios no necesariamente creó el universo, no necesariamente tiene sentimientos, y no es omnipotente, no es omnisciente en el sentido convencional, y no necesariamente está en todas partes, siendo que puede ser llamado “Dios” solo porque es trascendente y absoluto de algún modo, y porque también, de una manera que casi seguramente lo excluye de la categoría de persona y por tanto de la posibilidad de ser un “Dios-persona” (con voluntad, deseos, acciones, planes para nosotros o el universo, etcétera), participa de la condición de mente o, por lo menos, de la condición de “conciencia”. Ahora bien, como han de imaginar, dentro de la Iglesia Necrótica hay muchos que creen que “Dios está muerto” en la última manera (la número 5), y dentro de ese grupo está gran parte de los investigadores científicos que todavía buscan evidencias de Dios.
En cuanto a mi experiencia personal, yo he estado en cultos de la Iglesia Necrótica (sin pertenecer realmente) y son indudablemente macabros, “blasfemos” según el decir de esos cristianos que tanto abundaban a inicios del siglo XXI. Verán, en todos los templos ordinarios tienen una representación (una escultura) del cadáver de Dios, que es de metal, mide en promedio entre 2 y 3 metros de altura, y es hecha en concordancia con las creencias mayoritarias que tienen los feligreses iniciales (del templo en cuestión) sobre qué atributos visuales simbolizan mejor al “Dios muerto”. Entretanto, en las catedrales se sigue el mismo procedimiento, pero la escultura —las esculturas son vacías por dentro, para ahorrar dinero y representar el vacío inherente a los desarrollos de la idea de Dios en la historia de las religiones convencionales— mide entre 6 y 7 metros de altura, y además está cubierta por una capa de 2 centímetros de espesor, hecha con una sustancia hecha a base de huesos humanos molidos (de miembros que aceptaron en vida donar sus cadáveres a la Iglesia Necrótica) y un material descubierto en el 2105. Bien, esas estatuas de las catedrales son casi siempre horrendas, y en cada misa les rocían baldes de sangre fresca, que siempre tiene que ser de oveja blanca, y que la Iglesia Necrótica consigue en abundancia porque tiene acuerdos comerciales con los criadores de ovejas, que les guardan la sangre de los animales blancos (hay inspectores que cuidan que sean blancas las ovejas-fuente) cuando hacen matanzas para vender la carne de aquellas criaturas. Tal vez esto huela a ritual satánico, pero no es nada en comparación con el magnífico espectáculo que brinda la Catedral de Carne, un magnífico templo que sirve como sede del Conclave Necrótico y del Maestro Supremo (jefe mundial del culto). Y es que la Catedral de Carne es un templo esplendoroso, completamente cubierto, en su exterior, por músculos humanos y ojos finamente incrustados entre los músculos, todo perfectamente acomodado y conservado dentro de una translúcida sustancia (mejor que el formol) hospedada al interior de una capa de vidrio blindado de 5 centímetros, que recubre por completo aquella enorme pirámide metálica, en cuyo interior hay tubos transparentes que recubren el techo y las paredes, imitando la forma de las venas y bombeando sangre humana (donada por miembros de la Iglesia Necrótica) cada hora del día y de la noche, dentro de aquel macabro templo cuya representación del “Dios Muerto” es una bestia de hueso (esa sustancia con hueso molido) que está muriendo, que mide unos 25 metros de alto, tiene varios brazos con manos grotescas, y muchas bocas y ojos que representan su omnisciencia…
24 de agosto del año 2322
Yo nací cuando ya la Luna y Marte habían sido colonizados, me formé como científico en diversas ramas, y para el 24 de agosto del 2322 todavía vivía en la Tierra, donde había desarrollado la mayor parte de mi labor investigativa, que giraba principalmente en torno a la pregunta de “¿dónde está Dios?”. Así, el 24 de agosto del 2322, yo llamé a mi amigo, el Dr Styrr (un científico usar), quien era, junto conmigo, una de las pocas personas que se negaban a creer en la muerte de Dios.
— Buenos días, ojalá hayas descansado, hermano ―le dije yo, saludándolo.
— Disculpa que vaya al grano… ¿has estado observando esa línea?, ¿has visto lo irregular que resultan sus patrones para la galaxia en que se encuentra?
— No… La verdad es que no he visto nada raro… ¿Qué pasa con esa línea?
— No estamos solos… No te diré más por ahora: nos vemos en la oficina en una hora, hablamos.
— Vale, ¡ojalá sea algo grande!
La llamada me hizo sentir una felicidad que no había experimentado en mucho tiempo. Era reconfortante saber que todavía otros científicos creían que Dios vivía y debíamos seguir buscándolo. Y es que no lo he dicho, pero eso de “nos vemos en la oficina” se refería a la reunión por webcam que yo, Styrr y muchos otros científicos habríamos de tener. Era fascinante: todos creíamos que Dios vivía, solo que, al final de la reunión, nos enfrentamos al problema de que el pensamiento del grupo se dividía en dos líneas. La primera línea planteaba que Dios existía dentro de nosotros (como un ser real, no como una ilusión perceptiva o un simple aspecto interno), y que era allí donde había que buscarlo; entretanto, la otra línea planteaba que Dios existía afuera, pero solo en el Cielo se hacía lo suficientemente patente para ser conocido, aunque el Cielo, según los defensores de esta línea, estaba o se manifestaba dentro de nuestro universo. En consecuencia, unos creían que era necesario experimentar con humanos, mientras que otros pensaban que se requería trabajar más en nuestra observación del cosmos. Por mi parte, era previsible que me decantase a favor del segundo grupo. Lo que me desconcertó y desmotivó fue que Styrr se unió al primer grupo; pero, sin embargo, conservé la esperanza de que los equipos mantuviesen buenas relaciones. Todo esto sucedió hace unos 6 años previos al año en que estoy escribiendo estas líneas.
12 de julio del 2328
Las investigaciones no han salido demasiado bien y nuestros fondos han sido insuficientes, por lo que no sorprende que más de la mitad del grupo (contando ambos bandos) haya desertado y se haya unido a la Iglesia Necrótica. Necesitamos esperanza, la hemos necesitado siempre, pero tal parece que a Dios no le importa que vivamos buscándolo y que perezcamos sin haber satisfecho por lo menos algo nuestra noble búsqueda de evidencias a favor de su existencia. Yo aguanté, pero otros no: ellos simplemente perdieron la esperanza. Ahora he estado revisando mi correo, y resulta que curiosamente me encontré un mail de mi amigo Styrr, con un informe adjuntado, informe que al parecer se refiere a los resultados de los experimentos hechos por su grupo.
Experimento VXV con SFG
He aquí lo que Styrr me puso en el informe sobre los experimentos de su grupo efectuados en humanos:
Hemos empleado tecnología de punta para introducir artefactos en los sujetos de prueba de una manera que, en lo posible, no comprometa la vida de éstos y la objetividad de los resultados. Los aparatos introducidos han sido diseñados para producir y registrar sonidos dentro del cuerpo humano. Durante la primera hora del experimento no sucedió nada extraordinario: lo único registrado fueron los ruidos producidos por las máquinas introducidas y los sonidos (latidos cardíacos, ácidos intestinales, respiración, etcétera) correspondientes a los procesos orgánicos naturales de los cuerpos de los sujetos de prueba. No obstante, después de transcurrida la primera hora del experimento, en todos los sujetos empezaron a registrarse fenómenos anómalos como movimiento muscular descontrolado e involuntario y tos con expulsión de sangre. Los dos ejemplos de fenómenos anómalos están dentro de lo explicable por causas naturales, pese a que no responden a lo que se esperaría de organismos que funcionan normalmente, como los de los sujetos de prueba. El problema vino con unos gritos que aparecieron en todos los sujetos del experimento, y que cumplían estas condiciones: 1) se escuchaban como distorsionados, al igual que en una mala grabación, 2) se producían a intervalos irregulares, 3) tenían características acústicas impropias de los sonidos que el cuerpo humano está fisiológicamente capacitado para producir, 4) no eran producidos en las cuerdas vocales de los sujetos, y no fue posible encontrar una fuente a los gritos dentro de los organismos de los sujetos de prueba.
Nota1: Los pacientes comatosos no dieron resultados esperados. A los sujetos se les tapó la boca con cinta adhesiva después de que los gritos se empezaran a registrar: esto les resultó muy doloroso, y los gritos continuaron produciéndose sin alterar sus rasgos.
Posdata: Discúlpame no incluir más información: es secreto. Y por cierto: ¿qué tal si vienes a cenar esta semana a ver si hablamos?
Dr. Styrr
Yo acepté la propuesta de mi amigo y un par de días después nos encontramos en un restaurante pequeño donde era casi imposible que se infiltrasen espías. Cuando lo vi, Styrr estaba pálido, se veía estresado, algo andaba mal en él.
Al preguntarle si estaba bien, mi amigo empezó a asentir con la cabeza repetidas veces, suspiró profundamente, se desparramó en la silla cual si fuera un borracho con sueño, abrió los ojos como un loco, y después se quedó viendo hacia arriba, mientras un hilito de sangre le chorreó de la boca abierta…
Yo me aterré y me le acerqué velozmente, pero de pronto volvió en sí, tosió un poco de sangre, y me agarró la cabeza mirándome a los ojos, de tal forma que parecía esforzarse en convencerse de que todo eso no era un simple sueño.
— Por favor, siéntate, tenemos mucho de qué hablar ―dijo Styrr, con la voz quebrada.
— Styrr, ¿qué te ocurre? Acabas de toser sangre, hombre, ¡toser sangre!
— Robert, Robert… Tú sabes que no te di el informe completo del experimento y la verdad es que quizá nunca lo haga. Queda poco tiempo, necesito que me escuches, ¿vale?
— Claro, te escucho, di todo lo que puedas.
— Bueno, verás, todo empezó cuando nos dimos cuenta de que el uso de espectroscopios SFG no estaba dándonos datos adecuados y suficientes. Entonces, algunos del grupo se ofrecieron como voluntarios para una versión menos extrema del experimento. Inicialmente no obtuvimos buenos resultados, pero la quinta vez algo pasó con el dolor. Tú ya sabes que antes de eso escuchábamos dentro de los sujetos esos gritos extraños sin fuente aparente, y para aquel momento los gritos seguían produciéndose. Bueno, yo personalmente los había oído también, y me había ofrecido de voluntario. Bien, lo escalofriante fue que los gritos extraños estaban comenzando a volverse más fuertes y todo cobraba sentido, al menos para mí y aquellos en quienes se producían los gritos, porque nosotros podíamos sentir que algo estaba tomando el control, aunque las máquinas no pudieran registrar nada relativo a eso. De todas formas yo tuve miedo y ya no me ofrecí de voluntario para el sexto experimento, pues quizá no estuviese hablando contigo si ese hubiese sido el caso… Robert, Robert, entiéndeme: algo terminará saliendo de mí… ―dijo Styrr con la voz quebrada, antes de suspirar y quedarse quieto mirándome, mientras le resbalaban varias lágrimas por las mejillas…
— Amigo… Estás muy mal, tienes que… ―aquí paré porque me interrumpió.
— ¡Tienes que ir!, ¡tienes que ir!, ¿y qué le gustaría comer?, ¡señor! —dijo Styrr fuera de sí tras interrumpirme, con los ojos en blanco, vueltos hacia atrás como un poseído…
Eso de los ojos en blanco fue lo último que aguanté, porque en ese momento sentí que mi vida corría peligro, y escapé corriendo a toda velocidad, escuchando tras de mí unos gritos aterradores, semejantes a los que me describió Styrr cuando habló de los experimentos. Lamentablemente no pude correr mucho, porque a la salida del restaurante (yo estaba en el piso de arriba) me encontré con un grupo de guardias…
“¿Qué ha visto?”, “¿Estuvo violento Styrr?”, “¿Qué le dijo Styrr?”: con esas y otras preguntas me hostigaron los guardias, y después se llevaron a mi amigo, que ya había vuelto en sí y estaba siendo sujetado, llevado a la fuerza a una pequeña nave-patrulla, mientras lloraba y clamaba libertad. “¡No! ¡Ya no puedo soportar más el dolor! ¡Tengan piedad de mí! Dios, ¿dónde estás? ¡Ahora es que te necesito! ¡Resucita!, ¡aparece, cadáver omnipresente! ¡Robert, Robert: ayúdame por favor, sálvame!”. Yo pude haberlo ayudado pero tuve miedo, demasiado miedo: lo traicioné, le di la espalda, le fallé. Nunca me perdonaré…
Después de que Robert se fue, me senté y lloré hasta que vino un científico que parecía importante. Entonces un guardia intentó fastidiar, pero el científico le ordenó que nos dejase en paz. Me di cuenta que era de los científicos que aún creían en Dios, y que era parte del equipo detrás de los experimentos que hicieron enloquecer a mi amigo. Según me dijo, tendría la consideración de decirme lo que no podía decir a casi nadie, sobre todo a civiles. A saber, sencillamente me informó que Styrr había perdido la cordura debido al dolor físico y a la angustia emocional que comportaban los experimentos, y también me dijo que yo y mi grupo podíamos seguir tranquilos buscando a Dios en el cosmos, pues quizá pronto acabaríamos encontrando “algún planeta con la barba de Cristo” (esto lo dijo burlándose, el muy hijo de…).
¿Realmente era cierto lo que me dijo el científico? ¿Seguiría vivo Styrr? ¿Lo volverían a usar en experimentos en contra de su voluntad? ¿Había enloquecido solo por los experimentos o había algo más? Y finalmente, y más que todo: ¿acaso los experimentos tenían algo tan siniestro que Styrr no podía y no quería decirlo y yo estoy todavía lejos de imaginarlo? Desde el día en que se llevaron a Styrr, nunca más volví a saber de él, y aún no sé si vive o no…
09 de septiembre del año 2328
Jamás olvidaré lo que ha pasado hoy, que es el día en que he escrito todas estas líneas, refiriéndome a hechos anteriores para que entiendan a la perfección la magnitud de lo que pronto les revelaré. ¡Maldita sea, maldita sea! Este día me ha marcado profundamente: si “eso” que vieron era Dios, yo no sé cuánto tarde en perdonarlo, en dejar mi resentimiento, mi blasfemo resentimiento… Si no es Dios, pues mucho mejor, aunque creo que entonces tendría que pensar que se trata del Diablo o de alguna forma de vida sumamente poderosa y sutil, una especie de super-mente. Pero no: yo sé que ese era Dios, me lo dice la intuición. Bueno, en todo caso iré al punto:
Hoy, tras años de esfuerzo, se estrenó el observatorio con los nuevos telescopios, unos telescopios que tardaron mucho en ser desarrollados, que costaron tanto que solo el Estado (al cual convencimos con gran esfuerzo) pudo pagarlo, unos telescopios especializados en detectar anomalías, y con un alcance jamás visto en telescopios anteriores. ¿Saben qué pasó? Fue indignante, fue atroz, fue… un acto con la crueldad propia de un Dios que no conoce la compasión…
El observatorio se abrió a las 3 de la tarde, y cinco de nuestros científicos se pusieron a trabajar intensamente, hasta que a las 7 de la noche recibimos una llamada en la central: “¡lo hemos encontrado, lo hemos encontrado! ¡El rostro de Dios! ¡Los patrones, los patrones, nunca se han visto patrones así! ¡Hay una mente, los patrones son organizados, fluyen, se comportan como si hubiera una mente atrás de ellos!”. Al oír esas palabras, todos nos miramos con la boca abierta. Era evidente que el emisor no mentía, pues hasta tenía la respiración agitada de la emoción y se oía a sus compañeros asentir. Sin embargo, apenas les dijimos que envíen la transmisión en vivo de lo que estaban viendo (no habíamos hecho eso antes para no distraerlos), escuchamos un ruido estrepitoso como del suelo abriéndose, e inmediatamente se escucharon destrozos y la comunicación se cortó…
Media hora después de que la comunicación se cortase, llegamos al lugar y encontramos el observatorio reducido a ruinas, con todos los científicos muertos y los telescopios destrozados. Yo nunca creí en la Biblia, pero por curiosidad la estudié y en ese momento, cual relámpago que cae sobre el árbol y lo incendia, acudieron a mi mente aquellas palabras que supuestamente Dios dijo a Moisés, después de que éste le pidiera que se dejase ver y Él accedió diciendo: ‹‹pero te advierto que no podrás ver mi rostro, porque ningún hombre podrá verme y seguir viviendo›› (Éxodo 33, 20).
Traducción y edición realizada en el sitio:
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