jueves, 19 de noviembre de 2015

The Rake (El Rastrillo)

Nota: Esta es una versión resumida de la historia original.
Hace tres años, acababa de regresar de un viaje a las Cataratas del Niágara con mi familia por el 4 de julio. Estábamos exhaustos luego de conducir todo el día, así que pusimos a los niños en la cama y nos fuimos a dormir.
A las 4 de la madrugada me desperté con la idea de que mi esposo había ido al baño. Aproveché para jalar las sábanas, despertándolo en el proceso. Me disculpé y le dije que pensé que se había levantado de la cama. Cuando me vio, suspiró y retiró sus pies de la orilla de la cama tan rápido que su rodilla casi me tiró. Me agarró y no dijo nada.
Luego de ajustar mi vista a la oscuridad por medio segundo, fui capaz de distinguir qué causó la reacción. Al pie de la cama, sentado y viéndonos de lejos, había lo que pensé era un hombre desnudo, o un gran perro sin pelo de algún tipo. Su posición era perturbadora y no natural, como si hubiese sido arrollado por un auto. Por alguna razón no sentí miedo, sino preocupación por su condición. Hasta ese momento, estaba bajo la asunción de que debíamos ayudarlo.
Mi esposo estaba viendo sobre su brazo y la rodilla, doblado en posición fetal, ocasionalmente viéndome antes de regresar la mirada a la criatura.
En un movimiento veloz se arrastró hacia nosotros, a un lado de la cama, hasta quedar a poco menos de 30 cm. del rostro de mi esposo. Por medio minuto, en silencio, sólo le observó.
Se levantó y corrió al pasillo en dirección a los cuartos de los niños. Grité y fui tras él para detenerlo y evitar que los hiriera. Cuando llegué al pasillo, la tenue iluminación era suficiente como para verlo agachado y jorobado a unos 6 metros a la distancia. Estaba cubierto de sangre y tenía a Clara, mi hija. La arrojó bruscamente y huyó por las escaleras cuando mi esposo le disparó con su arma desde la habitación.
Una gran herida atravesaba el pecho de Clara y con esfuerzo se mantenía consciente. Llamamos por una ambulancia e inútilmente tratamos de detener el sangrado, mi esposo maldecía iracundo y lloraba descontrolado. Presenciar la vida de mi hija terminar me tenía paralizada y escuchar los lamentos de su hermano menor ante la situación fue insoportable. Sin darme mucha oportunidad de reaccionar mi esposo tomó a Clara y la llevó a la camioneta, desesperado por la ausencia de ayuda la encaminó él mismo al hospital. Estoy segura de haberla escuchado decir “Él es el Rastrillo” en una débil y esforzada voz previo a que dejara la habitación.
Impactaron violentamente contra un camión de carga que frecuentaba la ruta de nuestro pueblo, murieron casi instantáneamente.
En pocos días la noticia se movilizó entre los medios. La policía ayudó un poco al principio, y el diario local tomó mucho interés en ello. Pero nada jamás fue publicado, y la nota en las noticias locales nunca tuvo seguimiento.
Por varios meses, mi hijo Justin y yo nos quedamos en un hotel cercano a casa de mis padres. Después de que decidimos regresar a casa, comencé a buscar respuestas por mí misma. Eventualmente encontré a un hombre en otra ciudad vecina que tuvo una historia similar. Entramos en contacto y comenzamos a hablar de lo ocurrido. Conocía a otras dos personas que habían visto a la criatura que ahora llamaremos El Rastrillo, en Nueva York.
Nos tomó a los cuatro casi dos años de buscar en internet y escribir cartas para obtener una pequeña colección de lo que creíamos que eran registros del Rastrillo. Ninguno dio detalles, historia o seguimiento. Una jornada involucraba a la criatura en sus primeras 3 páginas, y nunca mencionada de nuevo. El diario de un marinero no explicaba nada del encuentro, diciendo que el Rastrillo le ordenó largarse del puerto en el que recientemente había desembarcado. Fue la última entrada del diario.
Eran varias las instancias en que la visita de la criatura era una en una serie de visitas a la misma persona. Muchos daban registro de que el Rastrillo les habló, mi hija incluida en esos testigos. Esto nos llevó a preguntarnos si el Rastrillo nos había visitado anteriormente antes del último encuentro.
Puse una grabadora digital cerca a mi cama y la dejé corriendo por toda la noche, cada noche, por dos semanas. Oía con interés los sonidos cada día que me despertaba. Para terminar con la segunda semana, estaba acostumbrada al sonido usual del sueño mientras oía el audio a 8 veces la velocidad normal, por cerca de una hora diaria.
Casi a finales del primer mes oí algo diferente. Una voz aguda, estridente. Era el Rastrillo. No pude escucharlo lo suficiente como para transcribirlo. No había dejado que nadie lo oyera. Todo lo que sé, es que lo oí antes, y ahora sé que habló cuando estaba sentado frente a mi esposo. No recuerdo haberlo oído en ese momento, pero, por alguna razón, la voz en la grabadora inmediatamente me lleva de vuelta a ese momento.
Los pensamientos que debieron pasar por la mente de mi hija me hicieron enojar.
No he visto al Rastrillo desde que arruinó mi vida, pero sé que ha estado en mi habitación mientras dormía. Sé y temo que un día despertaré para verlo de pie, con su mirada vacía puesta sobre mí.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Eyeless Jack

Hola. Mi nombre es Mitch. Estoy aquí para contarles a ustedes acerca de una experiencia que tuve sobre los fenómenos sobrenaturales esos que la gente cuenta, yo no me creía esas pamplinas, hasta que un día eso… me visitó, y a partir de ahora si me creo toda esa basura paranormal. 

Una semana después me fui a vivir con mi hermano, Edwin. Después de que mi casa fuera a ser embargada, terminé de desempaquetar. A Edwin le gustaba la idea de mi mudanza, ya que no nos habíamos visto desde hace 10 años, así que estaba muy emocionado. Pronto me quedé dormido y al día siguiente me mudé. 

Después de la primera semana, oí ruidos susurrantes que venían de fuera a la una de la mañana. Me pareció que era un mapache, por lo que no hice caso y traté de conciliar el sueño. A la mañana siguiente, le hable a Edwin sobre lo que vi, y él estuvo de acuerdo. La noche siguiente, sin embargo, me pareció oír mi ventana abrirse de un fuerte golpe, como si algo hubiera entrado en mi habitación. Miré hacia arriba y alrededor de mi habitación, pero no vi nada. 

A la mañana siguiente, Edwin tiró la taza de café al suelo cuando me vio. Luego me acerco un espejo para poder verme.Tenía una gran herida en la mejilla izquierda. 

Después fui trasladado a urgencia al hospital, mi doctor me dijo que debió haber sido cosa del sonambulismo, pero luego me mostró algo que hizo que mi sangre se volviera fría de repente. Él levantó mi camisa y pude ver que tenía una raja cosida con puntos, en la parte donde se deberían encontrar mis riñones. 

- De alguna manera perdiste tu riñón izquierdo anoche. No sabemos cómo, lo siento mucho, Mitch- dijo mi médico. 
La noche siguiente, alrededor de la medianoche, me desperté y vi un espectáculo verdaderamente horrible. 

Me estaba mirando cara a cara con una criatura con sudadera, capucha negra y una máscara azul oscura, no tenía nariz ni boca pero estaba mirando hacia mí. Lo que más me asustó fue que no tenía ojos, solo se veían unos huecos vacíos de los cuales goteaba sustancia negra. 

Agarré la cámara que estaba cerca de la chimenea y tomé una foto. Después la criatura se abalanzó sobre mí y trató de abrir mi pecho con sus garras para llegar a mis pulmones. Me puse a darle patadas en la cara, luego me fui de la habitación, cogí mi cartera y salí corriendo de la casa de mi hermano. Finalmente llegué a un bosque donde tropecé con una roca y caí inconsciente. Cuando desperté en el hospital, mi médico entró en la habitación. 

- Tengo buenas noticias y malas noticias, Mitch, la buena noticia es que tus heridas no son graves, y que tus padres te van a acoger.- Suspiré con alivio.-La mala noticia es que su hermano ha sido asesinado por algo, y no se sabe el que a podido ser… lo siento. 

Mis padres me llevaron a la casa de Edwin para recoger mis pertenencias restantes, lo cual hice. Al entrar en mi habitación, me asusté, pero luego conseguí calmarme. Agarré mi cámara y luego me detuve en seco. En el pasillo que conduce a mi habitación, vi el cuerpo de Edwin y algo pequeño que yacía junto a él. Recogí ese pequeño objeto y entré en el coche de mi padre, sin mencionar palabra sobre el cadáver de Edwin. Miré lo que había recogido y casi vomitó, se trataba del riñón que me habían robado y estaba mordido por alguien o algo y manchado de un líquido negro. 

Ahora viene el origen de esta criatura sin ojos: 

Jack era un adolescente que trabajaba en un periódico local. Un día su jefe hizo un anuncio de que Estados Unidos había entrado en La Segunda Guerra Mundial, y Jack al ser estadounidense se dignó a inscribirse en el ejército para luchar por su país. 

Al poco tiempo se hizo amigo de un inglés llamado Luis, el que también se había alistado allí, ya que su pueblo fue atacado y tenía la necesidad de defenderlo. Jack y Luis se hicieron mejores amigos, y todos lo demás soldados empezaron a llevarse muy bien, hasta se llegaron a llamarse entre ellos hermanos. 

Jack y Luis estaban a punto de lanzarse hacia las líneas enemigas, pero al final resulto que el lado enemigo se movió antes que ellos. Gas venenoso fue arrojado alrededor de la base, provocando a Jack que se quedara ciego. Durante el alboroto, Luis recibió un disparo. 

Ambos fueron enviados a un hospital a unos pocos kilómetros de distancia. Mientras en el hospital, Jack empezó a llorar por el dolor que sus ojos le estaban causando, por lo que los médicos tomaron una medida drástica y le quitaron los ojos. 

Aun estando ciego, Jack se negaba a abandonar a su preciado amigo. Luis estaba siendo atendido por una enfermera llamada Betsy, quién nació en Estados Unidos, se trasladó a Noruega, y fue a ayudar a los soldados heridos de enfermera. Pero desafortunadamente, un día después de esto, la enfermera no pudo sálvale la vida, Luis agarró la mano de Jack pero unos minutos después se soltó, y dio su último aliento en esa cama, como si se fuera a dormir. 

Jack quería llorar, pero ya no tenía ojos para poder hacerlo, así que se mordió el labio hasta el punto de que le empezara a sangrar. Luego los médicos apartaron el cuerpo de su amigo y lo llevaron a enterrar, Jack se quedo durmiendo en esa habitación durante unos 3 días. 

Al día siguiente el médico le leyó un telegrama de Betsy, diciendo a donde habían enterrado los cuerpos de los soldados muertos, Jack fue allí y encontró el lugar donde fue sepultado Luis, y Jack se despidió y besó la tierra donde estaba enterrado su amigo. Y luego se fue a su casa en Estados Unidos. 

Pero sólo más tristeza le esperaba allí. Cuando llegó, su madre lo recibió con lágrimas al ver que él ya no tenía ojos, luego Jack le preguntó si algo más había ocurrido para que estuviera así siendo, ella normalmente tan alegre y llena de tanta energía, entonces ella dijo que Marcos, el hermano de Jack, quien trabajaba en una fábrica había muerto a causa de unas partículas que había impregnadas en el aire. Jack quiso llorar por la pérdida de su hermano, pero y una semana más tarde lamentó la pérdida de su madre, que se dice que probablemente murió por ese gran tristeza. 
Jack se había quedado solo, ya que su padre murió de tuberculosis cuando él solo tenía cinco años. Y ahora Luis, Marcos y su madre también habían muerto. No había nadie allí para guiar a este hombre ciego, para consolarlo, le ofrecían comida, agua o refugio e incluso alto tan pequeño como un cariñoso abrazo. 

Una noche, Jack caminó alrededor de su antigua habitación hasta que llegó a un viejo escritorio de madera donde guardaba un arma, estaba cargada y lista para disparar, por si en algún momento entraba un ladrón y tratara de hacerle daño a él o a su madre. Pero ya ella se había ido, solo había un uso para ese arma ahora, Jack abrió la boca, y apuntó con la pistola en la garganta y apretó el gatillo. 

Sus cuerdas vocales y la tráquea fueron destrozadas en un milisegundo. Su cuerpo sin vida calló al suelo, pero para su sorpresa, se encontró aún de pie. El destello repentino de los disparos, le habían provocado algo en su mente que le hizo olvidar todo lo que le había ocurrido antes de su muerte. Estaba confundido en cuanto a por qué lo había hecho. Incapaz de escapar, se quedó en la casa esperando una respuesta, hasta que al ver las fotografías de la Segunda Guerra Mundial, de los soldados y lo demás, le hizo recordar todo de nuevo. 

Desde ese día aquel fantasma sin voz ni ojos, ronda por ahí intentando calmar su tristeza de algún modo u otro.


Levitación

Morris Hobster fue mi mejor amigo por aquellos años en los que la sociedad condenaba estoicamente la actitud tan impetuosa y dinámica de la juventud. No puedo decir que éramos rebeldes, porque no era así: simplemente, teníamos otras ideologías más profundas y el bello don de la curiosidad.
Es que así éramos Morris y yo: nos encantaba experimentar cosas nuevas como a cualquier joven de nuestra etapa. Era normal que todos se comportasen así, ¿no? La verdad es que nunca pude comprender por qué nuestros padres y demás familiares se escandalizaban ante nuestras filosofías, actos y cuestiones. En realidad nos daba igual lo que creyeran acerca de nuestra mentalidad tan abierta e ilimitada, siempre dispuesta a conocer más cosas sobre la realidad que nos rodeaba. Y es que mi amigo y yo éramos de aquellos que gustaban de buscar nuevas expectativas y definiciones de la existencia que llevábamos, leyendo por aquí, tomando fotos por acá, y luego compartiéndolas entre los dos; sacábamos conclusiones desde nuestro punto de vista y más tarde buscábamos información sobre los resultados a los que habíamos llegado. Definitivamente, no me puedo quejar de mi juventud, pues disfruté tanto como jamás lo he hecho.
Si existía una palabra para definir la ideología de Hobster, ésa era extraordinaria. Ni yo poseía tal habilidad para concebir las costumbres cotidianas como un mero escudo ante lo desconocido, ante aquello que el ser humano siempre temió. Él mencionaba constantemente en sus pláticas que el hombre no tenía la más mínima idea de lo que había más allá de sus actos, y que siempre estaba buscando la forma de evadir su decadente e inevitable destino. Sencillamente, Morris era de aquellos jóvenes que, si se lo hubiera propuesto, habría llegado a la cima más encumbrada entre los sabios del mundo. Debo admitir que me sentía muy bien a su lado, pues era el único que lograba comprender mi concepción de la vida e incluso compartíamos puntos de vista iguales que, de no haber sido porque no compartíamos ningún parentesco familiar, podría haber jurado que ese chico era mi «gemelo ideológico», por así decirlo.
Sin embargo, el tiempo, maldito verdugo que inevitablemente te obliga a enlazarte con tu inverosímil destino, quiso que ambos nos separásemos y mi amigo se mudó junto con su familia a otra ciudad. Cuando él fue a comunicarme la desagradable noticia, no pude contener la agonía que estaba experimentando en mis adentros, y juntos nos despedimos con muchas lágrimas; lo que más me dolió de aquel aviso fue que claramente sentí cómo se desgarraba una parte de mi ser y era extraída por algún ser desconocido que deseaba ver mi sufrimiento. No puedo describir con otras palabras lo que padecí en aquel instante en el que mi destino estaba por cambiar, quizá para siempre, o tal vez era sólo una prueba de valor para ambos; pero todavía hoy me pregunto qué había que comprobar con esa separación. Actualmente, mi ilimitada imaginación me permite hacer una especulación sobre aquella circunstancia que decidió todo por nosotros. Tal vez la vida nos vio como una amenaza, algo que podía romper su cuidadosa y bien estructurada coreografía de falsedad y egoísmo. Siendo así, no había lugar para nosotros en este mundo.
Aún recuerdo bien esa sombría tarde en que lo vi irse: su cara transmitía una serenidad impresionante, aunque yo sabía perfectamente que aquello era una máscara que estaba usando para evitar mostrar su dolor ante su familia, la cual era muy severa y conservadora. Su caso familiar no era la excepción por aquellos tiempos: muchos jóvenes de nuestra edad pasaban por la misma experiencia, incluso yo lo vivía; aquel que no tuviera unos padres así podía considerarse afortunado, muy afortunado. Tengo bien plasmada en mi memoria su cara al momento en que el carro encendió con todo aquel maletero encima, casi marcada a fuego su expresión: me estaba comunicando con la mirada que ni la misma distancia nos separaría, y que algún día, en un futuro no muy lejano, volveríamos a vernos. Yo entendí su silencioso lenguaje, y con el mismo idioma le dije que así sería, y que tarde o temprano, estaríamos juntos de nuevo para descubrir más cosas.
Las cosas continuaron su marcha normal, desde el punto de vista de la sociedad que me rodeaba, claro. Pero desde que Hobster se fue, supe que mi vida, a pesar de su creciente monotonía, ya no sería la misma. Me resultaba imposible el concordar con los adultos, quienes aseguraban que las amistades de juventud eran fácilmente olvidadas, y los jóvenes de mi ciudad me daban los ánimos que necesitaba para afrontar a esa terrible ideología a la que llamaban madurez adulta.
¡Qué grande fue mi alegría cuando recibí una carta de Morris! Recuerdo que mi padre acababa de llegar de su trabajo, y siempre tenía por costumbre revisar el buzón antes de llegar a casa. Escuché sus pasos subiendo las escaleras y supuse que pasaría de largo por mi cuarto sin saludarme, como siempre lo hacía; me sorprendió sobremanera que tocara la puerta de mi habitación, pero después comprendí que sólo lo había hecho porque entre las cartas que llegaron, había una para mí. Tengo que admitir que me extrañó demasiado que me enviaran algo, pero así era, mi padre me entregó el sobre y salió de mi cuarto. Me quedé observando la carta por un tiempo: ¡quien me la había escrito era Morris! Imaginen mi emoción cuando la comencé a abrir y descubrí, con total alegría, la pequeña pero fina letra de mi mejor amigo. Sin más tiempo que perder, comencé a leerla:
«Mi muy apreciable e incomparable amigo Randolph Gordon:
No puedo concebir la emoción de este momento en el cual estoy redactando estas líneas, me siento feliz de poder escribirte por primera vez luego de que fuese forzado por mi familia a abandonar el lugar donde pasé los mejores momentos de mi vida, con el amigo que jamás podré olvidar. Te parecerá increíble, pero desde que estoy acá, no logro adaptarme a mi nueva forma de vida: la ciudad en la que vivo ahora es mucho más caótica que la tuya, los jóvenes se apegan ciegamente a las enseñanzas de los adultos y, por desgracia, no ejercen su libre albedrío como debería ser; si los adultos de mi anterior pueblo eran severos y conservadores, estos van más allá de esas erróneas y estúpidas ideologías. No puedes imaginarte la felicidad de mis padres al saber que sus vecinos tienen un hijo “bien educado” que nunca pone en duda la autoridad de sus mayores y que es obediente. Sólo puedo pensar en la debilidad de pensamiento que posee ese pobre muchacho, y no lo culpo, la verdad no puedo hacerlo porque el ambiente en que ha crecido lo moldeó así y así se quedará para su eterna desgracia. Por otro lado, mi familia a cada momento menciona que cuánto hubieran dado porque yo creciera desde un principio en esta maldita ciudad, y están diciéndomelo a cada momento del día. En la escuela soy visto como el “rebelde sin causa” y he tenido choques de personalidad con todos los profesores, incluso con la directora; me han llamado varias veces la atención por defender mis justos derechos y cada vez que me pongo en contra de los pensamientos tan cerrados de mis maestros, mis padres son citados para conversar con ellos, y los exhortan a que me pongan en mi lugar o alguien más lo hará un día. Ellos, como siempre lo has sabido y es costumbre del lugar donde estás, dicen que se avergüenzan de mí; que debería aprender a comportarme como el hombre que soy y que definitivamente tendrán que enseñarme a levitar. No entiendo a qué se refieren con eso, pero sospecho que no es nada bueno. Randolph, sé que te sonará ridículo, porque jamás me escuchaste mencionar algo similar cuando estábamos juntos, pero por primera vez en mi vida tengo miedo, miedo hacia el destino que me depara con esta putrefacta sociedad. ¿De qué tengo pavor? Del modo de ver las cosas de los adultos: son tan ambiguos que se puede esperar cualquier cosa de ellos. Me decidí a escribirte esta carta a escondidas de mis padres, bien sabes que ellos nunca te vieron con buenos ojos porque eres igual a mí en pensamiento, del mismo modo en que tus padres me veían mal a mí. Supongo que algunos patrones de conducta siempre permanecen, y ése es el caso de nuestras familias, ¿no lo crees? Tengo deseos de que vengas a visitarme, quiero verte: no sabes el terror que vivo día con día al saber que la juventud de este lugar en realidad no existe, sólo son adultos en proceso de madurez; me aterra ver que nadie piensa por sí mismo y se apegan como un perro a su dueño a las ideas de los mayores, es simplemente macabro. ¿Hacia dónde va este decadente sistema? No tengo la menor idea, pero he decidido que en cuanto tenga mayoría de edad, me iré de este enfermizo lugar que no hace otra cosa más que reprimirme demasiado. Sé que te veré pronto porque responderás a mi llamado, sabiendo que tú tienes más posibilidades de venir a verme, y tienes conciencia de ello.
Junto con esta carta he anexado un mapa de mi ciudad actual, en él realicé unas señalizaciones para que encuentres mi casa; en el dorso se encuentra mi dirección completa, junto con instrucciones precisas para que no te equivoques de domicilio. Si hago todo esto es porque me urge verte, necesito hablar con una persona que me entienda y me ayude a soportar esta situación. Creo que empiezas a comprender cómo me siento, después de todo, admiro tu habilidad para ser empático, cosa que aquí nadie posee. Amigo mío, quisiera comunicarte más cosas por este medio, pero entiendo que las palabras que deseo compartir contigo no podrían ser escritas. Espero tu próxima venida y recuerda que siempre contarás con un amigo leal en la distancia y en la eternidad, así como yo sé que siempre estarás conmigo en las buenas y en las malas.
Tu mejor e incondicional amigo,
Morris Hobster».
Confieso que en un principio, la carta me llenó de mucha motivación y alegría, pero conforme me fui acercando a su desenlace, me sentí frustrado y a la vez preocupado: no sabía la difícil situación que estaba viviendo Morris, ¡y yo que pensaba que mi vida era terrible! Sin pensármelo dos veces, empecé a idear un plan para que mis padres me llevaran a visitar a mi amigo; les diría que en la carta que me envió me comunicaba que estaba enfermo y que el médico le había recomendado absoluto reposo, por lo cual me escribió y me solicitaba que le llevase algunos libros para su entretenimiento mientras permanecía en cama. Con aquella estrategia en mente, me dirigí al cuarto de mis padres y les dije sobre la supuesta enfermedad que tenía mi amigo, les rogué que fuéramos a verlo y, sorpresivamente, ellos accedieron sin que les insistiera demasiado. Me comentaron que primero tendrían que pedir permiso en el trabajo de mi padre y en mi escuela para ausentarnos, asunto que resolverían al día siguiente. Yo estaba que no cabía en mí de la emoción: ¡iría a ver a Morris después de tanto tiempo!
Al tercer día nos encontrábamos empacando algunas maletas para quedarnos unos días con la familia Hobster, pues mis padres consideraban que resultaría interesante relacionarse más con los progenitores de mi amigo. Salimos rumbo a la ciudad donde Morris se había mudado junto con su familia, y con ayuda del mapa que me envió, logramos dar con la casa sin equivocarnos de dirección.
Mi corazón saltaba de la indescriptible felicidad que sentía al saber que de nuevo vería a mi gran amigo de toda la vida. Me bajé del auto casi al mismo tiempo que mi padre se estacionaba, corrí hacia la puerta de entrada mientras gritaba el nombre de Morris. La puerta se abrió mientras la señora Hobster me dedicaba una sonrisa que, hasta hoy, no dejo de considerar que poseía una pequeña sombra de felonía. Pregunté por mi amigo, y con el tono más dulce e hipócrita que había escuchado jamás, su madre me contestó que él estaba en su habitación levitando. No sé por qué, pero en ese momento sentí una terrible punzada en el pecho, sobre todo porque Morris me había mencionado que esa palabra acrecentaba su temor con respecto a sus padres y la forma en que ellos la concebían.
Le pregunté a la señora Hobster en dónde estaba el cuarto de mi amigo. Ella seguía manteniendo su falsa sonrisa mientras señalaba hacia las escaleras que conducían al segundo piso, al tiempo que mencionaba que Morris había estado sumamente inquieto por mi llegada, y que ahora se pondría feliz de verme. No había acabado de darme la información cuando corrí con mucha rapidez mientras ascendía hacia la segunda planta de la casa. Cuando llegué a la puerta que supuse que sería la de mi amigo, noté que estaba cerrada, así que toqué al mismo tiempo que le avisaba a Morris que ya había llegado.
Sólo escuché la voz del señor Hobster contestándome que pasara, pues mi amigo estaba en esos momentos muy ocupado levitando; otra vez escuché esa palabra que me retorcía las entrañas. Con mucha lentitud abrí la puerta, pues pensé que Morris estaba quizá reflexionando sobre algo o muy sumido en sus pensamientos para que no me contestase, y además, ¿qué hacía su padre con él en su habitación? Mis pensamientos fueron cortados de tajo mientras observaba, boquiabierto, algo que jamás creí que vería en la vida real: ahí, en medio del cuarto, estaba mi amigo ¡literalmente levitando, tal y como lo habían mencionado sus padres! No lo podía creer, no lo quería creer; empecé a entrar en un estado de shock mientras seguía mirando a mi amigo, en su rostro se dibujaba esa misma expresión que me había dedicado el día que se fue de mi ciudad: serenidad, una tranquilidad infinita y esa particular sonrisa suya que me dedicaba cuando decía que todo iba a salir bien. Continué viéndolo, realmente levitaba, pues sus pies no tocaban el suelo; era increíble, pero cierto.
Recuerdo que escuché decir a su padre que ahora Morris, gracias a la levitación, aprendería a comportarse como un joven de buenos modales y que sería un gran ejemplo para mí de ahora en adelante. La cara del señor Hobster expresaba alegría y orgullo: no podría estar más feliz de su hijo.
Desperté en el hospital general de la ciudad, rodeado de las preocupantes miradas de mis padres. Me dijeron que me había desmayado por la emoción de volver a ver a mi amigo, pero sabía que decían eso para tranquilizarme. Como sólo había sido un desvanecimiento temporal, el médico me dio de alta enseguida. En la sala de espera estaban los padres de mi amigo, felices que mi desmayo no hubiese pasado a mayores. Pregunté una y otra vez por Morris a sus progenitores, y ellos, con una gran sonrisa de satisfacción, sólo se limitaban a decirme que ahora él era un chico muy educado y obediente, y que debería estar orgulloso por ser amigo de un muchacho así. Yo simplemente no podía creerlo; me puse histérico y les grité enfrente de todos los que se encontraban ahí y de mis padres que estaban completamente locos, que su retorcida ideología no conocía límites y que no había ningún motivo para estar feliz por haberlo obligado a convertirse en lo que ahora era. Las personas del hospital se quedaron mirando conmocionados aquella escena, jamás habían visto a un joven alzarle la voz así a sus mayores. Mis padres estaban avergonzados por mi supuesto escándalo y me sacaron a rastras de aquel indiferente lugar; nadie hizo nada para defender mis ideas, nadie, y sé que nadie jamás lo hará, no en esa maldita y putrefacta ciudad.
Debido a mi «indecente» comportamiento, mis padres decidieron regresar a casa esa misma tarde, comunicándome que los padres de Morris no deseaban volver a verme, ya que me consideraban una mala influencia para su hijo. Yo sólo quería despedirme de él por última vez, y decirle que lamentaba no haber llegado antes para salvarlo de su levitación, ¡sólo quería eso! Sentí un terrible dolor en mi pecho mientras nos alejábamos de aquella fatídica y repugnante ciudad. Mis padres, completamente decepcionados de mi forma de expresarme ante los Hobster, me dijeron que también deberían aplicar conmigo esa técnica de la levitación, pues así aprendería a ser un chico correcto y bien portado. Recuerdo que en ese instante comencé a odiar enfermizamente a mis padres, tanto como aborrecía a los de mi mejor amigo.
El tiempo, en su marcha incansable, hizo que ya no le diera motivos a mis padres para que cumplieran aquella terrible amenaza que tenía por objetivo despojarme de mis ideales. En cuanto cumplí la mayoría de edad, abandoné la casa porque no soportaba vivir con aquellos dos seres tan aborrecibles. Me mudé a un pequeño poblado, lejos de mi antiguo hogar. Puedo decir que ahora llevo una vida tranquila, pero no feliz: el recuerdo de la sorprendente levitación de mi amigo me persigue a todos lados. La última vez que lo vi, su cara me volvía a decir que algún día estaríamos juntos para siempre, y jamás lo dudé. Creo en su palabra y siempre seguiré creyendo en ella, a pesar de que él ya no será nunca lo que alguna vez conocí. Pensándolo bien, yo tampoco quiero seguir siendo lo que soy ahora. He leído su carta muchas veces en mis tiempos de soledad para sentirme acompañado, y siempre se ha quedado marcada en mí, tal y como si fuese un tatuaje, aquella palabra que le dio un sentido nuevo a la vida de mi amigo y estaba por formar parte de la mía. Seguramente, si me vieran mis padres, estarían orgullosos de mí. Sin dilación, termino de escribir estas líneas para decirles a todos ustedes que la experiencia de la levitación me servirá para comprender por qué mi amigo tenía esa expresión en su rostro aquél día: era muy pacífica.
Sé que ninguno de ustedes comprenderá el motivo que me lleva a hacer esto, pero sólo quiero saber qué sintió mi amigo cuando su padre lo hizo levitar. Sin más demora, tomo una resistente soga y la amarro bien en el techo de mi casa, me aseguro de que esté bien atada y formo un nudo corredizo en su punta libre. Me colocaré ese lazo alrededor de mi cuello y entonces al fin estaré con mi amigo, al fin comprenderé a sus padres y al fin me sentiré libre para dejar este maldito mundo. Creo que por eso Morris estaba tan relajado mientras levitaba, ahora sentiré esa misma calidez que su familia le hizo sentir al convertirlo en un hombre de bien.
Levitaré, sí, para que mis pies jamás vuelvan a tocar este inmundo suelo…

lunes, 2 de noviembre de 2015

The Holders (Saga de los Portadores) 6-15

The Holder of Song (El Portador de la Canción)

En cualquier ciudad, en cualquier pueblo, ve a cualquier institución mental o centro de rehabilitación al que tengas acceso. Cuando llegues a la recepción, pide visitar aquella que se hace llamar “The Holder of Song”. Serás entonces guiado a una puerta solitaria que dirige hasta una larga y ventosa escalera. Rotará más alto que el tamaño del edificio; al final hay una puerta que abre paso a un corredor.
Una repentina ola de calor te envolverá al abrir la puerta. Procede bajando por el corredor; eventualmente sentirás mucho más frio. Entonces deberás permanecer perfectamente inmóvil y no hacer sonido alguno. Si oyes a un bebé llorando, voltéate y regresa. No te sobrevendrá ningún daño, pero el llanto del bebé te seguirá dondequiera que vayas. Si lo escuchas por el resto de tu vida, considérate afortunado; pues cuando se detenga, tu primogénito morirá.
Si no hay llanto y el calor regresa, procede hacia la puerta al final del corredor y ábrela. El cuarto delante estará bañado en luz verde. En el centro estará una anciana dando cuerda a una caja de música que no produce sonido. Ambas de sus piernas han sido cercenadas por las rodillas. Cuando le hables, debes verle a los ojos. Esconde una lanza confeccionada a partir de los huesos de sus piernas; desvía tu mirada, y te apuñalará con ella y te dejará, en una aparente interminable agonía, sangrando hasta morir. Sólo responderá a una pregunta “¿Cuál era la canción que ellos tocaban?”
La anciana comenzará a cantar. La canción estará en un lenguaje diferente, pero la melodía será la más hermosa que jamás hayas oído; paz y serenidad inundarán tu mente, cuerpo y alma. De pronto, sin aviso, podrás ver, en vívido detalle, la imagen de niños jugando y cantando despreocupados, tan inocentes como pueden ser. Pese a que la escena se ve serena y placentera, eventualmente tomará un terrible, siniestro giro. Los niños comenzarán a luchar entre sí. Pronto, ellos intentarán matarse unos a otros de las maneras más brutales imaginables. Ellos se clavarán entre sí en afilados postes de madera, se mutilarán con punzantes rocas, e incluso arrancarán la carne de sus cuerpos con sus meras manos. La imagen entonces mostrará a estos niños, ahora desfiguradas copias de sí mismos, esparciendo la muerte y destrucción más terrible que hayas imaginado. Verás a un niño desnudo, empapado en sangre, cantando con deleite mientras corre a través de un páramo infernal, siendo perseguido por monstruos indescriptibles. Ellos lo atraparán y destruirán completamente, con la canción todavía pronunciándose desde sus triturados labios hasta el final. A pesar de estas escenas de horror y brutalidad, permanecerás calmo y pacífico en todo momento; aunque no sabrás por qué.
Cuando estas terribles visiones terminen, un intenso dolor embestirá tu pecho. Tu corazón se sentirá como si estuviera a punto de explotar. Aún así, no debes romper el contacto visual con la anciana, el hacerlo invitaría a que tales horrores venga a ti que un corazón a explotando sería comparable al paraíso. Si te mantienes firme con tu mirada, el dolor eventualmente cesará. La mujer se pondrá de pie (aunque no sabrás como) y dejará la caja de música en tus manos.
La caja de música es el Objeto 6 de 538. Cuando su canción toque de nuevo, todos ellos volverán juntos.

The Holder of the Path (El Portador del Camino)

En cualquier ciudad, en cualquier pueblo, ve a cualquier institución mental o centro de rehabilitación al que tengas acceso. Cuando llegues a la recepción, pide visitar aquel que se hace llamar “The Holder of the Path”. El empleado hará su mejor intento para mantener una mirada de indiferencia en su rostro mientras te entrega una llave la cual, según explicará, pertenece a un cuarto de suministros descontinuado en el edificio; si sólo fuera así de simple. Cuando localices y abras la puerta correcta, encontrarás un estrecho y ventoso camino suspendido en un vacío interminable, sólo ocasionalmente interrumpido por las masivas siluetas de seres que es mejor no describir.
Caer del sendero es ser lanzado fuera de la realidad misma. Una eternidad de pesadillas de inconcebible terror le espera a cualquiera que caiga al vacío ya sea por su propio error, o por ser arrastrado del camino por las inmortales monstruosidades que residen en las afueras de la creación. Si alguna vez sientes como si estuvieras siendo observado mientras pasas a través de este tramo olvidado, lo mejor que puedes hacer es inmediatamente congelarte en el lugar y retener el aliento. Continúa así hasta que, o tu audiencia pierda interés en ti, o se aproximen reclamándote como suyo. Si ocurre lo último, siéntete libre de gritar tan fuerte como quieras, aunque tus gritos caerán en oídos sordos.
Eventualmente el paso acabará en una puerta; al abrirla encontrarás un pequeño y polvoriento cuarto. Apoyado contra la lejana pared estará un muy demacrado cuerpo; lo vestigios que restan de su piel han gravemente sido consumidos por la necrosis. No habrá nada más inusual con él a menos de que te le acerques y preguntes “¿Cómo adquirieron guardianes?”
Si dicha línea es pronunciada, el “cuerpo” comenzará a moverse. Una sutil luz roja emanará de las cuencas de sus ojos al instante que alce su cabeza y comience a relatar la larga y macabra historia de los Holders. Hablará de pactos profanos y atrocidades impronunciables. Conforme pasa el tiempo, su historia tocará cada forma de maldad conocida por el hombre o Dios (y luego algunas más). Además, si le es dado el nombre de cualquier Holder, revelará su historia y el significado del Objeto que protege.
Bueno, de casi todos los Holder. Verás, él nunca entrará en detalle sobre sí mismo. Esto es porque el espectro espera que el visitante no pregunte por qué pareciera que carece de un Objeto. A decir la verdad, su Objeto fue de alguna manera sellado en el interior de su cráneo, y el siniestro destello dentro de las cuencas de sus ojos es realmente la luz brillante del Objeto atrapado dentro.
Ese es el Objeto 7 de 538. Su Holder hará lo que sea para mantenerte lejos de él.

The Holder of Weatlth (El Portador de la Riqueza)

En cualquier ciudad, en cualquier pueblo, ve a cualquier institución mental o centro de rehabilitación al que tengas acceso. Cuando llegues a la recepción, pide visitar aquel que se hace llamar “The Holder of Wealth”. El empleado alzará una ceja, como si estuviera confundido por tu pedido. Pregunta una segunda vez, se encogerá de hombros y te llevará por la calle, donde una opulenta mansión espera. Esta mansión no estaba ahí cuando iniciaste tu búsqueda, pero es mejor que no te preocupes por el origen de la mansión. Su dueño preferiría no ahuyentarte.
Dentro de la puerta principal estará una gran escalera en espiral yendo hacia arriba a través del vestíbulo. Las paredes estarán cubiertas por finas pinturas, y una gran estatua de mármol estará situada en un pedestal por la base de las escaleras. Los rasgos misteriosos de la estatua evocarán la imagen de una realmente horrible bestia, a la vez alienígena y funesta. Admírala cuanto quieras; pero no la toques, a menos que desees despertar a este hambriento monstruo.
Asciende la escalera. Mientras no toques nada, no estarás en peligro. No entres en pánico. A la cima de las escaleras estará una pequeña y humilde puerta de madera. Se abrirá para ti, siempre y cuando no tengas miedo.
Verás a un hombre con una pequeña barba puntiaguda y un recortado cabello alineado con gel detrás de un gran escritorio de lo que parece ser caoba. Su traje parecerá ser tanto de carne humana como de seda italiana. Es posible que hable, y con gran longitud. Hablará sobre su asombrosamente bella casa y su encantadora estatua descansando en la planta baja. No lo interrumpas, y no respondas ninguna de las preguntas que pueda hacer. Cuando acabe, ármate de valor y confiadamente pregunta, “¿Puedo tener mi salario?”
El procederá a explicarte, en gran detalle, el valor de la vida. Hablará de cosas peores que la muerte, y te dirá exactamente que espera que hagas. El fabuloso interior del cuarto se roerá, y el piso se convertirá de tejido francés a heces. Su propia apariencia se volverá inimaginablemente ciclópea y terrible. Él entonces sacará una pequeña nota bancaria dentro de su traje de humano y te la dará.
Esa nota es el Objeto 8 de 538. Su Holder cuenta contigo para que lo gastes.

The Holder of Wisdom (El Portador de la Sabiduría)

En cualquier ciudad, en cualquier pueblo, ve a cualquier institución mental o centro de rehabilitación al que tengas acceso. Cuando llegues a la recepción, pide visitar aquel que se hace llamar “The Holder of Wisdom”. El empleado reirá por lo bajo y serás guiado hacia un cuarto vacío. El empleado te dará una llave y dirá que esperes un momento en el cuarto hasta que oigas el ruido de una campana. Entonces tendrás que asegurar la puerta; espera hasta una segunda campanada y quita el seguro.
La puerta se abrirá por sí misma y revelará un largo pasillo, con todos los colores que quizá o quizá no conozcas pintados en las paredes, techo y piso. Sigue el pasillo hasta que oigas a una pequeña niña cantando. Detente, cierra tus ojos y espera donde estás hasta que la niña acabe su canción, incluso si crees que te llevará a la locura. Si haces un movimiento, corre. Corre de vuelta a la puerta de donde viniste, lo más rápido que puedas. Salta por la ventana en el cuarto donde esperaste antes y quizá puedas vivir. Si no llegases a la ventana a tiempo, serías arrastrado de vuelta al pasillo por algo que no es una pequeña niña, tirado en temor hasta que el tiempo mismo acabe, por siempre sintiendo el dolor de cada alma llevada a una tumba prematura.
Si no te mueves y la canción cesa, eres libre de dar la vuelta e irte por siempre, o caminar más profundo en el pasillo, hasta que llegues a una puerta con la figura de un humano. Ábrela con la misma llave que te fue dada antes, camina dentro y ciérrala detrás de ti. En el centro del cuarto verás un escritorio con una brillante candela y tras el escritorio estará sentado un hombre, con su cara escondida por el resplandor de la vela. Camina más cerca, pero siempre mantén la flama entre ti y la cara del hombre; si es que vieses cómo luce, tu mirada será atada a la suya hasta que tus manos hayan removido cada rastro de piel de tus huesos.
Detente cuando estés a cinco pasos del escritorio. El hombre levantará su mano y te hará un gesto para que te acerques, pero no des ni un paso más allá. Cierra tus ojos y haz sólo una pregunta, nada más. “¿Quién los pondrá juntos de nuevo?” Oirás al hombre levantarse de la silla y comenzará a rezar. Es un lenguaje que no entenderás al principio, pero después de dos minutos, oirás un nombre. Si escuchas “Anubis”, entonces reza por una muerte rápida. Si es “Thor” lo que oyes, puedes abrir tus ojos. La cabeza del hombre estará en el escritorio, cortada del cuerpo, pero seguirá hablando. Después de tres minutos, se detendrá y comenzará a contarte cómo morirás. Describirá cada minuto de tu terrible muerte, y no podrás moverte en lo que dure. Al final, describirá al que te robará la vida, e irá en gran detalle sobre por qué es necesario que te preguntes qué es peor: tú siendo asesinado, o que te sea permitido seguir viviendo.
Finalmente, la cabeza del hombre parará de hablar. Es el objeto 9 de 538. Está en ti que hacer con el conocimiento de tu muerte, por ahora es inevitable.

The Holder of Ambition (El Portador de la Ambición)

En cualquier ciudad, en cualquier pueblo, ve a cualquier institución mental o centro de rehabilitación al que tengas acceso. Cuando llegues a la recepción, pide visitar aquel que se hace llamar “The Holder of Ambition”. El sonido que saldrá de la boca del empleado será tan vago, y simulará tan poca reacción, que quizá no estarás seguro de si hubo alguna reacción en absoluto. Te guiará hacia una escalera que se desplaza sólo hacia arriba, y está iluminada por muchas ventanas.
En la cima de esa escalera, el empleado te dejará viajar por el corredor solo, y la calma del pasillo iluminado por las ventanas pasará a ser un ambiente inquietante y perturbador. Si acaso ves una sombra viajar por la pared, no la sigas, pues a la única parte que te guiará será donde no quieres ir, a un lugar donde no tienes esperanza de volver, a un lugar donde están tus acallados miedos y fracasos. No importa qué forma tome, cómo fastidie y burle tus sueños con tus más grandes deseos y esperanzas; ni siquiera dejes a tus ojos tentarte hacia donde va. Si llegas hasta el final del pasillo sin perder de vista tu meta, verás una puerta sin cerradura, manilla, ni obstrucciones, esperando por ti con una suave luz.
Si eliges no entrar en ella, sólo camina de vuelta por donde viniste sin husmear por ahí o en otros cuartos, o te encontrarás con la sombra y lo que esconde. Si pasas por la puerta, encontrarás un cuarto iluminado por ventanas que cubren toda la amplitud de las paredes, brillando con una luz que parece estar lejos de ser tan natural como el sol y luna. En el centro del cuarto habrá un alto y aparentemente saludable hombre, parado desnudo y mirando en la luz. Su cuerpo está cubierto con incontables tatuajes y cicatrices, donde nada de su piel es reconocible a como una vez fue además de su rostro. Si miras donde él lo hace, no verás nada, ni aprenderás nada. Él no reaccionará ante ninguna acción o palabras más que a la pregunta “¿Qué los une?”
El hombre se dará vuelta para mirarte a los ojos. No te encuentres con su mirada, o te perderás en sus desalmados ojos por la eternidad si no estás preparado. Si puedes recibir su mirada sin el menor rastro de duda en tus intenciones, comenzará a hablar en bajo tono, hablando casi como si toda su historia fuera cómica o no significa nada importante; pero no te debes perder ninguna palabra, pues perder tan siquiera de forma parcial este conocimiento podría causar tu fracaso de la peor forma posible. Cuando termine de hablar, se agarrará del pecho y se arrancara las suturas restantes de una de sus más notorias cicatrices y comenzará a sangrar profusamente. Mientras él lentamente sangra hasta morir, llegará a ti con sus ensangrentadas suturas. Sus últimas palabras pueden ser oídas a través de su propia sangre brotante, “Escoger el buscar, lleva a un destino inevitable”.
Este grupo de suturas es el Objeto 10 de 538. Cómo los uses depende de lo que oigas.

The Holder of Life (El Portador de la Vida)
En cualquier ciudad, en cualquier país, ve a cualquier institución mental o centro de rehabilitación al que tengas acceso. Cuando llegues a la recepción, pide visitar al que se hace llamar “The Holder of Life”. El empleado intentará suprimir un gruñido y tendrás que preguntar de nuevo. Él entonces te llevará a un quirófano que parece igual a cualquier otro que quizá o quizá no hayas visto. Te dará un escalpelo y dejará solo en el cuarto, cerrando la puerta tras de sí.
Tendrás que esperar. Espera al menos por una hora. Entonces la puerta se abrirá y varias personas entrarán al cuarto, incluyendo a una mujer embarazada. La mujer se recostará en una camilla; la demás gente, que se verán como doctores, prepararán todo para el nacimiento del bebé. Mientras ellos hacen eso, podrás hacerle una pregunta a la mujer. Pregunta “¿Cómo pueden reensamblarse?”, nada más, o los doctores empezarán a desollarte y desmembrarte.
Si hiciste la pregunta correcta, la mujer comenzará a gritar, el bebé está a punto de nacer. Tienes que esperar hasta que termine, y uno de los doctores te dará al niño, moviendo su boca, pero ningún sonido vendrá de sus labios. Tan pronto acabe de “hablar” y sonría, tendrás que tirar al bebé al piso y clavar el escalpelo en su cabeza, o éste te romperá la caja torácica y arrancará tu corazón con una fuerza inhumana.
Si lo has tirado a tiempo, a pesar del escarpelo en su cabeza, responderá la pregunta que hiciste antes. Hablará con una voz demoníaca que podría llevarte a la locura. Mientras esté hablando, las demás personas en el cuarto se desvanecerán sin dejar rastro. Después de que acabe de hablar, simplemente morirá y la puerta del cuarto se abrirá. Eres libre de irte ahora, si no te has vuelto loco por la voz.
El bebé muerto es el Objeto 11 de 538. ¿Te atreves a remover el escarpelo?

The Holder of Death (El Portador de la Muerte)

En cualquier ciudad, en cualquier país, ve a cualquier institución mental o centro de rehabilitación al que tengas acceso. Cuando llegues a la recepción, pide visitar a aquel que se hace llamar “The Holder of Death”. El rostro del empleado se pondrá blanco como si hubiera visto un fantasma. Te llevará entonces a una puerta de madera y partirá. Tendrás que golpear tres veces.
Si oyes la voz de un viejo decir “Entra”, puedes pasar y encontrarte en un bosque. Si oyes la voz de un joven decir “No, gracias” entonces corre. Corre y deja la ciudad, el país, lo más rápido que puedas, una maldad impronunciable te cazará, si te quedas.
Ahora que estás en el bosque, mira al cielo. Si es de día, sigue al sol. Si es de noche, sigue a la luna. Síguelos, y no dejes el camino que has tomado, no importa qué tipo de bellezas u horrores puedas ver. Si en algún momento dejas tu camino, tu alma será atormentada por la eternidad después de que tu cuerpo muera de manera terrible. Te darás cuenta, luego de un tiempo, de que estás caminando hacia una mansión. Ignórala; sigue caminando, es una ilusión hecha para confundirte.
Finalmente, llegarás a una pequeña cabaña de madera. Entra a la cabaña e inmediatamente gírate; vivirás por siempre una vida de horror si ves al hombre que ahora está detrás de ti. Hazle una pregunta: “¿Qué los destruirá?” Comenzará a hablar con una voz gentil y agradable y a la vez brutal y asesina. Escucha cuidadosamente lo que dice, podrías ser pronto el único que conoce el destino de ellos. Tan pronto el hombre acabe de contar su pequeña historia, te pedirá que te des vuelta, porque quiere darte un regalo.
No lo hagas. En vez de eso, camina hacia atrás hasta llegar a algo solido, un escritorio. Cierra tus ojos y gira tu cuerpo parcialmente para poder llegar al hombre y recibir el regalo. Cuando toque tu mano, ciérrala y camina de vuelta a la puerta de donde viniste. Junto con abrirla, di las palabras “Nos encontraremos otro día”, y sal de allí. Estarás de vuelta en la recepción.
Ahora, abre tu mano y mira el regalo. El hueso del dedo es el Objeto 12 de 538.

The Holder of Darkness (El Portador de la Oscuridad)

En cualquier ciudad, en cualquier país, ve a cualquier institución mental o centro de rehabilitación al que tengas acceso. Cuando llegues a la recepción, pide sin vacilar a visitar aquel que se hace llamar “The Holder of Darkness”. El empleado se burlará de ti, pero debes mantenerte lo mas calmado posible. Sigue preguntándole hasta que pare de negarlo y salga de su puesto para guiarte por los corredores. Ponte en guardia, si escuchas provenir de él un pequeño y siniestro siseo, tienes que correr y huir lo mas lejos que puedas cubriéndote los oídos. Si no escapas a tiempo, el fatídico sonido se volverá un gruñido terrible, que pronto será un chillido continuo de dolor uniforme, hasta que la locura te inunde y te deje morir en ensordecedora agonía.
Si el empleado permanece en silencio, te llevará hasta una puerta sin manilla ni cerrojo. Cuando la empuje se abrirá sin esfuerzo, veras una escalera ascendente que no puede ser posible que lleve a ningún piso superior del establecimiento. La puerta se cerrará detrás y no podrás empujarla de nuevo. Pasado este punto, escala y no mires atrás, o caerás en un foso sin fondo esperando por una presa viva para masticarla. Conforme sigas tu paso un escalón crujirá, y deberás detenerte. Otra puerta aparecerá a tu izquierda.
Entra lentamente en el cuarto, y una total obscuridad caerá sobre ti. Prosigue tu camino. Sabrás que habrás llegado cuando el frío te congele. En este momento, quédate quieto, o morirás en las manos del Holder que está parado en frente de ti. En completa obscuridad, incluso cerrando tus ojos no te preverás de ver su horrible apariencia. Su fulminante aliento y constante mascullo podría ser suficiente como para hacerte llorar, pero estas advertido de no hacer ningún ruido mas allá de un sollozo, o podrías despertar a lo que no debe ser despertado. La única pregunta que podrás susurrar sin ser eliminado deberá ser “¿Qué les causa miedo?”
Sentirás movimientos alrededor tuyo, como temblores de ánimo de tus oponentes. Oirás qué innombrables e incurables enfermedades atacarán al mundo si alguna vez se sintiesen amenazados; los incontables terrores que se liberarían en aquellos con mentes más débiles que las suyas. Entre las numerosas atrocidades que el mundo sufrirá, podrás oír la más simple, casi ridícula, pero implacable verdad que todos temen. Permanece silente de nuevo. Y cuando sientas que tu cabeza estará a punto de explotar, se detendrá. Si aún puedes moverte, encontrarás una puerta frente a ti que lleva fuera del lugar. Ahí, en lo abierto, en el pasto, un reloj de arena roto esperara por ti.
Eres libre de tomarlo. Es el objeto 13 de 538. Tu conocimiento de sus miedos está en ti compartirlas, pero puede que no quieras usarla como un arma contra ellos.

The Holder of the Adversary (El Portador de la Adversidad)

En cualquier ciudad, en cualquier país, aventúrate a través de las carreteras y calles solitarias de los barrios bajos, o “la parte mala de la ciudad”. Si te cruzas con un hombre desarreglado llevando una botella de licor en una bolsa de papel, con su camisa empapada en sudor y sus pantalones enlodados, no tengas miedo de preguntarle si conoce a alguien que se haga llamar a sí mismo “The Holder of the Adversary”.
Más que gustoso, sonreirá como si te conociera, como un viejo amigo con el que compartes una broma interna. No te alarmes; el hombre conoce a quien estas buscando. El menos afortunado de nosotros parece saber de estas cosas. Te guiara a un acceso y casualmente resbalara en el metal con sus botas mugrientas. Echándote una pequeña linterna que alumbrara precariamente, te urgirá que bajes a la obscuridad.
Una vez dentro de las profundidades del sistema de alcantarillado, te darás cuenta de que no hay olor desagradable—ningún olor, de hecho. Pero, girando la linterna y mirando a tus alrededores, te darás cuenta de que estas en un cuarto redondo. En todas las paredes colgaran cuerpos parcialmente descompuestos, sus dueños por siempre suspendidos enun estado de medio-conciencia, sintiendo todo el dolor y horror de estar atrapados en sus cuerpos. Cuerpos tirados en el suelo, y te darás cuenta de que uno cercano te toca. Querrás alejarlo, pero de repente, el olor llega. Es lo más desagradable cosa que podrías haber imaginado: excremento humano y animal, sulfuro, cuerpos podridos, carne ardiendo.
Estarás momentáneamente paralizado por el horror de esto, y cuando te recuperes, haz lo que puedas para no vomitar. Un pensamiento aparecerá en tu cabeza: “Nosotros somos los restos de aquellos que no pudieron hacerle frente al Adversary” Tragaras saliva, asustado, mirando fijamente alrededor tuyo, buscando la fuente de la voz. Pero de repente, los cuerpos comenzaran a explotar, uno por uno, liberando más del horrible olor y bañándote en fluidos sangrientos y cosas gordas que quizá desconozcas.
Los cuerpos se fregaran en el piso, y lo que se alza fuera del verdoso enredo es una criatura de belleza pura. Entre hombre y mujer, depende de ti. No puedes sacar tu mirada de este vistoso y desnudo humano hasta que retrates un retrato de ti—el mejor que pueda haber. Confiado, sonriendo gentilmente, sonrisa paciente, tienen todo lo que tú desearías ser.
Serás llenado por un celo repentino, una ira total, una necesidad de destruir este perfecto tu. No lo hagas. Si lo haces, estarás perdido en la ira del Adversary—el eterno tormento del maldito que has atestiguado antes. Solo una pregunta viene a tu mente para preguntarle a la exquisita criatura: “Que podrían destruir?”
El Holder of the Adversary reirá melodiosamente, condescendientemente, y te explicara como si fueras un niño pequeño la respuesta a tu pregunta. No se salta ningún detalle, incluso el más horrible. Extrañamente, como sea, la historia es interesante y calmante de oír, y te encontraras absorbido en una fascinación de niño con el Holder. Asemejaras la historia del Holder a una que te conto un ser amado o un guía cuando eras pequeño, y sabrás que ahora tienes la llave para derrotar al Adversary—esa que el Maldito no pudo adquirir.
“¿Qué harás ahora, mi niño?” El Holder te preguntará, sonriendo placenteramente, mientras coloca un objeto en tu palma y cierra tu mano alrededor de él. “No debes abrir tu mano hasta que te liberes de este lugar”, dice el Holder, haciendo un gesto de adiós.
Una vez hayas escapado del alcantarillado, abre tus dedos, que sentirán extrañamente cadavéricos. Oirás el eco de el perfecto tu riéndose nadando alrededor tuyo mientras tu mires el objeto en tu mano. Es un muñeco de la armada de verde.
Este objeto es el 14 de 538. Eso entiendo como derrotar a tu más grande enemigo, y nunca debe ser permitido unirse al resto

The Holder of the Past (El Portador del Pasado)

En cualquier ciudad, en cualquier país, ve a cualquier institución mental o centro de rehabilitación al que tengas acceso. Cuando llegues a la recepción, pide visitar aquel que se hace llamar “The Holder of the Past”. A la última silaba de tu oración, sus ojos se abrirán anchos y te mirará como si quisiera ver el pasado de tu piel en tu alma. No hagas ninguna pregunta, porque no te hablará, y en caso de que lo haga, desearás que no lo hubiera hecho. Te llevará a un largo corredor y caminará contigo. Mira derecho hacia delante todo el tiempo, si miras al piso, paredes o techo del pasillo, pasarás a un camino cerrado y el empleado te seguirá con una demencia infernal hasta que estés completamente destripado.
Después de exactamente 350 pasos el trabajador se detendrá, se dará vuelta y sacará un reloj de su bolsillo. Retrocederá la manilla una hora y en este punto, tendrás una hora para completar tu búsqueda. Si no lo haces, entonces no hay palabras para describir tu destino. Las luces se irán por exactamente 3 segundos, y entonces volverán; estarás en un cuarto sin puertas y con una luz rojiza con la forma de un pentagrama. Esto proyectará una estrella de rojo sangre en medio del cuarto donde estará una mesa de cerezo tallado con dos sillas. Siéntate en la silla más cerca de ti. Mira hacia arriba, mira hacia abajo de nuevo, y un hombre con un cabello negro y sucio estará boca abajo en la mesa. Responderá a una pregunta “¿Donde se situó Él una vez?”
El hombre hablara no de un lugar que exista en un mapa, pero describirá el cuarto en grotesco y doloroso detalle. Pon mucha atención, el enumerará exactamente que horribles objetos cuelgan de lanzas que sobresalen de la pared. Tienes el resto de la hora para encontrar el cuarto y  su trono. Si fallas, te sugiero que te armes, en grande.
Su trono es el objeto 15 de 538. Si son traídos juntos, puede que él regrese una vez más.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Regalo de cumpleaños

Era el regalo ideal, me decía por enésima vez mientras llevaba la caja envuelta con papel colorido y una tarjeta que decía “FELIZ CUMPLEAÑOS DIANA”.
Llegue a la fiesta de mi amiga muy animada, realmente quería ver su expresión cuando abriera el paquete, pero tenía que esperar puesto que apenas comenzaba la celebración. Después del show de payasos, la merienda, el pastel, sus típicas “mañanitas” y algunos juegos infantiles llego el momento que más deseaba: la apertura de los regalos.
Uno a uno los fue destapando con energía, rasgando el papel y tirando a un lado los moños mientras descubría lo que había en el interior de cada caja o bolsa que le habían llevado. Ropa, peluches, chocolates, libros de colorear y dulces era lo que hasta ahora encabezaba la lista de lo que había recibido. Finalmente le toco el turno a mi paquete multicolor, lo vio, leyó la tarjeta y luego lo abrió sacando de su interior lo que consideraba el mejor regalo… una muñeca mediana de porcelana sobre una base musical.
Ella se emociono y puso la expresión tal y como la había imaginado, reí y aplaudí ante su alegría y le revele que había sido yo quien le había hecho tal obsequio, ella en agradecimiento me abrazo y me dijo que era la mejor amiga que podía tener. Todo había sido como lo había planeado.
Habían pasado 3 semanas desde que hubiera asistido a la fiesta de cumpleaños. Todo seguía transcurriendo normal y hasta rutinario en mi vida. Estaba columpiándome despreocupadamente cuando escuche el grito de mi madre diciendo que tenía visitas, deteniendo mí balanceo voltee a ver en la dirección donde estaba y vi a mi amiga en la puerta a su lado. Sonreí ampliamente puesto que pensé que había venido para jugar.
Después de saludar a su mamá corrí con Diana y le propuse jugar en los columpios, ella acepto pero no parecía estar bien, me siguió en silencio y caminando lento mientras que yo le platicaba sobre las cosas buenas que me habían pasado en el día, al llegar a los juegos ella volteo a todos lados como asegurándose que nadie estuviera cerca, tomo mi mano y me jalo detrás del árbol de nogal que había en la parte trasera del patio.
—¿Qué pasa? — le pregunte pero ella me silencio poniéndome su mano en mi boca.
—Shhh… ella podría oírnos— me dijo en un susurro.
La mire sin entender nada.
—Ella ¿quién? — le volví a preguntar imitando su tono de voz al quitar su mano.
—La muñeca que me regalaste… ella está viva… es mala— me dijo a pausas mientras seguía observando a los alrededores.
La observe fijamente esperando que se tratara de una broma, pero su expresión me decía que no era así, sobretodo porque se miraba realmente preocupada.
—Diana, ya tenemos 10 años, ambas sabemos que las muñecas son solo juguetes y que no pueden estar vivas—
—No, ¡te equivocas esta sí! ¡Es mala! Cuando me pasa algo malo como caerme o que me pegue ella se ríe, ¡el otro día trato de matarme! — me aseguro mientras me tomaba de los hombros agitándome.
— ¡Suéltame! Me lastimas y no sé de qué rayos hablas — grite empujándola y levantándome — ¡no se que te pasa pero estas loca! Las muñecas no pueden matarte—
Me di la vuelta y fui corriendo a donde estaba mi mamá platicando con la mamá de mi amiga, me preocupaba lo que decía y tenía que contárselos para que la ayudaran, sin embargo no pude llegar muy lejos porque ella había corrido tras de mí y jalándome de mi trenza me tiro al suelo poniéndose sobre mi viéndome bastante alterada.
—Es tu culpa… ¡TU LA TRAJISTE! — me grito al tiempo que me jalaba del cabello con fuerza— por tu culpa ahora no puedo dormir, ni jugar, ni comer, ¡TE ODIO! —grito golpeando mi cabeza contra el suelo una par de veces mientras yo me removía bajo de ella queriendo escapar.
—¡Aaaah! ¡Auxilio! ¡MAMA, MAMA! — decía mientras trataba de empujarla y sacármela de encima.
Nuestras madres llegaron casi inmediatamente, me quitaron de encima a Diana quien seguía aferrada a mi cabello y me gritaba cosas histérica. Su mamá se altero y se la llevo disculpándose mucho por el comportamiento de su hija.
A mí me reviso la cabeza mi papá para ver que no tuviera sangre, afortunadamente solo tenía dolor por los jalones que me dio.
A la semana siguiente mi mamá se entero por una vecina que Diana había muerto. Se había caído por las escaleras y se había abierto la cabeza con el borde de un escalón. Yo no lo podía creer. Si apenas hacia unos días ella había estado en mi casa y ahora me decían que había fallecido. ¿Cómo podía ser posible?
Mi mama fue al funeral que por petición de la familia se realizo en la casa de sus padres.
Aunque quería ver dentro de la caja me lo prohibieron porque decían que podía ser traumático para mí, así que para poder desaburrirme fui a la habitación de la que fuera mi amiga. Entre con cuidado y sin hacer ruido, conocía bien ese cuarto porque habíamos jugado muchas veces ahí, era el mismo lugar pero sin embargo se sentía diferente,  como si también hubiera perdido vida.
Observe los juguetes, incluso aun tenia pegada en la puerta parte de la manta de su cumpleaños. Me sentí triste y sin poder evitarlo comencé a llorar, me senté en el suelo y llore poniendo las manos en mi cara para que no se escuchara.
Un ruido me hizo levantar la vista. Era una risa. Me fije alrededor para buscar de donde venia aquello, pero solo se escucho nuevamente una risilla entre infantil y tétrica. Creí que se trataba de mi imaginación por lo que decidí que era mejor irme de ahí antes que alguien me descubriera, además de que realmente sentía que algo no andaba bien en ese lugar.
Esa noche en mi casa aun no podía creer lo que había pasado, realmente me parecía algo imposible que la que fuera mi amiga desde el jardín de niños ahora ya no volvería a jugar o a reír conmigo. Me sentí mal porque la última vez que nos vimos habíamos terminado peleando.
“La muñeca que me regalaste está viva” “es mala” “intento matarme”
Recordé de pronto esas palabras y me senté de golpe en la cama, acaso era posible que… no, no podía ser así, la muñeca no podía haber sido la causante de la muerte de Diana. Observe mi habitación a oscuras y sentí un escalofrió recorrerme. ¿Y si era verdad? ¿Y si realmente había sido asesinada? Si eso era cierto entonces…
— ¿Dónde está la muñeca ahora? —me pregunté a mi misma sintiendo como mi corazón se oprimía.
Me quede así por un par de minutos, tratando de calmarme, no, no podía dejarme llevar por la sugestión de que una muñeca podía asesinar personas, respire hondo para luego recostarme de nuevo. Debía dormir o terminaría volviéndome loca.
Cerraba y abría los ojos parpadeando lentamente mientras contaba ovejitas para dormir, con cada una que contaba daba un parpadeo. Mi mirada se perdía entre la puerta del ropero la cual me pareció que se abría cada vez mas. Para cuando cerré los ojos cansada no note que la puerta realmente se había abierto en su totalidad y que una sombra había salido para avanzar hacia mi cama.
Ahora estaba en el mundo de los sueños pensando en las últimas palabras de Diana.
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A la mañana siguiente la mamá de Lucy fue a despertar a su hija para que fueran juntas al entierro de su amiga Diana, pero al entrar lo que descubrió la hizo gritar con horror.
La pequeña estaba muerta en su cama en medio de un charco de sangre que salía de una herida profunda en su garganta, misma que había evitado que gritara, en la mano de la niña se encontró unas tijeras  cubierto del líquido carmesí.
Las autoridades atribuyeron el suceso como un suicidio debido al trauma que de seguro había sufrido la menor por perder a su mejor amiga y que había actuado así en un momento de depresión; aun y cuando los padres negaban que su hija pudiera hacer algo parecido, ese fue el veredicto final.
Después del entierro de ambas pequeñas (ya que fueron sepultadas el mismo día), el velador del cementerio comento que algunas veces durante la noche se podía escuchar una melodía de caja musical parecido a una risa infantil proveniente del lugar donde se encontraban las lapidas de 2 niñas, pero que al buscar la causa solo logro encontrar una muñeca de porcelana hecha pedazos sobre estas, sin saber quien la había dejado ahí.

martes, 20 de octubre de 2015

El Hombre que Canta y Baila

Quedan pocas personas con vida que recuerden al Hombre que Canta y Baila. El tiempo ha reclamado a los sobrevivientes de aquella larga noche, y estoy seguro de que se fueron de este mundo sin protestar. La vida toma un curso extraño después de una noche como ésa.
Los que aún viven, Bill Parker, Sarah Carter, Sam Tannen… no hablan sobre ello. Sam es un tipo con suerte. Su cerebro empezó a convertirse en avena hace unos años y ahora tiene problemas incluso para ponerse los pantalones. Se le concedió un alivio prematuro de sus recuerdos. No se despierta noche tras noche con la música todavía sonando en sus oídos, y lágrimas en sus mejillas.
El Hombre que Canta y Baila vino a Belle Carne con pocos bombos y platillos en el otoño de 1956. Yo recién había terminado la secundaria y estaba trabajando como repositor en Handy’s Hardware. Allí estaba yo la tarde en que Sarah Carter se precipitó por la puerta, haciendo que el timbre de bienvenida sonase como loco.
—Juan, debes ver lo que prepararon en la glorieta. Hay una gran carpa y un hombre parado enfrente de ella gritando cual presentador de circo. —Sarah estaba sin aliento y evidentemente había corrido el trayecto desde el parque hasta la Calle Principal. Dio un resoplido al mechón de cabello despeinado en su rostro mientras esperaba que yo reaccionase. Con Sarah siempre estaba dos pasos atrás y corriendo para alcanzarla. La chica tenía energía en aquel entonces y en cantidades ilimitadas.
Dejé de acomodar los clavos para responderle. —No había nada allí cuando pasé esta mañana. ¿En qué momento la colocaron?
Se encogió de hombros. —No lo sé, pero allí está. Y tienes que ver a este tipo. Está disfrazado de pies a cabeza y no para de hablar, ¡y vaya que sabe hacerlo!
Lo pensé y miré el reloj. Eran cerca de las cinco y mi turno ya terminaba de cualquier forma.
—Está bien, vayamos a verlo entonces.
Sarah sonrió de oreja a oreja y desapareció. No dudé que lo estuviese anunciando al resto de nuestra pandilla.
Me encontré con Bill en el camino al pasar por la farmacia en donde trabajaba. —¿De qué rayos está hablando Sarah, Juan? Entró volando por la puerta y se fue del mismo modo antes de que pudiese preguntarle algo. —Bill era un tipo grande, el más alto (y más pesado) de nuestra clase. Tiene su temperamento, pero es un buen tipo. Era también el mejor de su equipo de básquetbol en la secundaria, aunque uno de los pocos que ha sido expulsado durante un juego. Arrojó a un chico al otro extremo de la cancha. Bill dijo que le había dado un codazo en el estómago; un accidente claro, nadie se atrevería a hacerle eso a propósito.
Al final de la Calle Principal, cruzamos la Calle Buchanan y entramos al parque. Normalmente en ese punto ya hubiésemos podido ver la glorieta, sobre una colina en el centro del parque. Durante el verano, solía haber conciertos ahí: actuaciones de la banda de la escuela, coros de la iglesia cantando algunos himnos, ese tipo de cosas. Una vez un par de chicos de la secundaria comenzaron una excelente banda de rockabilly, pero de algún modo el comité del parque sacó una ordenanza que prohibía el rock and roll en ese lugar. Pueblos pequeños, ¿sabes?
Pero ahora había una carpa enorme de color amarillo que tapaba la vista de la glorieta, como ésas que tienen los circos o ésas que los alcaldes suelen usar cuando tienen ganas de «sentir el espíritu del pueblo», y sentir tu billetera, además.
Ya había una multitud bastante grande alrededor de la carpa cuando Bill y yo llegamos. Podíamos escuchar al tipo del cual nos había hablado Sarah; realmente sonaba como un presentador de circo. A empujones avanzamos por la multitud y nos acercamos al lugar en donde estaba el hombre.
—¡Vamos todo el mundo, se está acercando, el momento se está acercando, vamos a tener una gran noche! ¡Así es, una noche GRANDIOSA! Cantaremos, bailaremos, lo PROMETO, ¡y El Hombre que Canta y Baila siempre cumple sus promesas!
Aún no podíamos verlo, había demasiada gente bloqueando el camino. Parecía que todo el pueblo hubiese acudido a ver al Hombre que Canta y Baila. Bill me tiró de la manga y apuntó con su dedo. Lo seguí con la mirada y no lo podía creer. Era el Reverendo Harper, el cura baptista. He vivido por mucho tiempo, pero nunca vi otro hombre que pudiese golpear con una biblia tan fuerte como él. Harper predicaba sobre los males del pecado; el pecado en la bebida, el pecado en el tabaco, el pecado en la droga, el pecado en cualquier cosa y por sobre todo, el pecado en la danza. Y aquí estaba, haciendo cola para entrar a la carpa, porque ciertamente no estaba predicando. Lo saludamos, y el viejo baptista se puso del color del Mar Rojo, nos dio la espalda y se alejó. Bill y yo nos miramos sonriéndonos y seguimos caminando hacia El Hombre que Canta y Baila.
Al fin pudimos emerger de entre la multitud y verlo. Estaba parado sobre un cajón viejo y astillado que parecía estar a punto de colapsar. A su lado, sobre el césped, había un estuche de violín con detalles dorados en los bordes. Parecía viejo, más viejo que el cajón, más viejo que el pueblo. Parecía una antigüedad.
Él era puro codos, rodillas y hombros. Alto y larguirucho, y su cuerpo se movía al ritmo de sus palabras. Estaba usando una chaqueta roja y blanca, como ésas de los cuartetos que solían cantar en las barberías. Tenía un sombrero de paja en la cabeza, que incesantemente se acomodaba con sus manos de dedos largos. Seis dedos en cada mano. Me sorprendió ver eso. Había leído que algunas personas nacían con seis dedos, pero leer sobre algo y verlo son cosas muy diferentes.
—Bien, bien, falta muy poco. Realmente falta muy poco. ¿Están listos para cantar? ¿Están listos para bailar? Porque estoy listo para tocar mi violín, sí que lo estoy, sí que lo estoy. Tengo el violín a mis pies y estoy listo para tocar, listo para hacer que esas cuerdas CANTEN, ¿pueden creerlo?
Aplaudió, y eso fue lo más cercano a una pausa que estuvo dispuesto a hacer.
Sarah y Sam se acercaron a nosotros después de encontrarnos entre la multitud. Sarah me codeó en las costillas. —¿Qué te dije? Parece que debería estar en un carnaval intentando hacernos ver a la mujer barbuda o algo así.
Sam asintió con la cabeza para saludarnos, lo que hizo que sus anteojos se resbalasen por su nariz y les dio un empujón con su dedo para arreglarlos. Era tan alto como Bill, pero su físico ni se acercaba al de él. Era el chico listo en nuestra pandilla. Uno tiene que tener cerca a alguien así para que le enseñe a hacer cosas como desmantelar el auto del director y rearmarlo en el gimnasio de la escuela. No que hayamos hecho algo como eso.
—¿Qué está vendiendo? —preguntó Sam.
—Un baile, creo yo —le dije.
—¿Cuánto cuesta?
El Hombre que Canta y Baila debió de haberlo escuchado, porque dijo:
—¿Cuánto cuesta, están preguntándose? No cuesta ni un dólar, ni un centavo. Amigos, esto no les costará nada, sólo entren a la carpa y bailen toda la noche al ritmo de la canción.
Nos miramos entre nosotros. Era un buen trato. ¿Música gratis y un lugar para bailar? No había mucho que hacer en el pueblo en aquellos días, y todavía no lo hay. Era casi muy bueno para ser cierto.
El Hombre que Canta y Baila se detuvo, lo que era un pequeño alivio. Hurgó en sus bolsillos, sacó un reloj dorado y miró la hora. Y entonces sonrió, con una sonrisa que mostró cada uno de sus dientes.
—Amigos, es tiempo de bailar, así que entren. Entren todos, porque es momento de que el baile comience. —Y con eso, se bajó de su banco, lo tomó junto con el violín y se metió a la carpa.
Sarah, Bill, Sam y yo casi fuimos arrollados en el apuro de la gente por entrar, pero aún así fuimos los primeros adentro. Era enorme. Había un suelo de madera debajo de nuestros pies que parecía ser de roble, de roble oscuro, y pulido hasta brillar como un espejo. Había velas en candelabros por todos los postes de la carpa y cuando miré hacia arriba no pude ver el techo con tanta oscuridad. Era como mirar a un cielo sin estrellas donde ni siquiera la luna se molestaba en aparecer.
La multitud nos condujo más y más adentro mientras la gente entraba. No era sólo gente joven. Estaba la Señora Crenshaw, nuestra maestra de inglés que ya iba para los cincuenta. Estaba el Señor Hopkins, el director de la primaria. Estaba el buen Reverendo Harper, quien aún se veía avergonzado. Realmente todo el pueblo estaba ahí. Demonios, incluso estaba el alcalde con su mujer, parados y hablando con el jefe de policía.
Pronto todo el mundo estaba adentro y el murmullo de la gente charlando era ensordecedor. Todos buscábamos al Hombre que Canta y Baila, para saber en dónde se había metido. Nadie miró hacia arriba, así que nadie lo vio hasta que hizo sonar las cuerdas del violín con su arco.
Allí estaba, en el medio de la carpa, sentado en una pequeña plataforma de madera a aproximadamente seis metros de altura. Dios sabrá cómo logró subirse ahí, porque la verdad que no había ninguna escalera que llevase hasta arriba. Dejó caer sus pies por la orilla de la plataforma y tomó su violín con una mano y su arco con la otra. Tanto el arco como el violín parecían estar hechos de la misma madera oscura del piso, y brillaban a la luz de las velas como si estuviesen vivos. Llegué incluso a dudar si el violín necesitaba del Hombre que Canta y Baila para hacer que sus cuerdas tarareasen.
Todos lo miramos, y nos sonrió, mientras se ponía de pie rápidamente, haciendo que a la multitud le preocupase que fuese a tirarse en medio de ellos. Y entonces comenzó a tocar.
Hizo a esas cuerdas cantar. Nunca he vuelto a escuchar a alguien tocar así, y doy gracias a Dios por eso cada día. Aflojaba las articulaciones y aturdía a la mente. Sentías la necesidad de mover todos los huesos. Tomé la mano de Sarah y comenzamos a bailar por el suelo de la carpa, y todo el mundo nos siguió. Algunos con pareja, otros solos. Algunos bailando cuadrillas, otros bailando el vals y otros bailando Twist. Bailamos, movimos las caderas, sacudimos el esqueleto y rocanroleamos.
Pasé junto al Reverendo Harper, él moviendo los pies en un torpe baile junto a Eloise Grendel, una vieja fervientemente católica. Vi a la esposa del alcalde bailando un vals con Dan Adams, uno de nuestros bomberos.
Me movía en espiral con Sarah, chocando y empujando a las personas que estaban cerca. Hacía mucho calor y la temperatura subía cada vez más. No pasó mucho tiempo antes de que el lugar empezase a apestar a sudor. Me sentía mareado, pero seguimos bailando, bailando sin parar. También me di cuenta de que El Hombre que Canta y Baila estaba cantando, pero en un lenguaje que no entendía.
Se erguía sobre nosotros, parado en esa plataforma, haciendo a su violín cantar. Su arco se levantaba y caía, se deslizaba sobre las cuerdas de arriba abajo, de lado a lado. Tocaba de la misma forma que hablaba; sin descansos, sin pausas, sólo un diluvio maníaco de notas mientras su lengua se enredaba en palabras que no tenían por qué ser dichas en este mundo.
Sacudí mi cabeza mientras giraba con Sarah y me sentí cansado. Mis pies me dolían y mi espalda baja estaba empezando a palpitar. Vi mi reloj y entendí que habíamos estado bailando por una hora entera. Volví a sacudir mi cabeza, intentando ahuyentar la sensación de adormecimiento que estaba nublando mis pensamientos.
—Sarah… —Me aclaré la garganta. Sólo había podido susurrar. Mi lengua se sentía extraña y gruesa—. Sarah… —Lo intenté de nuevo, esta vez más fuerte, pero ella no respondió y continuamos bailando. La sacudí, pero no respondió. Continué sacudiéndola hasta que noté que lo estaba haciendo al ritmo de la música.
Entonces intenté parar. Y no pude. No podía parar.
Debajo de la niebla de mis pensamientos, empecé a sentir temor. Vi los rostros de las otras personas y pude ver su miedo. La cara del Reverendo Harper se había puesto más roja que antes; el sudor caía a chorros por su rostro, pero él seguía moviéndose junto a la señora Grendel, cuya cabeza se balanceaba de lado a lado. Se había desmayado, pero sus pies aún se movían. Pasamos cerca de Bill, quien bailaba con Susie Watkins, y vi que los ojos aterrados de la chica recorrían todo el salón, pero Bill sólo movía su cabeza al ritmo de la música y sus ojos vidriosos estaban perdidos en la nada. El Hombre que Canta y Baila se rió desde su plataforma y continuó tocando.
Escuché un grito y giré mi cabeza para ver a una mujer tirarse al piso, sosteniéndose la pierna con sus manos. Se había acalambrado. Le tenía envidia. Ella había conseguido parar, había conseguido descansar. Mis piernas se sentían como madera muerta y el dolor en mi espalda se había profundizado.
Entonces su pareja de baile se paró en su tobillo y escuché el crujido desde mi lado de la sala. Él seguía bailando, con los ojos en blanco mientras se movía. Ella gritó de nuevo e intentó arrastrarse, pero en lugar de ello terminó parándose. Comenzó a bailar, dejando caer su peso sobre el tobillo roto. Una y otra, y otra vez. Me di la vuelta, pero no pude dejar de escuchar sus sollozos.
La música continuaba.
Miré mi reloj nuevamente y ya habían pasado tres horas. No paramos, no aminoramos el ritmo. Seguíamos moviéndonos al compás del violín. Sin importar las ampollas. Sin importar los dedos o tobillos rotos. Sin importar el profundo dolor de espalda que se rehusaba a desaparecer. Sin importar los corazones viejos ni las rodillas malas. Seguimos ese ritmo frenético como una masa: una criatura con una sola mente que se bamboleaba y saltaba.
El Reverendo Harper murió. Vi cómo pasaba. Estaba sosteniendo a la todavía desmayada Sra. Grendel, cuando la soltó. Ambos cayeron al suelo. Él se retorció una vez, sus pies atinaron un súbito ritmostaccato, y luego se quedó tieso.
La Sra. Grender se levantó y siguió moviéndose. Yo miraba a Harper mientras bailaba, intentando ver si respiraba.
No lo hacía. Les juro que no lo hacía. Pero aun así se levantó. Estaba muerto, pero aún así se levantó y empezó a bailar de nuevo. Se dio vuelta para verme, y sonrió con la misma sonrisa del Hombre que Canta y Baila. Sus ojos estaban rojos, llenos de la sangre de lo que sea que se hubiese roto en su cerebro.
Harper no fue el último. Probablemente no fue el primero. Los viejos y enfermos fueron los que más pronto caían. Agotamiento, ataques al corazón, hemorragias en algún lugar del cuerpo: murieron. Y entonces se levantaban y seguían bailando, sonriendo con esa sonrisa.
Pasé cerca de Sam y Lisie. El había perdido sus anteojos. Sus ojos se movían por todo el lugar, totalmente conscientes. Miré su pierna y vi una quebradura expuesta, que rasgaba sus jeans. Dejaba tras de sí un rastro de sangre y cuando giraba, manchaba a las personas que estaban a su alrededor. Se paraba en esa pierna rota, saltaba sobre ella. Todo al ritmo del violín.
El olor de la sangre se mezcló con el del sudor y ya no podía respirar. El aire era denso y por todas las direcciones escuchaba llantos, gritos, aunque nada acallaba el sonido del violín o del canto del Hombre que Canta y Baila.
Y entonces se detuvo. Bailé un último paso y luego me hice parar. Miré hacia arriba, todos lo hicimos. Él estaba mirando su reloj de bolsillo.
—¡Está bien amigos! ¡Es todo por esta noche! El baile ha termiando y la mañana ha llegado. Pueden irse si es que pueden caminar y deberían caminar rápido porque este Hombre que Canta y Baila se está yendo.
Nos quedamos de pie allí, como aturdidos. Comenzamos a caminar a la salida de la carpa. Nadie corría, porque nadie podía hacerlo. Era un milagro que pudiésemos caminar. Sarah se me adelantó y se fue, pero yo me quedé. Me di vuelta y vi al menos veinte personas que aún estaban paradas allí, entre ellas Harper. Todas estaban sonriendo y sus ojos estaban vacios. Se mantuvieron de pie sin dar señales de querer irse.
—Vete amigo, El Hombre que Canta y Baila ya tiene lo que quiere, pero le encantaría añadirte a su colección si te quedas ahí por mucho tiempo. —Lo miré y lo vi sonreír. Entonces le di la espalda y dejé la carpa. Cuando me volví a voltear todo había desaparecido, incluida la gente que estaba adentro.
Ésa es la historia de lo que ocurrió. Los otros no la dirán o pretenderán que nunca ocurrió. Sin importar las 21 personas que desaparecieron esa noche, entre ellas la esposa del alcalde. Prefieren no pensar en ello.
Sarah y yo llevamos a Sam al hospital en el pueblo vecino, lejos de las personas que sabían qué había ocurrido. Tuvieron que quitarle la pierna. Sam ya era una persona callada y luego de esto lo fue aún más. No se mueve mucho últimamente, sólo se sienta en el frente de su casa con un bastón en su regazo y masajea el muñón con su mano. Dice que le molesta en las noches frías, y en las cálidas, y en las húmedas, y en las secas.
Bill dejó el pueblo y se unió a la armada, se quedó lo suficiente como para pelear en Vietnam y ganó un puñado de medallas. Volvió y sentó cabeza para beber (y beber mucho). Si quieres encontrarlo, puedes hacerlo en el bar de Eddie Dixon. Aunque no importa cuán borracho esté, no va a querer hablar de esa noche.
Ninguno de nosotros se enteró mucho de Sarah después de eso. Parecía estar bien, pero ella siempre parecía estarlo. Dejó el pueblo y comenzó la universidad, pero al igual que Bill fue arrastrada de vuelta a Belle Carne. Ahora enseña inglés en la secundaria del pueblo.
Y yo me quedé aquí, en la tienda de hardware. Incluso la administré por un tiempo, pero ahora no hago demasiado. Sólo me siento con Sam y a veces hablamos de algunas cosas. No tan a menudo, sin embargo, porque si me quedo hasta muy tarde o mucho tiempo, veré sus ojos llenarse de lágrimas mientras se encierra en sí mismo. Y podré escucharlo tararear un pequeño fragmento de una canción, y los cabellos de mi nuca se erizarán y sentiré escalofríos recorrer todo mi cuerpo.
Entonces sé que mi pie empezará a golpetear a un pequeño ritmo en el piso de madera, y una amplia sonrisa se dibujará en el rostro de Sam. La sonrisa del Hombre que Canta y Baila.