miércoles, 21 de octubre de 2015

Regalo de cumpleaños

Era el regalo ideal, me decía por enésima vez mientras llevaba la caja envuelta con papel colorido y una tarjeta que decía “FELIZ CUMPLEAÑOS DIANA”.
Llegue a la fiesta de mi amiga muy animada, realmente quería ver su expresión cuando abriera el paquete, pero tenía que esperar puesto que apenas comenzaba la celebración. Después del show de payasos, la merienda, el pastel, sus típicas “mañanitas” y algunos juegos infantiles llego el momento que más deseaba: la apertura de los regalos.
Uno a uno los fue destapando con energía, rasgando el papel y tirando a un lado los moños mientras descubría lo que había en el interior de cada caja o bolsa que le habían llevado. Ropa, peluches, chocolates, libros de colorear y dulces era lo que hasta ahora encabezaba la lista de lo que había recibido. Finalmente le toco el turno a mi paquete multicolor, lo vio, leyó la tarjeta y luego lo abrió sacando de su interior lo que consideraba el mejor regalo… una muñeca mediana de porcelana sobre una base musical.
Ella se emociono y puso la expresión tal y como la había imaginado, reí y aplaudí ante su alegría y le revele que había sido yo quien le había hecho tal obsequio, ella en agradecimiento me abrazo y me dijo que era la mejor amiga que podía tener. Todo había sido como lo había planeado.
Habían pasado 3 semanas desde que hubiera asistido a la fiesta de cumpleaños. Todo seguía transcurriendo normal y hasta rutinario en mi vida. Estaba columpiándome despreocupadamente cuando escuche el grito de mi madre diciendo que tenía visitas, deteniendo mí balanceo voltee a ver en la dirección donde estaba y vi a mi amiga en la puerta a su lado. Sonreí ampliamente puesto que pensé que había venido para jugar.
Después de saludar a su mamá corrí con Diana y le propuse jugar en los columpios, ella acepto pero no parecía estar bien, me siguió en silencio y caminando lento mientras que yo le platicaba sobre las cosas buenas que me habían pasado en el día, al llegar a los juegos ella volteo a todos lados como asegurándose que nadie estuviera cerca, tomo mi mano y me jalo detrás del árbol de nogal que había en la parte trasera del patio.
—¿Qué pasa? — le pregunte pero ella me silencio poniéndome su mano en mi boca.
—Shhh… ella podría oírnos— me dijo en un susurro.
La mire sin entender nada.
—Ella ¿quién? — le volví a preguntar imitando su tono de voz al quitar su mano.
—La muñeca que me regalaste… ella está viva… es mala— me dijo a pausas mientras seguía observando a los alrededores.
La observe fijamente esperando que se tratara de una broma, pero su expresión me decía que no era así, sobretodo porque se miraba realmente preocupada.
—Diana, ya tenemos 10 años, ambas sabemos que las muñecas son solo juguetes y que no pueden estar vivas—
—No, ¡te equivocas esta sí! ¡Es mala! Cuando me pasa algo malo como caerme o que me pegue ella se ríe, ¡el otro día trato de matarme! — me aseguro mientras me tomaba de los hombros agitándome.
— ¡Suéltame! Me lastimas y no sé de qué rayos hablas — grite empujándola y levantándome — ¡no se que te pasa pero estas loca! Las muñecas no pueden matarte—
Me di la vuelta y fui corriendo a donde estaba mi mamá platicando con la mamá de mi amiga, me preocupaba lo que decía y tenía que contárselos para que la ayudaran, sin embargo no pude llegar muy lejos porque ella había corrido tras de mí y jalándome de mi trenza me tiro al suelo poniéndose sobre mi viéndome bastante alterada.
—Es tu culpa… ¡TU LA TRAJISTE! — me grito al tiempo que me jalaba del cabello con fuerza— por tu culpa ahora no puedo dormir, ni jugar, ni comer, ¡TE ODIO! —grito golpeando mi cabeza contra el suelo una par de veces mientras yo me removía bajo de ella queriendo escapar.
—¡Aaaah! ¡Auxilio! ¡MAMA, MAMA! — decía mientras trataba de empujarla y sacármela de encima.
Nuestras madres llegaron casi inmediatamente, me quitaron de encima a Diana quien seguía aferrada a mi cabello y me gritaba cosas histérica. Su mamá se altero y se la llevo disculpándose mucho por el comportamiento de su hija.
A mí me reviso la cabeza mi papá para ver que no tuviera sangre, afortunadamente solo tenía dolor por los jalones que me dio.
A la semana siguiente mi mamá se entero por una vecina que Diana había muerto. Se había caído por las escaleras y se había abierto la cabeza con el borde de un escalón. Yo no lo podía creer. Si apenas hacia unos días ella había estado en mi casa y ahora me decían que había fallecido. ¿Cómo podía ser posible?
Mi mama fue al funeral que por petición de la familia se realizo en la casa de sus padres.
Aunque quería ver dentro de la caja me lo prohibieron porque decían que podía ser traumático para mí, así que para poder desaburrirme fui a la habitación de la que fuera mi amiga. Entre con cuidado y sin hacer ruido, conocía bien ese cuarto porque habíamos jugado muchas veces ahí, era el mismo lugar pero sin embargo se sentía diferente,  como si también hubiera perdido vida.
Observe los juguetes, incluso aun tenia pegada en la puerta parte de la manta de su cumpleaños. Me sentí triste y sin poder evitarlo comencé a llorar, me senté en el suelo y llore poniendo las manos en mi cara para que no se escuchara.
Un ruido me hizo levantar la vista. Era una risa. Me fije alrededor para buscar de donde venia aquello, pero solo se escucho nuevamente una risilla entre infantil y tétrica. Creí que se trataba de mi imaginación por lo que decidí que era mejor irme de ahí antes que alguien me descubriera, además de que realmente sentía que algo no andaba bien en ese lugar.
Esa noche en mi casa aun no podía creer lo que había pasado, realmente me parecía algo imposible que la que fuera mi amiga desde el jardín de niños ahora ya no volvería a jugar o a reír conmigo. Me sentí mal porque la última vez que nos vimos habíamos terminado peleando.
“La muñeca que me regalaste está viva” “es mala” “intento matarme”
Recordé de pronto esas palabras y me senté de golpe en la cama, acaso era posible que… no, no podía ser así, la muñeca no podía haber sido la causante de la muerte de Diana. Observe mi habitación a oscuras y sentí un escalofrió recorrerme. ¿Y si era verdad? ¿Y si realmente había sido asesinada? Si eso era cierto entonces…
— ¿Dónde está la muñeca ahora? —me pregunté a mi misma sintiendo como mi corazón se oprimía.
Me quede así por un par de minutos, tratando de calmarme, no, no podía dejarme llevar por la sugestión de que una muñeca podía asesinar personas, respire hondo para luego recostarme de nuevo. Debía dormir o terminaría volviéndome loca.
Cerraba y abría los ojos parpadeando lentamente mientras contaba ovejitas para dormir, con cada una que contaba daba un parpadeo. Mi mirada se perdía entre la puerta del ropero la cual me pareció que se abría cada vez mas. Para cuando cerré los ojos cansada no note que la puerta realmente se había abierto en su totalidad y que una sombra había salido para avanzar hacia mi cama.
Ahora estaba en el mundo de los sueños pensando en las últimas palabras de Diana.
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A la mañana siguiente la mamá de Lucy fue a despertar a su hija para que fueran juntas al entierro de su amiga Diana, pero al entrar lo que descubrió la hizo gritar con horror.
La pequeña estaba muerta en su cama en medio de un charco de sangre que salía de una herida profunda en su garganta, misma que había evitado que gritara, en la mano de la niña se encontró unas tijeras  cubierto del líquido carmesí.
Las autoridades atribuyeron el suceso como un suicidio debido al trauma que de seguro había sufrido la menor por perder a su mejor amiga y que había actuado así en un momento de depresión; aun y cuando los padres negaban que su hija pudiera hacer algo parecido, ese fue el veredicto final.
Después del entierro de ambas pequeñas (ya que fueron sepultadas el mismo día), el velador del cementerio comento que algunas veces durante la noche se podía escuchar una melodía de caja musical parecido a una risa infantil proveniente del lugar donde se encontraban las lapidas de 2 niñas, pero que al buscar la causa solo logro encontrar una muñeca de porcelana hecha pedazos sobre estas, sin saber quien la había dejado ahí.

martes, 20 de octubre de 2015

El Hombre que Canta y Baila

Quedan pocas personas con vida que recuerden al Hombre que Canta y Baila. El tiempo ha reclamado a los sobrevivientes de aquella larga noche, y estoy seguro de que se fueron de este mundo sin protestar. La vida toma un curso extraño después de una noche como ésa.
Los que aún viven, Bill Parker, Sarah Carter, Sam Tannen… no hablan sobre ello. Sam es un tipo con suerte. Su cerebro empezó a convertirse en avena hace unos años y ahora tiene problemas incluso para ponerse los pantalones. Se le concedió un alivio prematuro de sus recuerdos. No se despierta noche tras noche con la música todavía sonando en sus oídos, y lágrimas en sus mejillas.
El Hombre que Canta y Baila vino a Belle Carne con pocos bombos y platillos en el otoño de 1956. Yo recién había terminado la secundaria y estaba trabajando como repositor en Handy’s Hardware. Allí estaba yo la tarde en que Sarah Carter se precipitó por la puerta, haciendo que el timbre de bienvenida sonase como loco.
—Juan, debes ver lo que prepararon en la glorieta. Hay una gran carpa y un hombre parado enfrente de ella gritando cual presentador de circo. —Sarah estaba sin aliento y evidentemente había corrido el trayecto desde el parque hasta la Calle Principal. Dio un resoplido al mechón de cabello despeinado en su rostro mientras esperaba que yo reaccionase. Con Sarah siempre estaba dos pasos atrás y corriendo para alcanzarla. La chica tenía energía en aquel entonces y en cantidades ilimitadas.
Dejé de acomodar los clavos para responderle. —No había nada allí cuando pasé esta mañana. ¿En qué momento la colocaron?
Se encogió de hombros. —No lo sé, pero allí está. Y tienes que ver a este tipo. Está disfrazado de pies a cabeza y no para de hablar, ¡y vaya que sabe hacerlo!
Lo pensé y miré el reloj. Eran cerca de las cinco y mi turno ya terminaba de cualquier forma.
—Está bien, vayamos a verlo entonces.
Sarah sonrió de oreja a oreja y desapareció. No dudé que lo estuviese anunciando al resto de nuestra pandilla.
Me encontré con Bill en el camino al pasar por la farmacia en donde trabajaba. —¿De qué rayos está hablando Sarah, Juan? Entró volando por la puerta y se fue del mismo modo antes de que pudiese preguntarle algo. —Bill era un tipo grande, el más alto (y más pesado) de nuestra clase. Tiene su temperamento, pero es un buen tipo. Era también el mejor de su equipo de básquetbol en la secundaria, aunque uno de los pocos que ha sido expulsado durante un juego. Arrojó a un chico al otro extremo de la cancha. Bill dijo que le había dado un codazo en el estómago; un accidente claro, nadie se atrevería a hacerle eso a propósito.
Al final de la Calle Principal, cruzamos la Calle Buchanan y entramos al parque. Normalmente en ese punto ya hubiésemos podido ver la glorieta, sobre una colina en el centro del parque. Durante el verano, solía haber conciertos ahí: actuaciones de la banda de la escuela, coros de la iglesia cantando algunos himnos, ese tipo de cosas. Una vez un par de chicos de la secundaria comenzaron una excelente banda de rockabilly, pero de algún modo el comité del parque sacó una ordenanza que prohibía el rock and roll en ese lugar. Pueblos pequeños, ¿sabes?
Pero ahora había una carpa enorme de color amarillo que tapaba la vista de la glorieta, como ésas que tienen los circos o ésas que los alcaldes suelen usar cuando tienen ganas de «sentir el espíritu del pueblo», y sentir tu billetera, además.
Ya había una multitud bastante grande alrededor de la carpa cuando Bill y yo llegamos. Podíamos escuchar al tipo del cual nos había hablado Sarah; realmente sonaba como un presentador de circo. A empujones avanzamos por la multitud y nos acercamos al lugar en donde estaba el hombre.
—¡Vamos todo el mundo, se está acercando, el momento se está acercando, vamos a tener una gran noche! ¡Así es, una noche GRANDIOSA! Cantaremos, bailaremos, lo PROMETO, ¡y El Hombre que Canta y Baila siempre cumple sus promesas!
Aún no podíamos verlo, había demasiada gente bloqueando el camino. Parecía que todo el pueblo hubiese acudido a ver al Hombre que Canta y Baila. Bill me tiró de la manga y apuntó con su dedo. Lo seguí con la mirada y no lo podía creer. Era el Reverendo Harper, el cura baptista. He vivido por mucho tiempo, pero nunca vi otro hombre que pudiese golpear con una biblia tan fuerte como él. Harper predicaba sobre los males del pecado; el pecado en la bebida, el pecado en el tabaco, el pecado en la droga, el pecado en cualquier cosa y por sobre todo, el pecado en la danza. Y aquí estaba, haciendo cola para entrar a la carpa, porque ciertamente no estaba predicando. Lo saludamos, y el viejo baptista se puso del color del Mar Rojo, nos dio la espalda y se alejó. Bill y yo nos miramos sonriéndonos y seguimos caminando hacia El Hombre que Canta y Baila.
Al fin pudimos emerger de entre la multitud y verlo. Estaba parado sobre un cajón viejo y astillado que parecía estar a punto de colapsar. A su lado, sobre el césped, había un estuche de violín con detalles dorados en los bordes. Parecía viejo, más viejo que el cajón, más viejo que el pueblo. Parecía una antigüedad.
Él era puro codos, rodillas y hombros. Alto y larguirucho, y su cuerpo se movía al ritmo de sus palabras. Estaba usando una chaqueta roja y blanca, como ésas de los cuartetos que solían cantar en las barberías. Tenía un sombrero de paja en la cabeza, que incesantemente se acomodaba con sus manos de dedos largos. Seis dedos en cada mano. Me sorprendió ver eso. Había leído que algunas personas nacían con seis dedos, pero leer sobre algo y verlo son cosas muy diferentes.
—Bien, bien, falta muy poco. Realmente falta muy poco. ¿Están listos para cantar? ¿Están listos para bailar? Porque estoy listo para tocar mi violín, sí que lo estoy, sí que lo estoy. Tengo el violín a mis pies y estoy listo para tocar, listo para hacer que esas cuerdas CANTEN, ¿pueden creerlo?
Aplaudió, y eso fue lo más cercano a una pausa que estuvo dispuesto a hacer.
Sarah y Sam se acercaron a nosotros después de encontrarnos entre la multitud. Sarah me codeó en las costillas. —¿Qué te dije? Parece que debería estar en un carnaval intentando hacernos ver a la mujer barbuda o algo así.
Sam asintió con la cabeza para saludarnos, lo que hizo que sus anteojos se resbalasen por su nariz y les dio un empujón con su dedo para arreglarlos. Era tan alto como Bill, pero su físico ni se acercaba al de él. Era el chico listo en nuestra pandilla. Uno tiene que tener cerca a alguien así para que le enseñe a hacer cosas como desmantelar el auto del director y rearmarlo en el gimnasio de la escuela. No que hayamos hecho algo como eso.
—¿Qué está vendiendo? —preguntó Sam.
—Un baile, creo yo —le dije.
—¿Cuánto cuesta?
El Hombre que Canta y Baila debió de haberlo escuchado, porque dijo:
—¿Cuánto cuesta, están preguntándose? No cuesta ni un dólar, ni un centavo. Amigos, esto no les costará nada, sólo entren a la carpa y bailen toda la noche al ritmo de la canción.
Nos miramos entre nosotros. Era un buen trato. ¿Música gratis y un lugar para bailar? No había mucho que hacer en el pueblo en aquellos días, y todavía no lo hay. Era casi muy bueno para ser cierto.
El Hombre que Canta y Baila se detuvo, lo que era un pequeño alivio. Hurgó en sus bolsillos, sacó un reloj dorado y miró la hora. Y entonces sonrió, con una sonrisa que mostró cada uno de sus dientes.
—Amigos, es tiempo de bailar, así que entren. Entren todos, porque es momento de que el baile comience. —Y con eso, se bajó de su banco, lo tomó junto con el violín y se metió a la carpa.
Sarah, Bill, Sam y yo casi fuimos arrollados en el apuro de la gente por entrar, pero aún así fuimos los primeros adentro. Era enorme. Había un suelo de madera debajo de nuestros pies que parecía ser de roble, de roble oscuro, y pulido hasta brillar como un espejo. Había velas en candelabros por todos los postes de la carpa y cuando miré hacia arriba no pude ver el techo con tanta oscuridad. Era como mirar a un cielo sin estrellas donde ni siquiera la luna se molestaba en aparecer.
La multitud nos condujo más y más adentro mientras la gente entraba. No era sólo gente joven. Estaba la Señora Crenshaw, nuestra maestra de inglés que ya iba para los cincuenta. Estaba el Señor Hopkins, el director de la primaria. Estaba el buen Reverendo Harper, quien aún se veía avergonzado. Realmente todo el pueblo estaba ahí. Demonios, incluso estaba el alcalde con su mujer, parados y hablando con el jefe de policía.
Pronto todo el mundo estaba adentro y el murmullo de la gente charlando era ensordecedor. Todos buscábamos al Hombre que Canta y Baila, para saber en dónde se había metido. Nadie miró hacia arriba, así que nadie lo vio hasta que hizo sonar las cuerdas del violín con su arco.
Allí estaba, en el medio de la carpa, sentado en una pequeña plataforma de madera a aproximadamente seis metros de altura. Dios sabrá cómo logró subirse ahí, porque la verdad que no había ninguna escalera que llevase hasta arriba. Dejó caer sus pies por la orilla de la plataforma y tomó su violín con una mano y su arco con la otra. Tanto el arco como el violín parecían estar hechos de la misma madera oscura del piso, y brillaban a la luz de las velas como si estuviesen vivos. Llegué incluso a dudar si el violín necesitaba del Hombre que Canta y Baila para hacer que sus cuerdas tarareasen.
Todos lo miramos, y nos sonrió, mientras se ponía de pie rápidamente, haciendo que a la multitud le preocupase que fuese a tirarse en medio de ellos. Y entonces comenzó a tocar.
Hizo a esas cuerdas cantar. Nunca he vuelto a escuchar a alguien tocar así, y doy gracias a Dios por eso cada día. Aflojaba las articulaciones y aturdía a la mente. Sentías la necesidad de mover todos los huesos. Tomé la mano de Sarah y comenzamos a bailar por el suelo de la carpa, y todo el mundo nos siguió. Algunos con pareja, otros solos. Algunos bailando cuadrillas, otros bailando el vals y otros bailando Twist. Bailamos, movimos las caderas, sacudimos el esqueleto y rocanroleamos.
Pasé junto al Reverendo Harper, él moviendo los pies en un torpe baile junto a Eloise Grendel, una vieja fervientemente católica. Vi a la esposa del alcalde bailando un vals con Dan Adams, uno de nuestros bomberos.
Me movía en espiral con Sarah, chocando y empujando a las personas que estaban cerca. Hacía mucho calor y la temperatura subía cada vez más. No pasó mucho tiempo antes de que el lugar empezase a apestar a sudor. Me sentía mareado, pero seguimos bailando, bailando sin parar. También me di cuenta de que El Hombre que Canta y Baila estaba cantando, pero en un lenguaje que no entendía.
Se erguía sobre nosotros, parado en esa plataforma, haciendo a su violín cantar. Su arco se levantaba y caía, se deslizaba sobre las cuerdas de arriba abajo, de lado a lado. Tocaba de la misma forma que hablaba; sin descansos, sin pausas, sólo un diluvio maníaco de notas mientras su lengua se enredaba en palabras que no tenían por qué ser dichas en este mundo.
Sacudí mi cabeza mientras giraba con Sarah y me sentí cansado. Mis pies me dolían y mi espalda baja estaba empezando a palpitar. Vi mi reloj y entendí que habíamos estado bailando por una hora entera. Volví a sacudir mi cabeza, intentando ahuyentar la sensación de adormecimiento que estaba nublando mis pensamientos.
—Sarah… —Me aclaré la garganta. Sólo había podido susurrar. Mi lengua se sentía extraña y gruesa—. Sarah… —Lo intenté de nuevo, esta vez más fuerte, pero ella no respondió y continuamos bailando. La sacudí, pero no respondió. Continué sacudiéndola hasta que noté que lo estaba haciendo al ritmo de la música.
Entonces intenté parar. Y no pude. No podía parar.
Debajo de la niebla de mis pensamientos, empecé a sentir temor. Vi los rostros de las otras personas y pude ver su miedo. La cara del Reverendo Harper se había puesto más roja que antes; el sudor caía a chorros por su rostro, pero él seguía moviéndose junto a la señora Grendel, cuya cabeza se balanceaba de lado a lado. Se había desmayado, pero sus pies aún se movían. Pasamos cerca de Bill, quien bailaba con Susie Watkins, y vi que los ojos aterrados de la chica recorrían todo el salón, pero Bill sólo movía su cabeza al ritmo de la música y sus ojos vidriosos estaban perdidos en la nada. El Hombre que Canta y Baila se rió desde su plataforma y continuó tocando.
Escuché un grito y giré mi cabeza para ver a una mujer tirarse al piso, sosteniéndose la pierna con sus manos. Se había acalambrado. Le tenía envidia. Ella había conseguido parar, había conseguido descansar. Mis piernas se sentían como madera muerta y el dolor en mi espalda se había profundizado.
Entonces su pareja de baile se paró en su tobillo y escuché el crujido desde mi lado de la sala. Él seguía bailando, con los ojos en blanco mientras se movía. Ella gritó de nuevo e intentó arrastrarse, pero en lugar de ello terminó parándose. Comenzó a bailar, dejando caer su peso sobre el tobillo roto. Una y otra, y otra vez. Me di la vuelta, pero no pude dejar de escuchar sus sollozos.
La música continuaba.
Miré mi reloj nuevamente y ya habían pasado tres horas. No paramos, no aminoramos el ritmo. Seguíamos moviéndonos al compás del violín. Sin importar las ampollas. Sin importar los dedos o tobillos rotos. Sin importar el profundo dolor de espalda que se rehusaba a desaparecer. Sin importar los corazones viejos ni las rodillas malas. Seguimos ese ritmo frenético como una masa: una criatura con una sola mente que se bamboleaba y saltaba.
El Reverendo Harper murió. Vi cómo pasaba. Estaba sosteniendo a la todavía desmayada Sra. Grendel, cuando la soltó. Ambos cayeron al suelo. Él se retorció una vez, sus pies atinaron un súbito ritmostaccato, y luego se quedó tieso.
La Sra. Grender se levantó y siguió moviéndose. Yo miraba a Harper mientras bailaba, intentando ver si respiraba.
No lo hacía. Les juro que no lo hacía. Pero aun así se levantó. Estaba muerto, pero aún así se levantó y empezó a bailar de nuevo. Se dio vuelta para verme, y sonrió con la misma sonrisa del Hombre que Canta y Baila. Sus ojos estaban rojos, llenos de la sangre de lo que sea que se hubiese roto en su cerebro.
Harper no fue el último. Probablemente no fue el primero. Los viejos y enfermos fueron los que más pronto caían. Agotamiento, ataques al corazón, hemorragias en algún lugar del cuerpo: murieron. Y entonces se levantaban y seguían bailando, sonriendo con esa sonrisa.
Pasé cerca de Sam y Lisie. El había perdido sus anteojos. Sus ojos se movían por todo el lugar, totalmente conscientes. Miré su pierna y vi una quebradura expuesta, que rasgaba sus jeans. Dejaba tras de sí un rastro de sangre y cuando giraba, manchaba a las personas que estaban a su alrededor. Se paraba en esa pierna rota, saltaba sobre ella. Todo al ritmo del violín.
El olor de la sangre se mezcló con el del sudor y ya no podía respirar. El aire era denso y por todas las direcciones escuchaba llantos, gritos, aunque nada acallaba el sonido del violín o del canto del Hombre que Canta y Baila.
Y entonces se detuvo. Bailé un último paso y luego me hice parar. Miré hacia arriba, todos lo hicimos. Él estaba mirando su reloj de bolsillo.
—¡Está bien amigos! ¡Es todo por esta noche! El baile ha termiando y la mañana ha llegado. Pueden irse si es que pueden caminar y deberían caminar rápido porque este Hombre que Canta y Baila se está yendo.
Nos quedamos de pie allí, como aturdidos. Comenzamos a caminar a la salida de la carpa. Nadie corría, porque nadie podía hacerlo. Era un milagro que pudiésemos caminar. Sarah se me adelantó y se fue, pero yo me quedé. Me di vuelta y vi al menos veinte personas que aún estaban paradas allí, entre ellas Harper. Todas estaban sonriendo y sus ojos estaban vacios. Se mantuvieron de pie sin dar señales de querer irse.
—Vete amigo, El Hombre que Canta y Baila ya tiene lo que quiere, pero le encantaría añadirte a su colección si te quedas ahí por mucho tiempo. —Lo miré y lo vi sonreír. Entonces le di la espalda y dejé la carpa. Cuando me volví a voltear todo había desaparecido, incluida la gente que estaba adentro.
Ésa es la historia de lo que ocurrió. Los otros no la dirán o pretenderán que nunca ocurrió. Sin importar las 21 personas que desaparecieron esa noche, entre ellas la esposa del alcalde. Prefieren no pensar en ello.
Sarah y yo llevamos a Sam al hospital en el pueblo vecino, lejos de las personas que sabían qué había ocurrido. Tuvieron que quitarle la pierna. Sam ya era una persona callada y luego de esto lo fue aún más. No se mueve mucho últimamente, sólo se sienta en el frente de su casa con un bastón en su regazo y masajea el muñón con su mano. Dice que le molesta en las noches frías, y en las cálidas, y en las húmedas, y en las secas.
Bill dejó el pueblo y se unió a la armada, se quedó lo suficiente como para pelear en Vietnam y ganó un puñado de medallas. Volvió y sentó cabeza para beber (y beber mucho). Si quieres encontrarlo, puedes hacerlo en el bar de Eddie Dixon. Aunque no importa cuán borracho esté, no va a querer hablar de esa noche.
Ninguno de nosotros se enteró mucho de Sarah después de eso. Parecía estar bien, pero ella siempre parecía estarlo. Dejó el pueblo y comenzó la universidad, pero al igual que Bill fue arrastrada de vuelta a Belle Carne. Ahora enseña inglés en la secundaria del pueblo.
Y yo me quedé aquí, en la tienda de hardware. Incluso la administré por un tiempo, pero ahora no hago demasiado. Sólo me siento con Sam y a veces hablamos de algunas cosas. No tan a menudo, sin embargo, porque si me quedo hasta muy tarde o mucho tiempo, veré sus ojos llenarse de lágrimas mientras se encierra en sí mismo. Y podré escucharlo tararear un pequeño fragmento de una canción, y los cabellos de mi nuca se erizarán y sentiré escalofríos recorrer todo mi cuerpo.
Entonces sé que mi pie empezará a golpetear a un pequeño ritmo en el piso de madera, y una amplia sonrisa se dibujará en el rostro de Sam. La sonrisa del Hombre que Canta y Baila.

domingo, 18 de octubre de 2015

Candle Cove

Skyshale033
Subject: Candle Cove, show infantile local?
Alguien recuerda este programa infantil? Se llamaba Candle Cove, y tenía 6 o 7 años cuando salía. No he podido encontrar ninguna referencia sobre este programa, pero creo que salía en los canales nacionales por ahí de 1971 o 1972. Vivía en Iroton en ese entonces. No me acuerdo del canal, pero me acuerdo que salía por ahí de las 16:00.
mike_painter65
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
Me parece muy familiar… crecí en las afueras de Ashland y tenía 9 años en el 72. Candel cove… era de piratas? Me acuerdo de una marioneta pirata en la entrada de una cueva, hablando con una niñita.
Skyshale033
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
SI! De pelos, no estoy loca! Me acuerdo del pirata Percy. Me daba como que miedo. Lucia como que estaba construido de partes de otros muñecos, como de muy bajo presupuesto. Su cabeza era una muñeca bebe de porcelana, que se veía muy antigua y no combinaba con el cuerpo. No me acuerdo del canal! No creo que fuera en WTSF.
Jaren_2005
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local??
Siento revivir este viejo tema, pero se exactamente de qué programa hablas, Skyshale. Creo que Candel Cove salió solo por un par de meses en el 71, no en el 72. Tenía 12, y lo vi algunas veces con mi hermano. Era en el canal 58. Mi mama me dejaba ponerlo después de las noticias. Deja me ver lo que me acuerdo:
El lugar era en Candle Cove, y era de una niñita que se imaginaba a si misma siendo amiga de piratas. El barco pirata se llamaba Laughingstock, y el pirata Percy no era un muy buen pirata, porque se asustaba fácilmente. Y había música constantemente. No me acuerdo del nombre de la niña. Janice o jade o algo así. Creo que era Janice.
Skyshale033
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local??
Gracias Jaren!!! Me llegaron memorias cuando mencionaste Laughinstock y el canal 58. Me acuerdo de la proa del barco, tenía una cara sonriente, con la quijada de abajo sumergida. Me acuerdo en especial de cómo era raro cuando cambiaban el modelo de plástico/madero, a la versión de marioneta para que la cara hablara.
mike_painter65
Subject: Candle Cove, show infantile local?
ha ha ya me acorde también.  te acuerdas de esto skyshle: “tienes que… ir… ADENTRO.”
Skyshale033
Subject: Re Candle Cove, show infantile local?
Ugh mike, me dieron escalofríos al leer eso. Si me acuerdo. Era lo que el barco le decía siempre a Percy cuando tenía que ir a algún lugar tétrico, como a una cueva o un cuarto obscuro donde estuviera un tesoro. Y luego la cámara hacia acercamientos a la cara de Laughinstock pausadamente. TIENES QUE… IR… ADENTRO. Con sus ojos viscos y su quijada que como que se caía. Ugh. Se via tan berate y horrible.
Alguien se acuerda del villano? Tenía una cara que era solamente un bigote hecho con un manubrio sobre un montón de dientes delgados?
kevin_hart
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
Yo honestamente, creía que el villano era el pirata Percy. Tenía como 5 años cuando salía este programa. Combustible de pesadillas.
Jaren_2005
Subject: Re Candle Cove, show infantile local?
Ese no era el villano, la marioneta del bigote. Ese era su compinche, Horacio Horrible. También tenía un monóculo, pero estaba sobre el bigote. Me acuerdo que creía que solo tenía un ojo.
Pero si, el villano era otra marioneta. El roba-pieles. No puedo creer las cosas que nos dejaban ver antes!
kevin_hart
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
jesus cristo, el roba-pieles. Qué clase de show infantil veíamos? Realmente no podía ver la pantalla cada vez que el roba-pieles aparecía. Simplemente decencia de la nada con sus hilos, era un esqueleto sucio que vestía ese sombrero alto café y una capa. Y sus ojos de vidrio eran demasiado grandes para su cráneo. Dios poderosísimo!
Skyshale033
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
No estaban su sombrero y capa, cocidos locamente? No se suponía que era piel de niños?
mike_painter65
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
Sí, eso creo. Me acuerdo que su boca no se abría ni cerraba, su mandibular solo se movía de un lado a otro. Me acuerdo que la niñita dijo “porque tu boca se mueve así” y el roba-piel no miro a la ninia, si no a la cámara y dijo “PARA TOMAR TU PIEL”.
Skyshale033 
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?
Me siento tan aliviada de que la gente se acuerde de este horrible show!
Solía tener este horrible recuerdo, como un mal sueño donde al terminar la canción del inicio del show, el show aparecía de una pantalla negra, y todos los personajes estaban ahí, pero la cámara como que cortaba a cada una de sus caras, y todos estaban gritando, y las marionetas se movían de manera extraña, y solo había gritos, gritos. La niña solo se quejaba y lloraba como si llevara horas soportando todo esto. Me desperté muchas veces con esta pesadilla. Solía mojar mi cama cada vez que la tenía.
kevin_hart
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
No creo que fuera un sueño. Me acuerdo de eso. Me acuerdo que era un episodio.
Skyshale033
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
No no no, no es posible. No había historia ni nada, digo, literalmente estaba yo estaba parada llorando y gritando durante todo el show.
kevin_hart
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
Quizá estoy fabricándome memorias porque dijiste eso, pero juro por dios que me acuerdo ver lo que tu describiste. Ellos solo gritaban.
Jaren_2005
Subject: Re: Candle Cove, show infantile local?
Oh Dios. Si la niñita, Janice, me acuerdo haberla visto temblar. Y el roba-pieles gritaba a través de sus delgados dientes, su quijada se movía tan agresivamente que creía que se iba a desprender de los hilos de metal que la sostenían. Me acuerdo que le apague y fue la última vez que vi el programa. Corrí para decirle a mi hermano y no tuvimos el valor para encenderla tele otra vez.
mike_painter65
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?
visite a mi mama hoy en el asilo. Le pregunte sobre cuando era pequeño a principios de los 70 cuando tenía 8 o 9 y le pregunte si se acordaba de un programa infantil, candle cove. Ella se sorprendió que me acordara yo de eso y le pregunte porque, y ella me dijo “porque se me hacía rarísimo que me digieras ‘voy a ver candle crove mama’ y luego ponías la tele en un canal estático y vieras pura estática por 30 minutos. Tenías una enorme imaginación con tu programilla de piratas hijo.”

sábado, 17 de octubre de 2015

El ascensor

Todo ocurrió una cálida noche de verano, de ésas en las que, aunque la temperatura es agradable e invita a dar un largo paseo bajo la luz de las farolas, da la sensación de que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para encerrarse en casa.
Eran, más o menos, las dos de la madrugada. Había pasado varias horas vagueando ante el ordenador, así que decidí que era momento de estirar los músculos haciendo algo de ejercicio, bajando a la calle para tirar la basura y fumar un cigarro, por ejemplo.
Me calcé unas zapatillas de deporte, me dirigí a la cocina, saqué la bolsa del cubo y le hice un par de nudos. Tras cerciorarme de que no olvidaba llaves, mechero ni tabaco, cerré la puerta del piso y me dirigí escaleras abajo. Habría podido elegir tomar el ascensor, pero, teniendo en cuenta que a esos cacharros les suele dar por pararse de golpe, habría sido un error quedarme encerrado dentro con la única compañía de una maloliente bolsa de basura.
Recorrí los pocos metros que separaban mi portal de los contenedores, disfrutando del ambiente de soledad que reinaba en mi calle, unido a la tenue iluminación y la invisible caricia procedente del asfalto caliente bajo mis pies. Tras meter la bolsa en uno de los cubos, volví a mi portal y, antes de entrar, encendí un cigarrillo, disfrutando de cada calada, mientras oía en la distancia el sonido de ambulancias y coches acelerando: la banda sonora que suena de fondo cada noche en la gran ciudad que es Madrid.
Mientras daba buena cuenta de mi cigarro, eché un ojo al gran edificio de viviendas que esperaba mi regreso: Un bloque levantado a finales de los años sesenta, con paredes de ladrillo rojizo, seis alturas y una planta de garaje bajo sus cimientos, similar a los cientos de edificios que, en aquella época, el Ministerio de Vivienda construyó en toda España. Junto al portal, aún se conservaba la placa que daba fe de ello.
Mis padres fueron los primeros dueños de la casa. Tras el paso de los años, su afán ahorrador les permitió hacerse con un chalet en las afueras, por lo que yo, siendo hijo único, tuve la suerte de pasar a ser el dueño (y único habitante), de la vivienda.
Cuando acabé el cigarrillo, tiré la colilla al suelo y entré en el portal. Por un momento, pensé en subir andando hasta el quinto piso, donde vivo, pero la vagancia pudo más, así que llamé al ascensor. Cuando éste llegó a la planta baja, entré en el habitáculo.
Una de las curiosidades que tenía aquel edificio era dicho ascensor. No todos los bloques de viviendas de la época contaban con uno, y se consideraba una mezcla de lujo y suerte el poder llegar a casa en uno de estos chismes cuando se levantó el edificio. Esto hacía que la estructura fuese algo vieja: sus paredes, sus espejos y su cuadro de botones tenían más de cincuenta años. Lo que más me llamaba la atención de este último detalle era el correspondiente al garaje. Había un botón para cada piso, excepto para el sótano, en cuyo lugar había una cerradura. Todos los vecinos teníamos copia de la llave. El motivo era, según los constructores, evitar que el cálido garaje se llenase de mendigos por las noches.
Miré aquella cerradura con curiosidad. Aquella vieja cerradura. Entonces, una idea se me pasó por la cabeza. En lugar de pulsar el botón del quinto piso, eché mano al manojo de llaves que había en mi bolsillo e introduje la llave correspondiente. Para acceder al sótano, había que girar la llave hacia la izquierda, pero, ¿qué ocurriría si la giraba hacia la derecha?
Hice la prueba. Nada. La cerradura hacía tope, como era de esperar. Cabezota de mí, volví a intentarlo, girando con más fuerza. Con mucha más fuerza.
En ese momento, de forma inesperada, la cerradura cedió, poniendo el ascensor en marcha. Sorprendido ante aquello, fijé los ojos en el indicador luminoso. Mientras el ascensor descendía, aquél paso de mostrar un 0 a mostrar un -1. Pero, llegado a este piso, el ascensor no se detuvo.
Durante casi un minuto, el trasto continuó bajando, traqueteando y rugiendo como de costumbre. El indicador luminoso mostraba dos guiones intermitentes. Entonces, de repente, el ascensor se detuvo y su puerta se abrió.
Ante mis ojos se extendía un largo y estrecho pasillo, apenas más ancho que el propio ascensor. La iluminación procedente del interior de éste no bastaba para iluminar aquel pasillo, que era engullido por una tenebrosa oscuridad, y no se apreciaban escaleras que llegasen allí desde un piso superior.
-¿Hola? Mi voz retumbó por las paredes y desapareció en el oscuro espacio.
A pesar de que la situación me imponía algo de respeto, la curiosidad ante el nuevo sótano recién descubierto pudo más. Decidido a investigar aquel lugar, encendí mi mechero y abandoné la protectora luz del ascensor.
Me giré por un momento, y vi que, en aquella planta, no había botón para llamar al ascensor, sino una cerradura. Mosqueado, continué avanzando hacia la oscuridad.
El ambiente era denso y húmedo, acompañado de una ligera fetidez. A unos veinte metros, el pasillo torcía hacia la derecha, desembocando en una galería a la que daban varias puertas, como en las cárceles que salen en las películas. Algunas puertas estaban cerradas y otras abiertas, y el suelo estaba lleno de polvo, cristales rotos y otros objetos.
La mugre que invadía el lugar me disuadió de palpar la pared en busca de interruptores de luz, por lo que confié en la pequeña llama que portaba en mi mano. Al internarme en la galería, me agaché y acerqué mi mechero al suelo para examinar con más detalle qué eran aquellos pequeños bultos que pisaba irremediablemente a cada paso. Descubrí jeringuillas, trozos de probetas, piezas de rompecabezas infantiles, muñecas… Aquello resultaba de lo más tétrico. Me incorporé nuevamente, disponiéndome a analizar las pequeñas dependencias que rodeaban la galería.
Uno de los detalles que percibí fue la falta de ventilación o iluminación exterior. Aunque era noche cerrada, no había rastro de salidas al exterior por las que se colase la luz de las farolas, ni ninguna corriente de aire que hiciese vibrar a la llama de mi mechero. Aquel era un lugar completamente cerrado, y a saber a cuántos metros bajo tierra me encontraba en aquel momento.
Recorrí varias de las salitas, y vi que todas tenían elementos en común: pequeños, anticuados y oxidados camastros, mesitas y sillas. Y material médico. El lugar estaba infestado de gasas, correas, pastillas desperdigadas por el suelo… Aquello parecía un hospital en miniatura. Un hospital antiguo y fantasmagórico, detenido en una época pasada, en el que la acumulación de polvo es el único indicador del paso del tiempo.
Aún me arrepiento de entrar en una de aquellas dependencias. La luz del mechero mostraba, sobre el mugriento colchón, un bulto del tamaño de un ser humano, envuelto en ropa de hospital. Me acerqué sigilosamente, temiendo lo peor, y arrimé el mechero al gran objeto.
El aumento de luz mostró una escena horripilante: rodeado de heces y manchas de orina, se mostraba ante mí un cadaver humano en posición fetal que me daba la espalda. El hedor era insoportable. Reprimí una arcada mientras permanecía en cuclillas, ante aquella dantesca escena.
De repente, el terror invadió mi cuerpo. Aquel cuerpo se giró de forma brusca y, lo que en principio había clasificado como “humano”, mostró ser algo diferente, indefinido e indescriptible.
El cuerpo de aquel ser estaba cubierto de llagas y heridas; en lugar manos y pies, sus extremidades se encontraban rematadas por muñones violáceos, y extrañas deformidades y bultos recorrían su tronco, dándole un aspecto monstruoso.
Pero lo peor era su rostro: sus ojos, grandes e inyectados en sangre, estaban protegidos por unos párpados abultados y sin pestañas. En lugar de pelo, su cabeza poseía infinidad de cicatrices y grapas que partían desde sus pobladas cejas y sienes y se perdían hacia su nuca. Sus orejas, irregulares y enormes, no mostraban pliegue alguno, dotando al ser de un aspecto simiesco. Tampoco poseía nariz, y de sus orificios nasales surgían dos hilos de sangre reseca. Rematando aquel cuadro tan desagradable, se encontraba su “boca”: un orificio de comisuras agrietadas, sin labios, de cuyo interior carente de dientes y lengua, provenía el peor olor a podrido que he percibido en mi vida.
Sus ojos se fijaron en los míos, y de su garganta surgió un bramido gutural, ronco y a la vez potente.
Grité. Grité con todas mis fuerzas y mi voz se entremezcló con la del mostruo. Teniendo en cuenta la postura en la que me encontraba, caí de espaldas sobre el mugriento suelo, y el mechero se escapó de mi mano, dejando el lugar en la más absoluta oscuridad.
Mientras palpaba el suelo en busca del mechero, oí cómo crujían los muelles del colchón y, antes de que pudiese reaccionar, aquel despojo se me echó encima, lanzando una vez más su aterrador alarido. Sentí su aliento contra mi rostro, mientras apestosa saliva caía sobre mi frente, y un escalofrío me recorría de arriba abajo. Cejé en mi empeño de hacerme con el mechero y pataleé con todas mis fuerzas, tratando de zafarme del horripilante ser.
Me arrastré unos metros hacia atrás, me levanté y salí de la estancia, a oscuras, tratando de recordar la disposición de aquella planta, temiendo tropezar o dar de bruces con alguna de las paredes. Mientras huía en dirección al ascensor, pude oir cómo aquello se arrastraba entre los cristales rotos del suelo, siguiendo mis pasos. Llegué al pasillo y sentí que volvía a la vida cuando me invadió la luz encendida del ascensor abierto. Entré, pulsé el botón del quinto piso y, lleno de impaciencia y pavor, esperé a que la puerta se cerrase y el ascensor se pusiese en marcha.
Sin embargo, el aparato no obedecía mis órdenes. Aunque el botón del quinto piso estaba encendido, la puerta no se cerraba. Y el crujir de cristales se oía cada vez más cerca.
Me di media vuelta. Ante mí, el pasillo se extendía una vez más, engullendo la luz del ascensor. Sin embargo, ahora no sentía curiosidad ante aquella escena. Sentía verdadero horror. Quería huir de allí. Y el ascensor no se movía.
De repende, se hizo el silencio. Estaba tan aterrorizado que todos mis músculos se agarrotaron. En ese momento, el ser surgió del pasillo oscuro, arrastrándose con una velocidad y una pericia insólitas. Venía hacia mí, mientras gruñia, jadeaba y chillaba como ninguna criatura conocida. Apreté repetidamente el botón del quinto piso, con pulso tembloroso, mientras el miedo me hacía llorar y la criatura se aproximaba rápidamente. Cuando estaba a punto de entrar en el ascensor, agité mi pierna ante él, lo que le hizo retroceder atemorizado, sin que apartase la vista de mis ojos en ningún momento. En ese instante, las puertas se cerraron y el ascensor comenzó su ascenso.
Fijé la vista en el indicador luminoso: los dos guiones parpadeantes dieron paso a un -1, luego a un 0, un 1, etcétera. Algo más calmado, me miré en el espejo y fui consciente de mi aspecto. Mi rostro estaba cubierto de una mezcla de baba y mucosa sanguinolenta, mezclada con mis propias lágrimas. Cuando quise pasar el dorso de la mano por mi frente, descubrí que mis ensangrentadas palmas estaban llenas de cristales rotos, y comencé a sentir su dolor; minutos antes, en aquel segundo sótano, el miedo no me había permitido ser consciente de cómo se habían clavado en mi piel.
Llegué a casa y entré corriendo al baño. Los recientes recuerdos de todo lo que había ocurrido allí abajo se agolparon en mi mente, y no pude evitar arrodillarme ante el váter y vomitar la cena. Me di una ducha más larga de lo habitual, aún invadido por el asco, curé las heridas de mis manos, y esperé a que llegase el día, incapaz de dormir.
A la mañana siguiente, cuando la luz del día se llevó todos mis miedos, llamé a un amigo que vivía en uno de los edificios cercanos. Dicho edificio era similar al mío: construido en la misma época, con la misma planta, y con un ascensor exactamente similar. Tras contarle la historia y soportar sus burlas, me aseguró que haría la prueba en su ascensor, y que me llamaría para contarme qué había ocurrido en su caso.
Esperé su llamada intranquilo y, a los pocos minutos, sonó el teléfono. Era él, y su voz sonaba entrecortada y temblorosa. Bajo su casa también había un segundo sótano, húmedo y maloliente. Sin embargo, él no se había atrevido a adentrarse, y no tenía intención de hacerlo.
-No pienso volver a coger ese ascensor en mi puta vida. Eso fue lo que me dijo. Y la verdad es que su opinión coincidía al cien por cien con la mía.
A pesar de nuestros temores, nos decidimos a investigar sobre el asunto. Así, dimos con el que fue por aquel entonces presidente de la constructora encargada de levantar los edificios; hoy en día un ajado anciano con un pie en el cementerio. Tras varias reticencias, nos explicó el por qué de aquellos sótanos secretos: en 1966, la recién inaugurada central nuclear de Zorita, en Guadalajara, había sufrido una grave fuga en uno de sus reactores, provocando una nube radiactiva que se extendió por los pueblos de los alrededores. El régimen franquista no podía permitir que la opinión pública tuviese noticia de un fallo en su primera instalación nuclear, por lo que contactó con las parejas jóvenes del lugar, ofreciéndoles trasladarse a Madrid, a los inmuebles en los que mi amigo y yo vivíamos, pues a pocos metros se encontraba un hospital que podría seguir la evolución de dichas parejas y los hijos que pudiesen tener en el futuro. Para disimular aún más la situación, vendieron algunas de las viviendas a gente corriente que no tenía nada que ver con el incidente (como mis padres, o los padres de mi amigo, por ejemplo).
Sin embargo, la intención del régimen era muy distinta: conocedores de las secuelas que la nube radiactiva tendría en esta gente, vigilaron cada nuevo embarazo que se produjo entre ellos, supervisando su evolución y haciendo “desaparecer” a todos aquellos recién nacidos que sufriesen graves malformaciones.
Aprovechaban la tranquilidad de la noche, para, haciéndose pasar por encargados de mudanzas, llevar a los bebés a su nuevo “hogar”. Aquellos sótanos, por otra parte, eran el lugar perfecto para realizar investigaciones sobre los niños, pues nadie sabía de su existencia. El propio mecanismo de los ascensores se había mantenido en secreto, recayendo la tarea de llevar a cabo revisiones y reparaciones entre técnicos elegidos por el propio régimen; y una trampilla que sólo se abría cuando el ascensor sobrepasaba el garaje, ocultaba el segundo sótano a quien hubiese podido asomarse al hueco.
Sin embargo, tras la muerte del dictador Francisco Franco, se canceló aquel proyecto. Tratando de arrojar tierra sobre el asunto, los sujetos en experimentación fueron sacrificados, y toda documentación relativa al proyecto fue destruida. Casi todos los cabos quedaron atados.
-¿Cómo que casi todos los cabos? Preguntamos mi amigo y yo a aquel hombre.
-Sí -dijo él-. Resulta que, una vez, aprovechando el revuelo de los últimos días, mientras todo el mundo corría arriba y abajo tratando de hacer desaparecer pruebas y evidencias, uno de los niños desapareció sin dejar rastro, y nadie más volvió a saber de él.
Mi amigo y yo nos miramos, aterrados. Nos despedimos del viejo y volvimos a nuestras casas.
Y desde entonces, no he vuelto a subirme a un ascensor. Y, por si a alguien le interesa, vendo mi casa. Es un quinto piso, muy luminoso. Y, además, tiene ascensor y garaje.

Autor: Chara
Tomado de: http://creepypastas.com/el-ascensor-3.html